Poesía 1979-1996, de Luis Alberto de Cuenca


Maravilloso libro de libros de poesía que contiene "La caja de plata" (1985), "El otro sueño" (1987), "El hacha y la rosa" (1993), y "Por fuertes y fronteras" (1996); además, se añade un apéndice. En los poemas de Luis Alberto de Cuenca aparecen dioses crueles, personajes de cine, amores posibles e imposibles, literatura clásica, reencuentros, erotismo, viejos amigos, muerte, gigantes de hielo, mujeres, Helena de Troya, Heráclito, el sol de la vida, España y mucho más; pero sobre todo mucha belleza e incorrección.

Luis Alberto termina la "Conversación" con "el agotamiento interminable / de amarte y de sentirme amado"; está el "Mal de ausencia" del autor que ha "visto una película / que ha terminado hace apenas un siglo"; a "La malcasada" le aconseja ponerse "ropa sexy" a ver si así "Juan Luis vuelve a mirarte, / y tus hijos se van a un campamento, / y tus padres se mueren"; advierte que "sin ella, sin tu musa, no eres nada, poeta";  le dice a la niña "que la muerte te pille bailando"; cuando piensa en los viejos amigos escribe que "me ofrecieron un día / la extraña sensación de no sentirme solo / y la complicidad de una franca sonrisa"; "mientras yo te quitaba, dulcemente, / la ropa de cintura para arriba" cuando los padres de ella se habían ido; cuando sangre la herida "no será el momento de hacer frases"; todos hemos experimentado "el silencio de una cobardía"; una vez que se ha matado, "Isabel ha dejado de molestar"; a "La mentirosa" le advierte que "el premio del engaño es el olvido"; Luis Alberto se vuelve poderoso cuando la mujer se desnuda, "incendiando mis ojos, como siempre, y prendiéndole fuego al universo"; en "La despedida" el autor afirma que "yo te estaré queriendo, vida mía, en la sombra"; escribe "de mujeres indómitas que deben ser domadas"; asevera: "quiero volver atrás, al tiempo en que las cosas no eran tan complicadas"; por "Soleares": "no sé de mejor olvido / que recordar muy despacio / las cosas que han sucedido"; recuerda "La llamada" en la que "quería oír tu voz y oí la de tu amante"; ¿qué hacía Paris durante la guerra de Troya? "Imagino que en la peluquería, / haciéndose las uñas y afeitándose"; tantos versos de calidad.

Reproduzco el poema "Optimismo" completo:
No pienses en el día oscuro, en el día en que nadie
responde, en el día en que tienes a un dios enfrente.
Piensa en la otra jornada, aquella en que venciste
al enemigo o ganaste en el juego, aquel día feliz
en que todo te sonreía. Que tu ejemplo en la vida
sea siempre lo que gozaste, no el sufrimiento.
Muy útiles el índice de poemas y el de primeros versos, ambos ordenados alfabéticamente. Casi todos los poemas están anotados, lo que permite conocer más detalladamente el porqué de muchas de las expresiones, ideas y personas, incluidas en ellos.

En Twitter he abierto una cuenta (twitter.com/poemasladc) en la que he compartido varios poemas de Luis Alberto; tanto de estos libros como de otros.

No se pierdan a Loquillo cantando el poema "El encuentro".

Juan Carlos I, el transitorio; de Arcadi Espada


Nada más lógico que aprovechando los festejos del aniversario de las primeras elecciones hayáis vuelto una vez más a vuestra vieja canción impugnadora. La chusma española, de la que formas parte aunque la militancia te exija una cierta discreción sobre tu cuenta corriente, no puede reaccionar de otro modo ante el mayor éxito de la Historia moderna. Entre Carlos III y tú no hay nada comparable y de ahí que proyectéis sobre la Transición vuestro cargado aliento. El fracaso español existe y sois vosotros, y la Transición se hizo, imperialmente, contra vosotros. El tipo exacto de gente que sois, las presuntas razones que invocáis y hasta qué punto suponéis algo especial en los instrumentos desafinados del concierto de las naciones me traen sin cuidado. Es verdad que en todas partes hay gente que confunde sus apocalipsis personales con los colectivos. Es verdad, también, que hay un permanente comercio político en torno a esa gente, que se agrava en tiempos de crisis. Y es verdad, por último, que proliferan los enganchados a una estética del fracaso que se transmite de generación en generación como el color de los ojos. La chusma se vitamina, además, con la actividad de los españoles que quieren dejar de serlo, porque esa es la forma que adopta su fracaso: como debió decir Cánovas, nacionalista es el que no puede ser otra cosa.

La Transición supuso algo insólito en el mundo: el paso de una dictadura a una democracia sin que mediara revolución alguna. Ese es el sentido de la expresión «de la ley a la ley» que acuñó el verticalísimo Torcuato Fernández Miranda. La Monarquía cayó por una revolución. La República cayó por otra revolución. La Dictadura cayó por un acuerdo. La circunstancia podría llevar al orgullo civil, porque demuestra el grado de madurez de las élites políticas españolas de entonces. Todavía despierta la admiración de Europa. El presidente Borut Pahor se quejaba ayer sombríamente en El País de las dificultades de la reconciliación nacional en Eslovenia, 26 años después de la independencia: «Hay que caminar juntos. Y déjeme decirle que en eso admiro mucho a España y la figura de Adolfo Suárez. Ustedes lo consiguieron, es un éxito fantástico. Ojalá nosotros también podamos». La Transición fue un acuerdo entre demócratas. Su interpretación corrompida empieza por considerarla un pacto entre franquistas y demócratas. Falso. Ningún franquista participó en la Transición. Ningún comunista tampoco. Ni Fraga era franquista ni Carrillo comunista. Adolfo Suárez era el mismo demócrata que Felipe González. Jordi Pujol el mismo que Martín Villa. No fueron las elecciones del 77 ni la Constitución del 78 lo que los hizo demócratas. Todos ellos habían decidido ya que sus ideas sobre la organización de la convivencia solo podían pasar por el acuerdo democrático. Los que no aceptaron el axioma quedaron excluidos. El primero, Franco, al que solo la muerte, la gran niveladora, pudo hacer un demócrata. Y, por supuesto, el pistolerismo fascista y nacionalista. La palabra fetiche de la época fue chaquetero. Fue irremediable que se aplicara a los antiguos fascistas mucho más que a los comunistas. Pero da lo mismo: todos los que hicieron la Transición cambiaron su chaqueta. E hicieron bien. Hay que cambiarse la chaqueta de vez en cuando.

Entre los innumerables pactos de los demócratas destaca el de la excepcionalidad. No el del olvido, como sigue diciendo la interpretación corrompida. El que busque cadáveres en las cunetas que acuda a la colección de la revista Interviú, el testimonio más completo de la Transición. No había semana sin una historia de cunetas y venganzas. Y aludo a la literatura popular, porque la literatura culta ni siquiera hubo de esperar a que la transición se completase en 1978 para publicar la gran mayoría de lo sustancial sobre la Guerra Civil y el Franquismo.

Párate aquí un momento. Sí, la Transición acabó en 1978, con el fin del periodo constituyente. Los intentos de ir alargando su final -el 23-F, el triunfo socialista, la vuelta al poder de la derecha con Aznar, el revisionismo de Zapatero- sólo han sido perversas manipulaciones posteriores de la política que han colaborado irresponsablemente en la idea de España como transición eterna. Algo que celebra y alienta antes que nadie la ontológica deslealtad nacionalista.

Los demócratas no pactaron el olvido, sino el cierre de un estado de excepción que había durado 42 años. El pacto no decía que los hechos no hubieran tenido lugar, sino que los delitos no habían tenido lugar. Los delitos de los ministros que firmaron penas de muerte y los delitos de los terroristas que ejecutaron penas de muerte. Los demócratas prefirieron legislar sobre los vivos que sobre los muertos. Carretera o cuneta. La admirable decisión tomada introdujo rápidamente en España la ley democrática, permitió el ingreso en la Comunidad Europea y facilitó, en pocos años, un desarrollo económico sin precedentes modernos.

Ahora una fracción de españoles pide la revisión del pacto de los demócratas. Aunque no deberían mentir: no pueden reclamar la verdad, porque la verdad es pública desde hace mucho tiempo. Reclaman la venganza. Selectiva, por supuesto: la reclaman para Martín Villa y no para los asesinos de Melitón Manzanas o José María Bultó. No hace falta insistir en la idiocia técnica que supone querer ganar la Transición que perdieron, como antes quisieron ganar la Guerra Civil perdida. Ni tampoco subrayar la perversión moral, «a moro muerto gran lanzada», de los que exigen una acción valiente cuando el riesgo de tomarla ya no existe. La mayor parte de ellos son gentes formadas intelectualmente en las series, y El ministerio del tiempo es una de ellas, y notable y española. Tampoco es descartable que la alucinada macedonia de su cerebro haya concluido que la transición fue una estafa porque Imanol Arias, el protagonista de Cuéntame, defraudó a Hacienda.

El primus inter pares de los demócratas que acordaron la Transición fue Juan Carlos I. Resulta impresionante que su hijo lo apartara esta semana de la celebración del gran pacto español. A Juan Carlos lo llamó El Breve el profético Santiago Carrillo. Algo habrá ganado si al final lo convierten en El Transitorio. El gesto de Felipe VI, desdichadamente personal y que el siempre menudo Gobierno del Estado no ha tenido la grandeza de corregir, es de una sorprendente mezquindad institucional. Pero lo peor es que refuerza la idea nacionalpopulista de que algo sigue abierto e inacabado en España. La revolución pendiente. Es lógico, y merecido, que de inmediato el nacionalpopulismo haya aprovechado la grieta para declarar que, en efecto, sigue abierta la transición a la República. Juan Carlos I se echó a perder como hombre cuando empezó a intercambiar sms con periodistas. Pero el otro día en el Congreso no se celebraba su abdicación sino su reinado y su impuesta ausencia dio a la ceremonia un inquietante aire de usurpación. Fíjate, sé que me dices, si fue una farsa la Transición que de la vergüenza escondieron la otra mañana a su principal muñidor. Y yo no concedo. Pero acuso.

Sigue ciega tu camino.

A.

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The breaks of the game, de David Halberstam

El autor acompañó a los Portland Trail Blazers durante la temporada 1979-80 de la NBA. Este equipo fue campeón en la temporada 1976-77 e iba camino de volver a luchar por el título en la siguiente, pero una lesión de Bill Walton, su máxima estrella, les impidió revalidar el título; de hecho, ni siquiera estuvieron cerca de ganarlo. Bill Walton tuvo una carrera muy problemática por culpa de las continuas lesiones; eso sí, cuando brilló, brilló como pocos.

No se limita a relatar cómo fue la temporada 1979-80, sino que explica detalles de cómo la liga llegó a ser lo que es hasta esa fecha. Trata en detalle temas importantes como las drogas, el incremento espectacular de los salarios de los jugadores, la transformación desde una liga de jugadores blancos a una liga de jugadores negros con mayoría de espectadores blancos, el racismo, la violencia por las continuas peleas, y la importancia de la televisión. Lo más interesante del libro es lo que no está directamente relacionado con la temporada 1979-80.

Muchas personas tienen un papel destacado en el libro; desde Bill Walton, y su lucha con las lesiones; Jack Ramsay, el entrenador con el que los Trail Blazers ganaron el título en 1977; Lenny Wilkens, el entrenador anterior a Ramsay y gran jugador de los años 1960 y 1970; Maurice Lucas, estrella de los campeones de 1977; Kermit Washington, protagonista de un brutal puñetazo que casi mata a Rudy Tomjanovich en 1977; y muchos otros que no necesariamente fueron destacadas estrellas, pero que dan una visión acertada de lo que era la liga en esa temporada y las anteriores.

No se centra únicamente en la parte profesional, sino que trata de entender el porqué del comportamiento de las personas; a casi todas las que nombra las deja en buen lugar. No hay que olvidar que los jugadores oscilaban entre 20 y 30 años de edad, con fama y dinero en las manos, que muchas veces habían salido de entornos muy complicados, no siempre con buenas compañías ni con buenos consejeros; por lo tanto, sus problemas se magnificaban con esa mezcla de juventud, fama y dinero. Aunque el baloncesto era muy importante para ellos, muchos se veían superados por las circunstancias. No sólo los jugadores estaban bajo presión, también había dudas y ansiedad en los entrenadores y el resto del cuerpo técnico, en cualquier momento podían ser despedidos si los resultados no eran los esperados.

Quedan patentes las diferencias entre el baloncesto universitario y el profesional. Las televisiones proporcionaban unos ingresos económicos jugosos a ambos, pero hasta bien entrada la década de 1980 mandaba el baloncesto universitario, con la consiguiente competencia por conseguir una retransmisión nacional que garantizaba $50 mil por partido para cada universidad (año 1979). A nivel de entrenador, según Jack Ramsay, el baloncesto universitario garantizaba la autoridad al entrenador por el mero hecho de serlo, mientras que a nivel profesional había que ganarse la autoridad por medio de la inteligencia y la sutileza.

Dentro de los equipos se mezclaban distintos tipos de personas y de funciones. Todas debían alinearse para que el equipo funcionase en la parte deportiva, pero eran muy diferentes en lo personal. Jugadores y entrenadores diferían en muchas cosas; la primera era la raza, la mayoría de los primeros negros y los segundos blancos; además, estaban los propietarios de las franquicias y su trato con unos y otros.

Los grandes salarios cambiaron radicalmente la liga. No faltan las referencias al pasado; algunos indicaban que antes había más camaradería entre los jugadores, lealtad más allá de las carreras y los cheques, y que el juego era más divertido. En todas las épocas se defiende que cualquier tiempo pasado fue mejor, cuando casi siempre es simplemente anterior.

La televisión afectó mucho al baloncesto porque era un deporte con una historia más corta, aún no enraizado en la mítica nacional, como sí lo estaban el fútbol americano y el béisbol. Aunque la calidad del juego ayudaba al éxito y atraía más público a los pabellones, la televisión generaría mucho más dinero por medio de la publicidad. Lo anterior cambió la manera de manejar los equipos por parte de los propietarios y atrajo a otro tipo de personas a comprar los equipos; añadió millones de aficionados no tan implicados ni exigentes con los equipos. Por ejemplo, en 1978 los equipos de la NBA firmaron un contrato de $74 millones por 4 años, mientras que el último contrato es de $24 000 millones por 9 años (de 2016 a 2025). El valor de las franquicias también se había incrementado considerablemente, por ejemplo, en la década de 1960 una franquicia podía tener un valor de unos $200 000, y en 1980 la franquicia de Dallas se compró por $12 millones. También hubo dinero proveniente de las expansiones de la liga; en 1967 había 10 franquicias, y la incorporación San Diego (Houston más tarde) y Seattle supuso un ingreso de $350 000 para cada una de las 10 franquicias existentes; para 1980 esas 10 franquicias habían ingresado $3 millones sólo en dinero proveniente de las expansiones. Otro dato: el salario de los jugadores aumento alrededor de un 700 % desde finales de la década de 1960 hasta mediados de los 1970, es decir, se multiplicó por 8.

Sirva la siguiente anécdota para hacernos una idea de la mentalidad de los antiguos propietarios respecto a la televisión; el propietario de Los Angeles Lakers desde 1965 hasta 1979, Jack Kent Cooke, se negaba a vaciar las sillas que había delante de las cámaras de televisión de tal manera que, cuando en alguna jugada los aficionados se levantaban, tapaban la visión de esas cámaras.

El principal responsable de que el baloncesto y la televisión tuvieran una relación viable fue Roone Arledge de la ABC, y también fue el que perjudicó posteriormente esa relación. La NBA decidió prescindir de los servicios de la ABC y contar con la CBS. El gran Red Auerbach, mítico entrenador y gerente general de los Boston Celtics, advirtió que no era buena idea porque la ABC lo estaba haciendo bien y se estaban creando un enemigo peligroso en la persona de Arledge; nadie le hizo caso y esto les hizo mucho daño. Arledge, por ejemplo, programó partidos de baloncesto universitario y otros exitosos programas a la misma hora que los partidos de la NBA.

El primer jugador negro en la NBA llego en 1951 (la liga había comenzado en 1946), pero fue la llegada de un jugador negro en particular, Bill Russell, la que empezó a cambiar el juego, haciéndolo más vertical y veloz, es decir, jugadores con más potencia de salto y rapidez. Para comprobar lo anterior baste indicar que 7 de los 10 mejores reboteadores de la NBA en la temporada 1961-62 eran jugadores negros, con sólo unos 2 o 3 negros por equipo (cada equipo tenía 11 jugadores). Tres años más tarde 9 de los 10 mejores reboteadores y 6 de los 7 mejores pasadores eran negros, con sólo unos 3 o 4 negros por equipo.

Los Blazers tuvieron muy buenos jugadores que no funcionaron, se lesionaron o fueron traspasados; por ejemplo, Moses Malone fue suyo, pero lo traspasaron en el año 1976. Malone fue el jugador más valioso de la liga en 1979, 1982 y 1983. Con respecto a las lesiones, por ejemplo, estuvieron las múltiples de Bill Walton y, en menor medida, la de Mychal Thompson quien se perdió por lesión toda la temporada 1979-80. Otro ejemplo, en 1972 escogieron en la primera posición del draft a LaRue Martin, quien sólo jugó 4 temporadas con unos bajos promedios: 14 minutos, algo más de 5 puntos y casi 5 rebotes por partido.

Maurice Lucas es uno de los grandes protagonistas del libro. Su búsqueda de un gran contrato le hizo tener un pulso con su equipo y en medio de la temporada 1979-80 fue traspasado a los New Jersey Nets. Lionel Hollins también tuvo una mala actitud y fue también traspasado a los Philadelphia 76ers. Ambos jugadores fueron fundamentales en el título de 1977 junto a la máxima estrella Bill Walton, otro de los protagonistas del libro, quien había firmado a principio de temporada con los San Diego Clippers, pero sólo pudo disputar 14 de los 82 partidos de temporada regular; de hecho, la temporada anterior no había jugado un solo partido y las dos siguientes tampoco jugó ninguno. Walton nunca se recuperó plenamente, y aunque en la temporada 1985-86 ganó el campeonato con los Boston Celtics jugando minutos importantes como reserva, su carrera fue una continua lucha contra las lesiones.

El libro también demuestra la importancia de que los jugadores tuvieran un buen agente a la hora de negociar sus contratos. Los dueños de los equipos eran personas acostumbradas al mundo de las finanzas y contaban con buenos asesores, mientras que los jugadores no siempre estaban bien preparados para ese tipo de negociaciones.

Lenny Wilkens entró en la liga como jugador en 1960, en los Saint Louis Hawks, y terminó su carrera en 1975, en los Blazers; desde la temporada 1969-70 fue jugador-entrenador, y siguió entrenando hasta el año 2005. Ganó el campeonato en 1979 con los Seattle SuperSonics. Cuando entró a jugar los jugadores negros no eran bien recibidos ni por aficionados ni por compañeros; cuando terminó su carrera como jugador la liga estaba dominada por jugadores negros, 18 de los 24 jugadores del partido de las estrellas en 1975 fueron negros. Los Hawks tenían un sólo jugador negro, Sihugo Green, hasta la llegada de Wilkens; habían sido campeones en 1958 con un equipo formado únicamente por jugadores blancos. Había restaurantes en los que no podían entrar personas de raza negra; éstos y otros gestos eran novedosos para Wilkens, quien había nacido y crecido en Nueva York. Cliff Hagan, una de las estrellas de los Hawks, sí se relacionó con Wilkens y su familia. Un ejemplo de que existe la opción de comportarse de manera correcta en ambientes que no invitan a ello.

Queda bien reflejado en el libro cómo los jugadores explotaban sus mejores cualidades para ser incluidos en el equipo y ayudar a ganar; los había luchadores, había especialistas en alguna de las facetas del juego (tiro, rebote, defensa, pase), otros inteligentes, etcétera. Lo que no se podía hacer era competir con limitaciones físicas, ya que la exigencia era enorme. Muchos jugadores forzaron demasiado su cuerpo y eso les costó su carrera deportiva, y secuelas físicas de por vida.

Mención especial merece Billy Ray Bates, de raza negra y criado en un entorno de pobreza. Creció recogiendo algodón en el seno de una familia de 9 hermanos y con un padre que murió cuando él tenía 7 años. Tuvo una corta carrera en la NBA, iniciada en los Blazers en la temporada 1979-80; disputó ese año 16 partidos en la temporada regular y 3 en los playoffs, en los que fue el máximo anotador del equipo. Pero lo más relevante es que se le veía como un jugador despistado, aunque de gran calidad técnica y física; lo que más enfada a su entrenador, Ramsay, es que no se aprendía las jugadas. Posteriormente se descubrió que no sabía leer.

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