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Toros con orgasmo por José Luis Alvite

Alvite y los toros.

Destaco:

De niño despojaba de sus alas a docenas de moscas y las organizaba luego sobre el suelo como una ganadería sin que nada de aquello me impidiese dormir. Estoy seguro de que habría sido incapaz de conciliar el sueño si en vez de las alas a las moscas, le hubiese arrancado las suyas a cincuenta pollos vivos. Es el tamaño del bulto lo que despierta la conciencia...

Y eso son las corridas de toros: una de esas viejas emociones que se disfrutan cuando se sienten y se malogran cuando se explican.



ARTÍCULO:

Todos los argumentos que se utilizan para condenar las corridas de toros son razonables, contundentes, incluso parece que sean irrebatibles. Por supuesto, también lo son los argumentos que aducen quienes defienden la lidia. Todo es relativo. El placer que encuentra el gourmet al sentarse en una mesa bien surtida no es en absoluto mayor que el que siente en la desnudez de su celda el monje enfrentado a la abnegada penitencia de su ayuno. La inteligencia convierte en razonables muchas conductas que la conciencia encuentra en principio inadmisibles. Muchos de quienes abominaron del nazismo al consumarse la derrota del III Reich fueron sus devotos seguidores cuando el Hitler criminal no había sustituido en su admiración al Hitler lúcido, sabio y redentor cuyos crímenes al principio prefirieron ignorar. Fue el descomunal tamaño de sus crímenes lo que le descubrió al mundo la abominable perfidia de aquel régimen exterminador y racista. ¿Prohibiríamos las corridas de toros si las reses fuesen del tamaño de las truchas y su sangre pasase inadvertida? ¿Tiene algo que ver la conciencia con el tamaño de aquello que tendría que repudiar? De niño despojaba de sus alas a docenas de moscas y las organizaba luego sobre el suelo como una ganadería sin que nada de aquello me impidiese dormir. Estoy seguro de que habría sido incapaz de conciliar el sueño si en vez de las alas a las moscas, le hubiese arrancado las suyas a cincuenta pollos vivos. Es el tamaño del bulto lo que despierta la conciencia, igual que en un callejón sin salida lo que inspira temor de un hombre no es su mirada, sino su corpulencia. Pues ése es el problema de los toros: que son corpulentos y dan mucho en la vista, no como las truchas, que agonizan enganchadas por la boca en un anzuelo sin que nadie se compadezca de ese dolor ni proteste por ello. Alguien podría alegar que en nombre de la conciencia pública lo mejor sería pescar las truchas con un procedimiento indoloro, no sé, tal vez instándolas desde la orilla con un megáfono para que salgan del río y se entreguen. Si la vida fuese así, en la próxima carrera del hipódromo la organización tendría que premiar el esfuerzo del caballo y castigar el abuso del jinete. Todo se andará. Los seres humanos somos tan idiotas que el día menos pensado castigaremos algo tan natural como que la tentación de buscar el orgasmo concluya a veces en el placer de conseguirlo. Corren malos tiempos para las emociones. Y eso son las corridas de toros: una de esas viejas emociones que se disfrutan cuando se sienten y se malogran cuando se explican.

Talento con lencería de José Luis Alvite

Alvite escribe sobre los instintos.

Destaco:

Por si su queja se malograse sin salir de la intimidad de su casa en la costa, Kate reflexionó a través de uno de sus personajes más celebrados, una mujer madura en cuyos labios hizo una personal confesión de su credo: «Hay un creciente y tenaz desprestigio de las emociones primarias por considerar que son impulsos superficiales. No entiendo que en nombre del pensamiento alguien se niegue a creer que a menudo lo más profundo de cualquier persona no ocurre en su alma, sino en su piel. No dudo que a una mujer le resulte agradable que un hombre aspire a conocer su alma, pero, ¡que demonios!, llega un momento en el que echas de menos que no intente averiguar tu ropa interior».


ARTÍCULO:

Como en estas cuestiones lo mejor es curarse en salud con el respaldo de una opinión femenina, recordaré lo que hace algunos años me dijo de madrugada en su casa de la costa la veterana escritora Kate Sinclair: «La crítica literaria elogia mis actitudes progresistas, mi comportamiento iconoclasta y mi coherencia ideológica, como si se tratase de arduas conquistas de mi inteligencia o fuesen el merecido resultado de mi talento. Jamás desmentiría eso, pero en el fondo me río de la visión tan elevada que tienen de mí. ¿Qué diablos saben ellos acerca de los pasos que he dado hasta llegar a ser lo que soy?» A Kate su prosperidad en el oficio de escribir no le impedía reconocer que «(…) habría preferido mil veces ser una mujer hermosa y seductora antes que ser una pluma brillante. Mi éxito profesional es parte de los estragos que me produjo tener un aspecto físico vulgar. Ignoran que no he llegado aquí persiguiendo la gloria, sino huyendo del espejo. A veces mientras le echo al coche en el cruce de Forest Seagulls la gasolina justa para dar la vuelta y regresar a casa, pienso que esos tipos tan sesudos de la crítica literaria se echarían las manos a la cabeza si supiesen que los elogios que ellos le dedican a mi talento habría preferido que el empleado de la gasolinera se los dedicase a mis piernas». Ahora que cree tener evidencias incontestables de que la situación es irreversible, es cuando Kate Sinclair arremete sin piedad contra el culto al éxito y se lamenta amargamente de no haber cultivado su aspecto físico y maldice «la estupidez que en un momento de mi vida supuso creer a pies juntillas que los hombres iban a caer rendidos ante mis brillantes ideas literarias y ni siquiera sería necesario que les cautivase mi cuerpo». Por si su queja se malograse sin salir de la intimidad de su casa en la costa, Kate reflexionó a través de uno de sus personajes más celebrados, una mujer madura en cuyos labios hizo una personal confesión de su credo: «Hay un creciente y tenaz desprestigio de las emociones primarias por considerar que son impulsos superficiales. No entiendo que en nombre del pensamiento alguien se niegue a creer que a menudo lo más profundo de cualquier persona no ocurre en su alma, sino en su piel. No dudo que a una mujer le resulte agradable que un hombre aspire a conocer su alma, pero, ¡que demonios!, llega un momento en el que echas de menos que no intente averiguar tu ropa interior».

Cocaína con bragas por José Luis Alvite

Artículo de Alvite sobre el consumo de drogas.

Muy de acuerdo con él, además en mi caso se juntaría con mi adicción enfermiza a las cosas que me gustan.

Destaco esto:

"He preferido enfrentarme a la vida de una manera consciente, con los ojos bien abiertos, seguro de que sería capaz de sobreponerme a los remordimientos sin necesidad de perder la memoria, no como mi colega, que solo quería enriquecerse con la literatura para permitirse luego la coartada moral de convertir sus vicios en costumbres. Ya te digo que jamás he sido un santo, pero, ¡qué demonios!, al menos me cabe el orgullo de asegurar que mi conciencia siempre me ha tolerado menos errores de los que a veces me habría permitido mi bolsillo".



ARTÍCULO:

Creo que un hombre contrae un vicio cuando la virtud a la que sustituye ya no le produce el placer que esperaba conseguir. ¿Y qué es un vicio? Yo creo que es algo que no depende de una clasificación moral objetiva, sino del poder adquisitivo de cada uno. Un hombre con dinero puede permitirse cualquier tentación en la seguridad de que lo suyo será visto socialmente como una costumbre, como un simple hábito, mientras que si fuese de clase media y anduviese mal de liquidez, la costumbre sería considerada al instante un vicio. En todos los niveles sociales se consume droga, pero en los ambientes selectos la cocaína circula en las mismas bandejas que las gambas Orly y las croquetas de salmón. En algunas reuniones de gente de negocios incluso está mal visto que alguien rechace la tentación de meterse una rayita por las narices. Algo parecido ocurre en ciertos círculos intelectuales en los que resistirte al consumo de cocaína puede ser interpretado como una perversión inconfesable, algo tan grave como en una reunión de cinéfilos los sería sin duda manifestar tu resistencia a menospreciar la filmografía de José Luís Garci o a leer «Cahiers du Cinema». En una velada de escritores discutí con una colega sobre la influencia de la depravación lisérgica en la calidad literaria. Ella defendía que las drogas estimulaban la creatividad y yo le decía que los gatos dan con los ratones sin necesidad de estimularse. Mi colega estaba hasta los ojos de cocaína y llevaba hora y media tratando de dar con una frase para redondear el párrafo inicial de su nueva novela. A punto de amanecer y en medio de un auténtico hacinamiento de gente doblada por el mórbido cansancio que a veces produce la estupidez al mezclarse con la vanidad, le pregunté cómo diablos pretendía acertar con la dichosa frase si en el estado alucinado en el que encontraba ni siquiera era capaz de encontrar sus propias bragas. Yo jamás he llevado la vida de un santo y sin embargo he evitado siempre las drogas que no fuesen el gin tonic o el tabaco. He preferido enfrentarme a la vida de una manera consciente, con los ojos bien abiertos, seguro de que sería capaz de sobreponerme a los remordimientos sin necesidad de perder la memoria, no como mi colega, que solo quería enriquecerse con la literatura para permitirse luego la coartada moral de convertir sus vicios en costumbres. Ya te digo que jamás he sido un santo, pero, ¡qué demonios!, al menos me cabe el orgullo de asegurar que mi conciencia siempre me ha tolerado menos errores de los que a veces me habría permitido mi bolsillo. No dudo que mi colega evitará mi compañía en las veladas literarias, pero sé que de vez en cuando tendrá que recurrir a mí aunque sólo sea para que mi olfato de perro le ayude a encontrar sus bragas.