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El problema no es el consumo

Juan Ramón Rallo.



Cada trimestre se repite la misma liturgia por parte de ese coro de keynesianos que, según se observa, sólo han leído a medias a Keynes: el PIB cae (o no sube demasiado) por la contracción del consumo y del gasto público. Esta ocasión, claro, no ha sido la excepción. De nuevo oímos que la economía española se encuentra al borde de la recesión porque la gente no consume, de modo que el diagnóstico parece ser bastante sencillo: hay que gastar más.
La tesis subconsumista, empero, tiene dos problemillas, a cada cual más relevante. El primero es que cualquiera que oiga la explicación oficialista de la crisis –"estamos en depresión porque la gente y los políticos han dejado de gastar"– probablemente espere observar un fortísimo descenso del consumo y de los desembolsos públicos desde los felices años de la burbuja. Pues no tanto: descontando la inflación, el gasto de nuestras familias ha caído un 7% desde el cuarto trimestre de 2007 y el de nuestras administraciones ha crecido un 3,3% (y dejamos fuera las enormes transferencias públicas, que se han expandido mucho más). En total, el consumo final apenas se ha reducido un 4,3%. No es poca cosa, pero parece extraño que semejante descenso haya provocado una depresión de esta magnitud.
En efecto, ¿de dónde proceden entonces los problemas de nuestra economía? Pues no de una leve contracción del consumo, sino, como el propio Keynes sabía, de un hundimiento en toda regla de la inversión: desde finales de 2007, la formación de capital de nuestra economía se ha desmoronado un 35%. Sí, ya sé que el consumo tiene un peso unas tres veces mayor que la inversión dentro del PIB, de modo que al final las responsabilidades no serían tan distintas. Pero, aparte de lo sesgadamente mal que el PIB contabiliza el gasto empresarial en bienes de capital, si no sabemos observar la diferencia económica –que no contable– entre que una partida tropiece un 4% y que otra se hunda casi un 40%, es que no entendemos nada sobre una crisis. Ninguna economía se hunde porque los consumidores se vuelvan algo más tacaños; sí lo hace, en cambio, por que los empresarios se enfrenten a una incertidumbre y a unas restricciones tales que paralicen en más de un tercio su inversión anual.
El segundo problemilla de la tesis subconsumista, muy vinculado con el anterior, es que, como debiera saberse, el PIB mide dos realidades que son idénticas: el valor monetario de lo comprado y el valor monetario de lo vendido (o producido). Aunque los titulares periodísticos suelen preferir el lado del gasto, no está de más echarle una ojeada al lado de la producción. ¿Y cuáles son los dos sectores económicos que lo han pasado peor durante esta crisis (y también durante este trimestre)? Aquellos más intensivos en capital y que más vinculados estaban a la expansión crediticia previa: la industria, sobre todo por lo que se refiere a las manufacturas duraderas (cuya producción cae un 11% con respecto a finales de 2007), y la construcción (que desciende más de un 20%). El resto, o suben un poco, o caen un poco o se mantienen.
Ahora, ¿es necesariamente malo que nuestro PIB decrezca porque la construcción caiga un 20%? ¿Deberíamos comprar las mismas viviendas que hace cuatro años? Pues no, dado que ese sector se encontraba astronómicamente inflado. El problema, más bien, es que al tiempo que se ha hundido la construcción y la industria de ciertos bienes duraderos, los empresarios no han invertido masivamente en otros sectores que los sustituyan. ¿Y por qué no lo han hecho? En parte porque no saben dónde hacerlo; en parte porque no disponen de capital; en parte porque ellos y sus potenciales compradores están muy endeudados y antes de volver a gastar a los ritmos anteriores tienen que sanear sus balances; en parte porque los mercados son demasiado inflexibles; y en parte por la incertidumbre sobre el futuro de nuestro país (¿suspenderemos pagos? ¿seguiremos en el euro?).
Así las cosas, debería ser evidente por qué supone un enorme error que fijemos nuestros problemas en un insuficiente consumo: no, nuestros males son otros. Primero, que no sabemos exactamente qué producir y nos toca reinventar nuestro tejido empresarial; y, segundo, que antes de volver a gastar tenemos que amortizar parte de nuestras deudas pasadas. De ahí que la receta sea justamente la opuesta a la que se nos sugiere desde esos engañosos titulares que cargan las tintas contra la austeridad: ahora mismo no necesitamos más consumo, sino más ahorro para amortizar nuestras deudas y para sufragar el imprescindible aumento de la inversión que modifique nuestra estructura productiva.
Al cabo, si en estos momentos decidiéramos, por ejemplo, incrementar todavía más el gasto público, ¿qué acaecería? Primero, que restringiríamos aún más la financiación de la inversión privada; segundo, que sería el Estado quien escogería en qué sectores invertir, cómo si él tuviese la más mínima idea de dónde se hallan las oportunidades de negocio (¿Planes E? ¿Aeropuertos sin pasajeros?); tercero, que el endeudamiento total de nuestra economía seguiría aumentando y, por tanto, también la constricción del gasto privado de familias y empresas; y cuarto, que la incertidumbre institucional sobre nuestra permanencia en el euro continuaría aumentando, desincentivando todavía más la inversión empresarial.
El camino es otro y debe mirar a mucho mayor plazo: necesitamos modificar nuestros patrones de especialización y, para ello, toca reducir el endeudamiento de familias, compañías y bancos; estabilizar las cuentas del Estado para despejar histerias; liberalizar mercados para facilitar la elaboración de nuevos planes de negocio; y convertir la inversión en una actividad lo más atractiva y segura posible (por ejemplo, con impuestos bajos). Explíquenme ahora cómo se favorece todo esto promoviendo el gasto ciego, irresponsable y suicida de familias y administraciones públicas. Ay, que algunos todavía no han escapado de la mentalidad de la burbuja.

Returning to the classics

Russ Roberts.



I recently had a chance to talk with Steven Kates and he drew my attention to an essay of John Stuart Mill, Of the Influence of Consumption on Production. There really is nothing new under the sun. The obsession with consumption is just a little older than Keynes. Mill’s essay, an attack on the idea that inadequate consumption is a problem, was published in 1844. Here is how it begins:
Before the appearance of those great writers whose discoveries have given to political economy its present comparatively scientific character, the ideas universally entertained both by theorists and by practical men, on the causes of national wealth, were grounded upon certain general views, which almost all who have given any considerable attention to the subject now justly hold to be completely erroneous.
II.2
Among the mistakes which were most pernicious in their direct consequences, and tended in the greatest degree to prevent a just conception of the objects of the science, or of the test to be applied to the solution of the questions which it presents, was the immense importance attached to consumption. The great end of legislation in matters of national wealth, according to the prevalent opinion, was to create consumers. A great and rapid consumption was what the producers, of all classes and denominations, wanted, to enrich themselves and the country. This object, under the varying names of an extensive demand, a brisk circulation, a great expenditure of money, and sometimes totidem verbis a large consumption, was conceived to be the great condition of prosperity.
II.3
It is not necessary, in the present state of the science, to contest this doctrine in the most flagrantly absurd of its forms or of its applications. The utility of a large government expenditure, for the purpose of encouraging industry, is no longer maintained. Taxes are not now esteemed to be “like the dews of heaven, which return again in prolific showers.” It is no longer supposed that you benefit the producer by taking his money, provided you give it to him again in exchange for his goods. There is nothing which impresses a person of reflection with a stronger sense of the shallowness of the political reasonings of the last two centuries, than the general reception so long given to a doctrine which, if it proves anything, proves that the more you take from the pockets of the people to spend on your own pleasures, the richer they grow; that the man who steals money out of a shop, provided he expends it all again at the same shop, is a benefactor to the tradesman whom he robs, and that the same operation, repeated sufficiently often, would make the tradesman’s fortune.
II.4
In opposition to these palpable absurdities, it was triumphantly established by political economists, that consumption never needs encouragement. All which is produced is already consumed, either for the purpose of reproduction or of enjoyment. The person who saves his income is no less a consumer than he who spends it: he consumes it in a different way; it supplies food and clothing to be consumed, tools and materials to be used, by productive labourers. Consumption, therefore, already takes place to the greatest extent which the amount of production admits of; but, of the two kinds of consumption, reproductive and unproductive, the former alone adds to the national wealth, the latter impairs it. What is consumed for mere enjoyment, is gone; what is consumed for reproduction, leaves commodities of equal value, commonly with the addition of a profit. The usual effect of the attempts of government to encourage consumption, is merely to prevent saving; that is, to promote unproductive consumption at the expense of reproductive, and diminish the national wealth by the very means which were intended to increase it.
II.5
What a country wants to make it richer, is never consumption, but production.
He was on to something.

El mito del consumo siempre creciente. Antón Uriarte



Desde hace cuarenta años (desde 1973) el consumo de energía per cápita en las casas de los estadounidenses no ha aumentado, a pesar de que en esos cuarenta años el espacio de vivienda per cápita se ha duplicado. A medida que el espacio habitable ha ido aumentando, lógicamente también ha aumentado el espacio per cápita necesitado de calefacción y aire acondicionado, así como el número de aparatos domésticos repartidos por más cuartos.

Sin embargo, las mejoras tecnológicas en la eficiencia de las calefacciones y del aire acondicionado y de otros aparatos como frigoríficos, lavadoras o televisores, así como el incremento del consumo eléctrico en las casas, en detrimento del consumo doméstico de madera, carbón, gas y fuel oil, han contribuido a este largo estancamiento en el consumo energético per cápita de los hogares.

Y otra razón importante es que a los americanos, como a casi todo el mundo, les gusta vivir en climas más cálidos y más secos, por lo que la emigración a los estados del sur ha aumentado.




Leer original en CO2.