Prueba tu percepción: ¿ves algún cambio?

Qué sencillo es engañar a la mente. Prueben y disfruten.




Una de las cosas que más nos divirtieron a Irreductible y a mí durante el congreso Neuromagic fue la cantidad de veces que los magos y neurocientíficos nos dejaron con la boca abierta con alguno de sus trucos o ilusiones visuales. Uno de los mejores momentos que recuerdo fue la charla de Peter Tse, uno de los mayores especialistas del mundo en ilusiones visuales, que nos puso algunos ejemplos de cómo funciona nuestra percepción. Por eso mismo, porque nos encantó, queremos compartir con vosotros esa sensación y proponeros un juego.
Para participar, basta con observar atentamente las siguientes dos animaciones. Aunque te parezca una imagen estática, hay algo que cambia. Observa durante un rato antes de seguir adelante y que te demos la solución:
Prueba número 1. Bistro (por Renaud Chabrier):


¿Qué tal? ¿Has observado algo? El día que Tse nos la puso estaban presentes una decena de los mejores magos y neurocientíficos del mundo, incluido el gran Randi, y ninguno vio nada. Aquí va la solución (más abajo):
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Mira a la persona del dibujo. Justo a su izquierda hay un marco de madera. Lentamente, el marco desaparece de la escena pero el cambio es tan gradual que no lo percibimos.
Muy bien. Ahora pasemos al siguiente. El procedimiento es el mismo, intenta descubrir el cambio.
Prueba número 2. Merry-go-round (por Renaud Chabrier):


¿Qué tal? ¿Has descubierto algo…? La solución, un poco más abajo:

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El cambio está en el color del suelo. Observa la parte inferior y verás cómo lo que al principio era rojo se va volviendo azul. ¿Habéis descubierto el truco sin mirar las soluciones? Nos encantaría que nos contárais cómo os ha ido, en los comentarios.
Las animaciones originales están en este enlace, aunque requiere adobe shockwave para verlo. La idea está inspirada por Peter Tse. Ver también: Los “trucos” del cerebro (lainformacion.com)

¿Frente común con la izquierda? por Juan Ramón Rallo

Interesante reflexión de Rallo. Hay mucha gente que no se fía de la gestión que hacen los políticos, pero no pide menos intervención del Estado, sino que pide más. Para mí es un contrasentido.

Más libertad individual y menos Estado.


¿Frente común con la izquierda? por Juan Ramón Rallo.

¿Somos mercancías de políticos y banqueros? En gran medida sí: no puede ser de otro modo cuando los políticos manejan el 50% de nuestra riqueza –y regulan la otra mitad– y cuando los bancos gozan de privilegios concedidos por los Estados para no quebrar o para manipular a su arbitrio el volumen de crédito. Ahora bien, pese a todo, seguimos disfrutando de un amplio nivel de autonomía personal.
¿Es la crisis responsabilidad de políticos y banqueros? En gran medida sí: las entidades financieras, empujadas por los bancos centrales, expandieron de manera insostenible el crédito, distorsionando la economía hacia el ladrillo. Finiquitado el crédito artificial, nuestras estructuras productivas tenían que recomponerse, pero los Estados frenaron ese proceso: rescates bancarios indiscriminados, gasto público a tutiplén, subidas de impuestos y conservación de las rigideces de los mercados. Ahora bien, pese a todo, muchos ciudadanos también son en parte responsables: unos, por sumarse entusiastas a la orgía crediticia y a la burbuja inmobiliaria; otros, por encumbrar a esos nefastos políticos.
¿Hay motivos para estar indignados y protestar? Sí, todos los anteriores, pero ni uno más.
¿Está Democracia Real YA protestando por los motivos correctos? No, porque parte de dos premisas erróneas: una, que nuestro hipertrofiado Estado sólo es un problema porque no lo manejan asambleariamente ellos; dos, que los banqueros han causado la crisis porque los políticos les han dejado excesivos espacios de libertad.
¿Son las propuestas de Democracia Real YA acertadas? No, porque son el corolario lógico de sus dos erróneas premisas anteriores: quieren más, no menos política; quieren menos, no más mercado. Eso sí, quieren una política y un mercado pastoreados por "el pueblo", como si el pueblo no pudiera ser dictatorial o como si no hubiese hábiles políticos populistas capaces de pastorear al pueblo. Es decir, quieren menos libertades individuales y más "derechos" para gestionar desde arriba el dinero ajeno: más servidumbre.
¿Pueden los liberales reconducir a Democracia Real YA hacia posiciones más sensatas? Es dudoso. Para que haya un acuerdo entre liberales, presuntos apolíticos e izquierdistas es necesario un programa muy de mínimos que no le chirríe a nadie, de modo que Democracia Real YA tendría que retirar casi todas sus propuestas actuales. Es decir, o tendríamos un programa repleto de inconcretas naderías o la izquierda debería tolerar que los liberales la censuraran ideológicamente. Algunos liberales bienintencionados lo están intentando, pero es muy dudoso que la izquierda esté dispuesta a renunciar a su programa de máximos... salvo como coartada para engordar el movimiento y más tarde instrumentalizarlo para sus liberticidas propósitos.
Aun existiendo acuerdo de mínimos, ¿serviría de algo? Probablemente no. Las revoluciones populares sólo socavan regímenes cuando la gente corta o amenaza con cortar cabezas. No veo a Democracia Real YA en esa tesitura, de modo que, como mucho, podrán aspirar a influir sobre los partidos y sobre sus programas electorales. Es decir, justo aquello de lo que reniegan: convertirse en un caladero de votos dentro del corrupto y partitocrático sistema actual (del que ya podemos imaginar quiénes se beneficiarían).
¿Qué puede esperarse de un movimiento que parte de premisas falsas, lanza propuestas erróneas, está copado por la izquierda y sólo aspira a mostrar su indignación para influir en la política? Personalmente, no mucho; aunque bien podría equivocarme. El escenario más probable es que siga siendo lo que es: una festiva fuente de consignas anticapitalistas que no induzca a cambio alguno salvo a peor. Si evolucionara hacia otra cosa más heterogénea de verdad, el movimiento se quedaría en una cacerolada antipolítica sin alternativa consensuada al sistema actual; en un "que se vayan todos y que venga ya veremos quién". El pasto ideal de populistas que saben muy bien cómo comprar a unas masas deseosas de ser compradas con más gasto público y con más impuestos a los ricos... aun cuando nos vayamos a la ruina.
¿Qué deberíamos hacer los liberales? Lo primero –por frustrante que sea– no confiar en revoluciones que no sepamos que podemos ganar, o aún peor, en revoluciones que sepamos que vamos a perder. Que exista una oportunidad de cambiar las cosas no significa que exista una oportunidad de cambiarlas a mejor. Antes de lograr que los políticos dejen de intervenir en nuestras vidas, necesitamos de una enorme masa crítica que hoy no existe; más bien existe una enorme masa crítica de sentido inverso. Esto no es, ni puede ser por ahora, el Tea Party; en todo caso se convertirá en Argentina. Lo segundo –por cansino que sea– continuar haciendo pedagogía de máximos aun cuando sólo obtengamos pequeños cambios en la buena dirección. Pragmatismo frente a romanticismo y evolución frente a revolución. Si ya hay motivos para ser cautelosos ante románticas revoluciones liberales que pretendan hacer tabla rasa, no digamos ya ante amagos de revolución organizados desde la izquierda.

Arcadi espada sobre ¡Indignaos! de Hessel.

Una vez más coincido punto por punto con el maestro Espada.


El mayor best seller de Francia de los últimos tiempos es un panfleto que no llega a las treinta páginas, escrito por un viejito adorable que se llama Stéphane Hessel, viejito por sus 93 y adorable por una biografía de inteligencia, combate, heroísmo y puntos de vista inmaculados, que incluye una familia burguesa y bohemia (o sea lo mejor de lo mejor: son dos términos que en realidad nacieron para ir adosados: no creo que haya oxímoron más fértil y feliz), l’École Normale, la Resistencia, Buchenwald, la redacción de la Declaración de los Derechos Humanos y una defensa de la causa palestina que incluye entre los habituales argumentos la autoridad de ser hijo de padre judío. Te lo llamo panfleto acogiéndome al volumen de la obra, es decir, vinculándolo más bien con el pamphlet anglosajón, que no distingue entre nuestros folletos y nuestros panfletos. Pero folleto, sin duda, habría de llamarse para vincularlo antes a Ikea que a Zola. La edición española acaba de salir, con una urgencia literaria digna de mejor causa y con el acierto mayúsculo de ir prologada, amartillada, por una suerte de clon ibérico de Hessel, nuestro buen Sampedro, viejo también y sentimental aussi, y autor de un prólogo tan inane, punto arriba punto abajo, como el del texto subsiguiente. Yo sé que tú no lo harías, pero espero que, dado que estas cartas las lee legión, nadie salga a reprocharme impiedad con los viejos. Como una vez me dijo Carmen Martín Gaite, cuando acudí a llevarle un cuento de mis dieciséis, y lo calificó de malo, malísimo, yo califico sin tener en cuenta la edad, porque lo contrario sería humillante.
Acabo de escribirte que lo de Hessel es un folleto, pero es mucho más preciso calificarlo de hoax. Mira qué bien retrata la Wiki al librito: «Los hoax no son virus ni tienen capacidad de reproducirse por si solos. Son mensajes de contenido falso que incitan al usuario a hacer copias y enviarla a sus contactos. Suelen apelar a los sentimientos morales (“Ayuda a un niño enfermo de cáncer”) o al espíritu de solidaridad (“Aviso de un nuevo virus peligrosísimo”) y, en cualquier caso, tratan de aprovecharse de la falta de experiencia de los internautas novatos.» Ahora te demostraré, enumeradamente, por qué:
1. «Nunca había sido tan importante la distancia entre los pobres y los más ricos». Nunca.
2. «Cuando intento comprender qué causó el fascismo (…) me digo que los propietarios, con su egoísmo, tuvieron un miedo terrible a una revolución bolchevique. Se dejaron guiar por sus temores» Fundados.
3. «Pero mi optimismo natural, que quiere que todo aquello que es deseable sea posible…» ¿Optimismo? No: sólo una sofisticada y alegre fuente de la violencia y el totalitarismo.
4. «Benjamin, quien se suicidó en septiembre de 1940 para huir del nazismo.» Para huir.
5. «Evidentemente, pienso que el terrorismo es inaceptable, pero hay que admitir que cuando un pueblo está ocupado con medios militares infinitamente superiores, la reacción popular no puede ser únicamente no violenta.» Pero. La cursiva no es mía.
6. «El pensamiento productivista, auspiciado por Occidente, ha arrastrado al mundo a una crisis de la que hay que salir a través de una ruptura radical con la fuga hacia delante del «siempre más», en el dominio financiero pero también en el de las ciencias y las técnicas». Pero también en el de las ciencias y las técnicas siempre atrás y menos.
7. «Apelamos a una verdadera insurrección pacífica contra los medios de comunicación de masas que no proponen otro horizonte para nuestra juventud que el del consumo de masas, el desprecio hacia los más débiles y hacia la cultura, la amnesia generalizada y la competición a ultranza de todos contra todos.» Y son de masas.
8. «Es cierto, las razones para indignarse pueden parecer hoy menos nítidas o el mundo, demasiado complejo» Eso sí.
Vale.
Coincidiendo con mi lectura de ¡Indignaos!, recibí un correo de Anonymous. ¡Y espero que nadie diga que no son los auténticos! Habían leído a Hessel. El correo decía: «Nosotros nos rebelamos el pasado 20 de diciembre por la conocida como Ley Sinde. Sólo es un motivo; existen tantos para indignarse que cada cual debe pensar cuál es el suyo para rebelarse. Puede ser la crisis alimentaria, que está arrastrando a cientos de millones de personas al hambre; o la financiera, por la que una minoría de la población ha estafado a la mayoría que vivirá el resto de su vida hipotecada; o por los obsoletos derechos de propiedad intelectual que impiden el tratamiento de enfermedades o la libre transmisión de la cultura, las ideas y el entretenimiento.» Observa, sobre todo, que la propiedad intelectual mata. Es la macedonia de nuestra época. Wikileaks, Sinde, Mubarak, El Clima, Wall Street. Indígnate. Entre Hessel y el joven de Anoymous no hay mayor diferencia. Pocas veces Piaget quedó tan bien probado. Ciertamente el niño es el padre del hombre.
Las razones por las que este libro vende millones de ejemplares son las mismas por las que triunfa una Belén Esteban. En el prólogo al libro que no escribió sobre la princesa, Christian Salmon escribe: «Belén Esteban es quizás un síntoma del descrédito de la palabra pública de las élites, políticas, religiosas o intelectuales.» Hessel es quizás, dice. Luego está el asunto de la izquierda y la derecha. Sus respectivos panfletos. El de Thilo Sarrazin, el alto funcionario del Bundesbank, y su Alemania a la deriva. ¡Moros fuera! Puede que ese tipo de panfletos derechistas sean despreciables. Pero el de Hessel es ridículo. Puede que la diferencia esté en su diverso approachment a los datos de lo real. Puede que por eso esté ganando la derecha.
Basta, para entender, que te fijes en el propio título del librillo de fumar de Hessel: ¡Indignaos! Es muy significativo ese imperativo. Si el mundo que describe Hessel tuviera algún contacto vigoroso con la realidad, el imperativo sobraría. La indignación se daría por supuesta y su autor llamaría a la acción. Del uníos, proletarios, al indignaos, muchachos, hay un evidente paso atrás panfletario. Que es un paso adelante en la historia, desde luego. Lo más patético del texto de Hessel es que tenga que conquistar, antes de nada, la indignación. Que este libro cree en sí mismo ¡las condiciones objetivas de la indignación! Aunque, en fin. Puede que sólo se trate del primer volumen de esta Insurrection au bon marché.
Sigue con salud
A.

La democracia por Arcadi Espada

Una de las pruebas del algodón de la democracia es la ausencia de adjetivos. En realidad, y pensándolo mejor, una prueba del algodón de la verdad.

Un gran memorialista francés escribió que donde leía «cielo azul» veía sufrir al cielo. Lo mismo le pasa a este periodista que les habla cuando oye eso de periodismo ciudadano: ve sufrir al periodismo.

Y lo mismo debe pasarle a cualquier ciudadano cuando lee «democracia real», que es como los jovenzuelos de corazón o de cerebro llaman ahora a la antigua democracia popular de los comunistas, oponiendo la democracia real a lo que despectivamente califican de democracia formal, igual que hacían, que hacíamos, los imberbes comunistas de entonces por sugerencia de los célebres barbudos de nuestros pósters.

Hace algunas décadas, y después de muchos sufrimientos, millones de ciudadanos del este y algunos del oeste consiguieron desembarazarse de sus tiranías. Su objetivo era nítido: una democracia sin adjetivos.

Capote a sangre fría por Arcadi Espada.

 En su informado artículo sobre Gay Talese, el director de Orbyt, Juan Carlos Laviana, escribe:  «Gay Talese es probablemente el único de los grandes periodistas de la época que siempre se ha resistido a la ficción. Sigue defendiendo la vigencia como reportaje de la novela La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe (…) Y también al Norman Mailer de Los ejércitos de la noche o al propio Truman Capote de A sangre fría (nunca entenderé el odio de nuestro Arcadi Espada por este título)».
Bien está. No tengo más remedio que pasarle un poco de material.
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Capote a sangre fría por Arcadi Espada.
"Sentado en el borde de la cama, un pie descalzo y el otro aún con calcetín, Baltasar mira a Yayo. Nota que ella recela". Baltasar es el juez Garzón y Yayo, el nombre íntimo que le da a su mujer. Ella recela de que Felipe González quiera conocer a su marido.
La frase está en El hombre que veía amanecer, la biografía del juez que ha escrito la periodista Pilar Urbano, y evoca una noche, a principios del año 1993. Parece extraño que la autora compartiera la habitación con el matrimonio, pero hay que rendirse ante el órdago de precisión de su escritura: ha sido entre un calcetín y otro cuando Baltasar ha notado el recelo de Yayo.
¿Por qué tanta y tan sudada omnisciencia? La novelización de los hechos empieza en Capote y acaba en este calcetín. A algo tan disparatado como la aplicación de las técnicas de la verosimilitud (novela) a la narración de lo veraz (periodismo) no podía esperarle otro final.
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La mejor lección de A sangre fría es el doble viaje de su autor al mal: al crimen y a la horca: no hay razón de que Dick y Perry mataran ni razón para matarlos: ésa es la desnuda e implacable visión de Capote, tan lejana del relativismo bobo. La incapacidad de tratar con el mal, y con algunos de sus rasgos de carácter, el chantaje, la mentira o la corriente suciedad de la vida se disimula con la habitual frescura deontológica.
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En el momento de su publicación en España (1966), A sangre fría fue recibida como una novela basada en hechos reales. (En América se había publicado por entregas en The New Yorker). Una novela. Con el tiempo y la influencia del nuevo periodismo, su lugar se ha ido desplazando: hoy forma parte, también aquí, del canon periodístico. Más precisamente: se ha convertido en periodismo novelado. La diferencia entre una novela basada en hechos reales y el periodismo novelado está en la presencia confesada de una trama y unos personajes de ficción. Lo mismo sucede entre la novela histórica y la historia novelada: entre Tolstoi y don Manuel Fernández Álvarez, el alegre biógrafo del Renacimiento español. La cuestión clave es que las acciones de un personaje real (Napoleón) no son percibidas automáticamente como veraces tras incorporarse a un territorio de ficción (La Guerra y la Paz): nadie cree que Napoleón hablara exactamente como se lee en los diálogos de Tolstoi.
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Janet Malcom [en El periodista y el asesino] bucea en el análisis de la traición. Su interés prioritario es dilucidar si un periodista puede utilizar la traición para alcanzar la verdad. Reconozco que es un asunto vistoso, pero ahora no logra interesarme. Sí me interesa lo que MacGuinis hizo con MacDonald. Se metió en su piel, como Capote en las de Dick Hickcock y Perry Smith, los asesinos de A sangre fría. Para poder ir allá dentro le aseguró al asesino que tenía una gran opinión de él. No sé lo que le dijo Capote a Dick y Perry: a diferencia de MacDonald, los asesinos de la familia Clutter no pudieron leer el libro que los convertía en protagonistas. Cualquier juicio moral que merezca la actitud de MacGuinis ha de subordinarse a su opción estilística: la única manera de meterse en los fondos de alguien es ganándose su confianza. No sólo pasa con la escritura.
Capote y MacGuinis actuaron con sus protagonistas como cualquier novelista con sus personajes.
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Y son libros muy importantes en la historia del periodismo porque sacan al género del atolladero de la ficción. Me explicaré, aunque no sé si hará falta contigo. El atolladero es donde les metió Capote con su novelita A sangre fría. Capote&friends pretendían que se podía hacer un reportaje con las técnicas de la novela; es decir describir hechos con las técnicas de la ficción. Naturalmente es empresa imposible, porque herramientas como el narrador omnisciente (para señalar la más elemental) sólo pueden dar cuenta de las mentiras. La gran novedad que trajo Kapuscinki al reportaje fue un modo de narrar propio, alejado de la novelización, donde la belleza estilística nunca provocaba incredulidad. (…) Cuando Philip Tompkins dudó de Capote escribió In cold fact, y dejó de hacerlo y todos con él. El parásito, y lo es cualquier biógrafo, puede acabar con su presa; pero es innoble martirizarla.
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… algo así como una novela donde todas las palabras correspondieran a un hecho: es decir el viejo sueño fracasado de Capote & sons, resuelto por fin con éxito: ni un nexo sobrero, ni una dramatización espuria; sólo el tiempo llevando firme el pulso del relato.
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En los años a los que aluden Bricmont y Sokal, el periodismo participó de la ola posmoderna de un modo particularmente famoso con el desarrollo y fama del New Journalism, cuyo primer brote fue la publicación en septiembre de 1965, en el New Yorker, de A sangre fría, la novelita sentimental de Truman Capote. A partir de entonces quedó establecido que el periodismo se ocupaba de lo verosímil, y que, por lo tanto, la ficción entraba a formar parte de su paradigma. Obviamente no se trataba de una novedad estricta. Desde sus orígenes el periodismo jugueteó con la ficción, dado el carácter insoportablemente incompleto de lo real. Pero los pioneros lo llevaban con recogimiento y penitencia; desde Capote empezaron a exhibir su inmoralidad con pedante niebla epistemológica*.
Lo que luego ha venido, y lo que está viniendo, sólo es una ampliación a escala.
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Después de mucho tiempo leo In cold fact, el artículo que Philip K. Tompkins escribió sobre las mentiras de A Sangre fría, y que publicó Esquire en 1966. El título es soberbio (aunque Verónica Puertollano que lo ha traducido en mi blog, tampoco se ha quedado manca: Los hechos a sangre fría) y el texto está escrito con una gran elegancia. Valga este ejemplo, casi doloroso: «Al describir a Perry [uno de los dos asesinos], Capote escribió: “Su propio rostro le fascinaba. Cada ángulo le producía una impresión diferente. Era un rostro cambiante.” Capote se describió a sí mismo en Newsweek: “Si se mirara mi rostro desde ambos lados se vería que son completamente diferentes. Es una especie de rostro cambiante.» Se trata de un texto que llega tarde a mi vida y que me habría procurado felices y descansados atajos. A pesar de su valor indiscutible, y contando con su ironía agazapada, aún es demasiado bondadoso con el autor y su presunto gran arte. Porque lo peor de A Sangre fría no es que Capote inventara la última escena de un libro que garantizaba la veracidad de cada palabra. Es la putrefacta cursilería de quiosco con que está escrita.
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En una entrevista que concedió a The Paris Review (luego recogida en el volumen colectivo El oficio de escritor), Truman Capote incluía a John Hersey en un grupo de escritores sin estilo a los que calificaba de “mecanógrafos sudorosos que llenan libras de papel con mensajes sin forma, sin ojos y sin oídos”. Cuando la entrevista, a principios de los años cincuenta, Capote no había cumplido aún los treinta años y Hersey ya había escrito Hiroshima, un reportaje donde, desde luego, no podían encontrarse frases como “una tarde del pasado mayo, mes en que los campos arden con el fuego verdeoro del trigo a medio crecer” y otras evidencias de estilo similares con las que Capote empastó una década después A sangre fría, emblema canónico de la aplicación de las técnicas de la novela al periodismo. (…)
Aquello, en su modalidad más banal, a lo que el fino estilista no pudo resistirse en la última escena de A sangre fría cuando imaginó (nunca ocurrió en realidad) el encuentro entre el policía Dewey y Susan Kidwell -amiga de Nancy, la niña asesinada- junto a la tumba de los Clutter, mientras sonaban los violines de Mancini, el flou de Hamilton empañaba la escena, y Capote, mirando a Susan, se atrevía a escribir: “Nancy hubiera podido ser una jovencita igual”.
Nada de esa irrisoria impostura emerge de los papeles del mecanógrafo.
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En el periodismo de neones, el new journalism de Capote, Wolfe o de Thompson, la primera persona solía utilizarse para los caprichos y las mentirijillas. En ambos casos la primera persona era una evasión. Otro decorativismo. Por el contrario, nunca entonces, leyendo a Kapuscinski, me asaltó la temible pregunta desactivadora, ¿y esto cómo lo sabe?, de toda narración veraz: en buena parte fue por el uso inteligente y cabal del yo.
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After… le recito este párrafo de David Donby en el New Yorker: “Finally, the filmmakers’ suggestion that Capote never recovered from the death of Perry Smith, or from the success of “In Cold Blood,” strikes me as doubly sentimental. Capote was ultimately done in by alcohol. Yet, however one interprets it, the finale is acrid: the chronicler of death triumphs, and then has nowhere to go but to his own inglorious end.”
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Viendo Capote. De pronto caigo en la gran novedad. Desde luego no fue la imposición de la retórica de la verosimilitud en un modelo veraz; ni el desleímiento de las fronteras… puaf esa mandanga. Fue el espectáculo de un personaje abrumador actuando en un remoto agujero de polvo en medio de nada. Holcomb y los Clutter. Desde luego no fue Capote el primer escritor/personaje moderno. Hemingway lo superaba. Pero éste cazaba leones y guerras civiles. El éxito de Capote estuvo siempre en su comportamiento abusador.
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Ahora que se cumplen veinte años de la muerte de Capote y cuarenta de A Sangre Fría se ven obligados a repetir las habituales sandeces. El maldito. Un hombre terrible. Lo peor de A Sangre Fría no es que Capote escribiera su autobiografía indecente sobre la espalda de uno de los asesinos. O que equiparara moralmente el asesinato de la familia Clutter con la ejecución de los culpables. En absoluto. Para todo eso bastaba con meter a Capote en la cárcel. Y ya lo metió Tompkins escribiendo In Cold Fact (Esquire 1966). Estas palabras de Tompkins: “Capote has, in short, achieved a work of art. He has told exceedingly well a tale of high terror in his own way. But, despite the brilliance of his self-publicizing efforts, he has made both a tactical and a moral error that will hurt him in the short run. By insisting that “every word” of his book is true he has made himself vulnerable to those readers who are prepared to examine seriously such a sweeping claim.” Lo peor está en el texto. Que inventara la escena final del encuentro en el cementerio entre el sargento Dewey y Susan Kidwell… quiá. Peor es que fuera capaz, el terrible Capote, envenenada orquídea, de escribir lo que sigue. Bien es verdad que mejorada la hazaña por la traducción de Rodríguez:
“—Yo me he alegrado también, Sue. ¡Buena suerte! —le gritó mientras ella desaparecía sendero abajo, una graciosa jovencita apurada, con el pelo suelto flotando, brillante.
Nancy hubiera podido ser una jovencita igual.
Se fue hacia los árboles, de vuelta a casa, dejando tras de sí el ancho cielo, el susurro de las voces del viento en el trigo encorvado.”
Así acaba A Sangre Fría. Así la acabó aquél, “alto como una escopeta e igual de ruidoso”. El abyecto. El pelo suelto, flotando, brillante. Aquel vendedor de prosa sunsilk.
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Debe saber el periódico que, armado con mi tompkins, perseguiré a Capote doquiera que vaya

La escribe Eduardo Mendicutti. Y bien, como es norma. A pesar de ello, y dada mi pasión malsana, no puedo ponerme como si oyera llover. Sería desdén. Dice Mendicutti:
«El Nuevo Periodismo utiliza recursos y técnicas de la narración literaria, antes considerados heterodoxos en el tratamiento de la información en cualquiera de sus variantes. Entre esos recursos está la capacidad del periodista para erigirse en personaje de la pieza que escribe, empapándolo todo con su personalidad y el colorido de su prosa. En el Nuevo Periodismo las piezas se estructuran y desarrollan como si fueran relatos, y pueden interesar tanto por lo que cuenta como por quién lo cuenta y cómo lo hace.Las exigencias de precisión y verificación son, sin embargo, las mismas que en el periodismo convencional.»
Ya. Las mismas que en el periodismo convencional. ¡Quién lo diría! Por eso Capote, como son las mismas, se inventó la última escena en el cementerio. Una entre tantas. Por eso la amañó con prosa sunsilk. Y por eso Tompkins escribió este artículo.