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El asesinato de JFK: ¿conspiración o física de bachillerato? Sergio L. Palacios

Advertencia: algunas frases y/o imágenes mostradas en este artículo pueden resultar excesivamente violentas para determinadas sensibilidades. Si decides continuar leyendo será bajo tu absoluta responsabilidad.





Tal día como hoy pero hace 48 años, un 22 de noviembre de 1963, el presidente de los Estados Unidos de América, John Fitzgerald Kennedy, era abatido a tiros en Dallas, mientras viajaba en el asiento trasero de su limusina oficial, a su paso por Dealey Plaza. El presunto asesino, Lee Harvey Oswald, había efectuado tres disparos con un rifle Carcano de 6,5 x 52 mm desde el sexto piso de un edificio dedicado al almacén de libros. El primero no hizo blanco pero el segundo y el tercero alcanzaron, respectivamente, la parte superior de la espalda de Kennedy y la cabeza, este último con resultado fatal.
Tan sólo unas horas después del magnicidio, Lee Harvey Oswald fue arrestado, tras cometer un nuevo asesinato, el de un oficial de policía llamado J.D. Tippit. Dos días después, mientras era trasladado de prisión, Oswald también era asesinado por Jack Ruby, el propietario de un club nocturno de Dallas.
Una comisión oficial encabezada por el juez presidente de los Estados Unidos, Earl Warren, fue la encargada de investigar el asesinato del presidente Kennedy. A lo largo de 27 volúmenes se recogieron y analizaron todas las evidencias, testimonios y pruebas, al mismo tiempo que se redactaron las correspondientes conclusiones.
De entre todas, la principal fue la que otorgaba la responsabilidad completa del crimen a Lee Harvey Oswald. El hecho de que éste, durante el poco tiempo que vivió después, proclamase su inocencia, alimentó durante mucho tiempo (aún hay muchas personas que siguen creyéndolo en la actualidad) la posibilidad de una conspiración en la que podrían haber estado implicados la mafia, la CIA, cubanos pro-castristas o anti-castristas y hasta la misma NASA, la agencia espacial norteamericana (al menos esta teoría es la que se sostiene en la película dirigida en 1991 por Oliver Stone “JFK”, protagonizada, entre otros, por Kevin Costner).

Maybe were all conspiracy theorists. Matt Ridley


Extracts:

I say "we" because, after reading Mr. Shermer's book and others like it, my uneasy conclusion is that we all do this, even when we think we do not. It's not a peculiarity of the uneducated or the fanatical. We do it in our political allegiances, in our religious faith, even in our championing of scientific theories. And if we all do it, then how do we know that our own rational rejections of conspiracy theories are not themselves infected with beliefs so strong that they are, in effect, conspiracy theories, too?


Mr. Shermer offers a handy guide for those who are confused. Conspiracy theories are usually bunk when they are too complex, require too many people to be involved, ratchet up from small events to grand effects, assign portentous meanings to innocuous events, express strong suspicion of either governments or companies, attribute too much power to individuals or generate no further evidence as time goes by.

Poderes fácticos. Arcadi Espada

Leer artículo completo.


Extractos:

De la Transición recordarás un asunto francamente molesto que llevaba por título Los poderes fácticos. Durante varios años la actividad pública española estuvo regida por aquel susurro escandaloso. En síntesis el susurro decía que, aunque fueran perfectamente justas y democráticamente posibles, determinadas decisiones no podían tomarse a causa de que esos poderes, identificados con el Ejército y en menor medida con la Iglesia y la Banca, lo impedirían. Durante bastante tiempo el poder fáctico actuó como una premisa muy desmoralizadora, fuera sobre la legalización del Partido Comunista, la organización de las autonomías, la reforma fiscal o la Ley del Divorcio. Su legitimidad era inexistente y su razón, nula. Y la plausibilidad de hacerle frente, fantasmal como su propia naturaleza.


Lo único que faltaría ahora es un referéndum donde se preguntara a los españoles si quieren endeudarse y que estos contestaran que sí, pero con la condición de que la deuda la pague otro. ¡Como que son tontos los españoles!

El problema es el perfil de irresponsabilidad con que el Partido Socialista, actor principal pero no único, se exhibe respecto a sus decisiones. Así los verdaderos autores de ésa y las otras medidas económicas serían una masa fáctica informe donde apenas se adivinan, yendo de lo más concreto a lo más abstracto, la ministra Merkel y el presidente Sarkozy, el Banco Central Europeo y los Mercados, ontológica y gastronómicamente insaciables. Los poderes fácticos. 


Otro mundo es posible: sin duda. «Otro» es el máximo detalle.


La Transición acabó por desnudar a los poderes fácticos. Ni la legalización del PC acabó con la democracia ni la reforma fiscal implantó el comunismo ni el divorcio liquidó la familia. Se demostró que los poderes fácticos eran sólo impostura.

La impostura de hoy es hacer creer que esos poderes fácticos existen. La izquierda de entonces tenía alternativas al matrimonio católico, a la democracia orgánica y a la España centralista. Pero hoy no tiene ninguna alternativa a la política que ella misma está ejecutando, al parecer con tanta repugnancia. Es inútil que trate de hacer tragar la vil especie de que aquélla no es su política, sino la de unos entes fantasmales, tan despiadados como obligatorios. No. Al otro lado no hay nada. La izquierda no tiene alternativas a lo que llama los Mercados, con un inimitable deje de fracaso y de desdén. Aplica esa política porque después de la catástrofe comunista ha sido incapaz de levantar un edificio conceptual y práctico que no pase por China, por Chávez o por el abuelito Hessel. La constatación es dolorosa, mucho más cuando entre las grandes victorias generacionales de la izquierda estuvo la de hacernos creer que fuera de ella no sólo había frío moral, sino una desoladora ausencia de inteligencia.

Comprendo su situación. En realidad, la izquierda percibe con demoledora claridad que la vida social puede organizarse perfectamente sin ella. Que su actual papel en el mundo se reduce a poco más que una mueca.