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Una edad de plata. Antonio Muñoz Molina

En torno al 15% de los restos humanos exhumados en yacimientos prehistóricos muestran indicios de una muerte violenta: es el mismo porcentaje que en las sociedades cazadoras y recolectoras contemporáneas. Rousseau nos acostumbró a suponer que el Estado y las ciudades arruinan la felicidad y la igualdad de los seres humanos. Pero en las primeras sociedades en las que se impuso una autoridad central las muertes violentas se reducen al 3%. El Estado más cruel sometido a una autoridad central es el México azteca: con todos sus sacrificios humanos, el porcentaje de ejecuciones no supera el 5%. Y el índice de asesinatos en las comunidades Inuit iguala al de los barrios más peligrosos de Detroit.

A pesar de Hitler, de Mao, de Stalin, de la bomba atómica, de las dos guerras mundiales, en términos numéricos el siglo XX es el menos cruel que ha conocido la especie humana. Y también el que ha experimentado, después de 1945, una expansión más rápida de los derechos humanos, en el sentido universal y también en el más preciso de respeto a las minorías. Quién que ronde ahora los cincuenta años puede olvidar cómo se trataba a los discapacitados físicos o mentales cuando éramos niños, qué lugar tenían las mujeres o los homosexuales, con qué naturalidad era aceptada la violencia contra los débiles.

Pinker no es un iluso, ni un risueño optimista: el horror sigue existiendo, pero el escándalo que nos provoca no es indicio de que sea más frecuente que en otras épocas, sino de que ahora somos mucho más sensibles a él. La democracia liberal, el comercio, la presencia de las mujeres, la literatura, son antídotos seguros contra la violencia: no se mata ni se persigue a quien se le quiere vender o cambiar algo; cuanta mayor presencia tienen las mujeres en una comunidad menos espacio queda para la agresividad hormonal masculina; cuanto más sabemos de las vidas de otros gracias a los libros más inclinados estaremos a reconocerles una plena humanidad idéntica a la nuestra. En nuestro equipaje evolutivo, está la propensión a la violencia, pero también a la cooperación, y depende de las circunstancias y de los valores culturales que elijamos uno u otro camino. Nunca hubo una Edad de Oro, pero a nosotros nos ha tocado vivir algo parecido a una edad de plata, y no hay proyecto político más noble que hacerla duradera y sólida, que hacerla universal.




Fuente: solymoscas.

El país de Galdós. Antonio Muñoz Molina

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Extracto:

El pasado que le importaba era aquel que se extendía hasta los orígenes inmediatos del presente: el que aún estaba dentro de los límites de la memoria viva, aunque ya en el filo de su disolución. Y le importaba por razones muy prácticas, de una extrema urgencia vital y política. Quería comprender su tiempo. Quería intervenir en él como ciudadano. Quería indagar el modo en que las circunstancias históricas se entrecruzan con los destinos personales, cómo son los hilos entre lo privado y lo público: comprender no solo las cosas que sucedieron, sino las que estuvieron a punto de suceder; resistirse al fatalismo de lo inevitable.


Con su memoria de novelista, transgresora del tiempo, Galdós se acuerda de 1814 pero está escribiendo en 1875. Yo leí por primera vez los Episodios a mitad de los años ochenta, y cuando vuelvo a ellos ahora los leo sin remedio a la luz del presente. Uno abre de nuevo los libros que le importaron mucho con miedo a que ahora lo defrauden. Pero Galdós siempre sorprende porque es mejor todavía de lo que uno recordaba. Y quizás ahora estoy más en condiciones de comprender su pesadumbre por la áspera intransigencia española, por la terrible facilidad para eliminar los matices entre el blanco y el negro, para dividirlo todo entre ortodoxia y herejía y llamar traición a la templanza.

Entrevista a Antonio Muñoz Molina. Pablo Mediavilla Costa



Destaco:

Hubo otra polémica con Almudena Grandes en torno a un artículo en el que la escritora insinuaba el placer sádico que la madre Maravillas hubiera encontrado en ser agredida por un grupo de milicianos republicanos. ¿Cree que la izquierda española ha utilizado la Guerra Civil como arma arrojadiza contra la derecha y que el guerracivilismo explica parte de la pobreza intelectual, económica y de tantos otros ámbitos de la España actual?

Es todo tan penoso. Hay que ser muy preciso en eso. Yo mandé una carta a El País por una columna que esta mujer había escrito haciendo bromas del gozo que sentiría la madre Maravillas, el viejo chiste de la monja violada, aquello de “ummm, sudorosos”. Escribí una carta ofendido, bastante educada. Luego resultó además que las dos cosas sobre las que bromeaba esta mujer era una frase que no era de la madre Maravillas sino deSan Juan de la Cruz y quién hablaba era el alma, pero bueno. 75 años después, las personas progresistas, es decir, para ser progresista, ¿tenemos que negar que, en primer lugar, hubo una responsabilidad repartida en el desastre del fracaso de la República? Dejando aparte que los causantes inmediatos fueron los que dieron el golpe de Estado, los que conspiraron contra el régimen. Una vez sucedido eso, ¿no podemos reconocer lo que personas que estaban entonces comprometidos con la defensa de la República reconocían y deploraban? Esa es la pregunta que yo hago. Yo no te estoy diciendo dar la razón a Pío Moa, te estoy hablando de dos cosas distintas. Si tú lees La velada en Benicarló de Manuel Azaña, escrita en 1937, ahí ves como Azaña lamenta con un dolor trágico los crímenes cometidos en la zona republicana durante la guerra. Si lees a Manuel Chaves Nogales, republicano, socialista, director de Ahora, lees su libro A sangre y fuego publicado en 1937. Arturo Barea, republicano, socialista, exiliado en Inglaterra, el tercer tomo de La forja de un rebelde, que trata del verano en Madrid en 1936. Julián Zugazagoitia, director de El Socialista… Lee las cosas que escribieron ellos, yo sólo digo eso. Segundo paso: historiadores. Yo creo que 75 años después, lo historiadores han dejado claro lo que pasó. A mí me gusta poner siempre un ejemplo: el asesinato de García Lorca y el asesinato de Muñoz Seca. Los dos son inocentes. García Lorca era un escritor extraordinario y universal, comprometido con la República, no políticamente, pero en una época de divisiones políticas muy feroces te situabas tú y te situaban tus enemigos. Él estaba situado y visto como alguien muy vinculado con la República. Federico García Lorca es asesinado en Granada y es un horror y una vergüenza. Muñoz Seca está en Barcelona porque había estrenado una de sus múltiples obras de teatro. Era un autor muy popular, muy conservador. Lo detienen en Barcelona, lo trasladan a Madrid, lo encierran en el convento de San Antón y muere en Paracuellos del Jarama. ¿Una persona decente va a hacer distinciones entre crímenes? ¿Es menos crimen matar a Muñoz Seca? Pero no sólo es la izquierda, a la derecha le pasa exactamente igual, parece que tampoco hay manera de reconocer la responsabilidad de la derecha en la conspiración contra la República y del horror de la posguerra, del horror de la dictadura. Nadie quiere reconocer y yo me pregunto por qué.