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La evolución “rara” de la psicología humana

Por Eric Michael Johnson.


¿Está distorsionando nuestra imagen de la especie humana el exceso de confianza de la psicología en los estudiantes norteamericanos?



Imagine que se encuentra en una habitación junto con 100 psicópatas. Probablemente lo primero que quiera hacer es salir de la habitación. Sin embargo, una vez que lo hace, descubre una cabina instalada con un cristal desde el que es posible ver lo que está pasando sin ser visto. Sentado cómodamente, observa que está teniendo lugar un extraño experimento. Algunos de esos individuos tienen batas blancas y llevan cuadernos, mientras que otros están respondiendo a una batería de tests psicológicos.
Lentamente, la frenética actividad empieza a tomar sentido. Algunos sujetos del test miran monitores de video y tienen sensores incorporados para medir las respuestas de su piel ante las imágenes que ven. A otros les dan cuestionarios para que elijan sus respuestas en varias situaciones sociales. A otros los introducen en un scanner IRMf para medir el flujo sanguíneo en diferentes regiones de sus cerebros. Todos estos son métodos normales en las ciencias psicológicas y del cerebro. Pero lo más llamativo es el hecho de que el estudio está siendo dirigido por psicópatas que estudian otros psicópatas.
“Los sujetos informaron de un desprecio constante por los sentimientos de los demás y una falta de remordimientos en los casos en que habían herido a otros”, según informó un investigador basándose en respuestas del cuestionario.
“Esto es consistente con los resultados de IRMf que muestran un flujo sanguíneo significativamente inferior hacia el sistema paralímbico, especialmente hacia aquellas regiones que implican emoción”, añade otro al mirar los datos de sus análisis en el scanner cerebral.
“Los datos sobre la conductividad de la piel también concuerdan, mostrando una escasa o nula reacción emocional a las imágenes perturbadoras”, informa una tercera persona que parece estar a cargo de este extraño experimento.

Por qué nos engañamos. Eduardo Robredo Zugasti



Si (como Dawkins argumenta) el engaño es fundamental en la comunicación animal, entonces debe existir una fuerte selección para detectar el engaño y esto, a su vez, debió seleccionar el autoegaño en algun grado, relegando algunos hechos y motivaciones al inconsciente para impedir que traicionaran -mediante los sutiles signos del autoconocimiento- el engaño que estaba teniendo lugar. En consecuencia, el punto de vista convencional de que la selección natural favorece sistemas nerviosos capaces de producir imágenes cada vez más adecuadas del mundo debe ser un punto de vista muy naïve de la evolución mental.

– Robert Trivers (en el prólogo a El gen egoísta de Richard Dawkins)


Robert Trivers (universidad de Rutgers), conocido por sus trabajos sobre la evolución del altruísmo, y William Von Hippel (universidad de Queensland), un psicólogo evolucionista, han publicado recientemente un penetrante y controvertido artículo sobre la evolución del autoengaño [PDF]. A diferencia de la visión tradicional en la psicología, que veía en el autoengaño una estrategia defensiva de las personas en el contexto de un mundo hostil, Trivers y Von Hippel han decidido explorar el aspecto interpersonal del autoengaño, sugiriendo que el autoengaño podría ser una estrategia ofensiva social que habría evolucionado con el objetivo de engañar a los demás. Desde la perspectiva de la evolución humana, el autoengaño podría verse como una especie de entrenamiento individual cognitivo que nos capacita para poder engañar mejor a los demás y obtener así mayor éxito social.


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I Was Wrong, and So Are You. Daniel Klein


BACK IN JUNE 2010, I published a Wall Street Journal op-ed arguing that the American left was unenlightened, by and large, as to economic matters. Responding to a set of survey questions that tested people’s real-world understanding of basic economic principles, self-identified progressives and liberals did much worse than conservatives and libertarians, I reported. To sharpen the ax, The Journal titled the piece “Are You Smarter Than a Fifth Grader?”—the implication being that people on the left were not.

The op-ed set off fireworks. On The Journal’s Web site, the piece peaked at No.2 in most-e-mailed for the month it was published. The Examiner, in Washington, D.C., ran two opinion pieces in response, one approving and one critical. (The latter noted, correctly, that conservatives were “happily disseminating the results across the right-wing blogosphere.”) The Washington Times reported, “Liberals Livid Over Economic Enlightenment Gauge.” My inbox exploded with messages haranguing me for cynically rigging my results or blessing me for providing proof of a long-suspected truth.

The Wall Street Journal piece was based on an article that Zeljka Buturovic and I had published in Econ Journal Watch, a journal that I edit. In short order, more than 10,000 people downloaded a PDF of the scholarly article. The attention, while slightly unnerving, was also pleasing, and I’ll confess that I found the study results congenial: I’m a libertarian, and I found it easy to believe that people on the left had an especially bad grasp of economics.

But one year later, in May 2011, Buturovic and I published a new scholarly article reporting on a new survey. It turned out that I needed to retract the conclusions I’d trumpeted in The Wall Street Journal. The new results invalidated our original result: under the right circumstances, conservatives and libertarians were as likely as anyone on the left to give wrong answers to economic questions. The proper inference from our work is not that one group is more enlightened, or less. It’s that “myside bias”—the tendency to judge a statement according to how conveniently it fits with one’s settled position—is pervasive among all of America’s political groups. The bias is seen in the data, and in my actions.


Read full in The Atlantic.