Juan Carlos I, el transitorio; de Arcadi Espada


Nada más lógico que aprovechando los festejos del aniversario de las primeras elecciones hayáis vuelto una vez más a vuestra vieja canción impugnadora. La chusma española, de la que formas parte aunque la militancia te exija una cierta discreción sobre tu cuenta corriente, no puede reaccionar de otro modo ante el mayor éxito de la Historia moderna. Entre Carlos III y tú no hay nada comparable y de ahí que proyectéis sobre la Transición vuestro cargado aliento. El fracaso español existe y sois vosotros, y la Transición se hizo, imperialmente, contra vosotros. El tipo exacto de gente que sois, las presuntas razones que invocáis y hasta qué punto suponéis algo especial en los instrumentos desafinados del concierto de las naciones me traen sin cuidado. Es verdad que en todas partes hay gente que confunde sus apocalipsis personales con los colectivos. Es verdad, también, que hay un permanente comercio político en torno a esa gente, que se agrava en tiempos de crisis. Y es verdad, por último, que proliferan los enganchados a una estética del fracaso que se transmite de generación en generación como el color de los ojos. La chusma se vitamina, además, con la actividad de los españoles que quieren dejar de serlo, porque esa es la forma que adopta su fracaso: como debió decir Cánovas, nacionalista es el que no puede ser otra cosa.

La Transición supuso algo insólito en el mundo: el paso de una dictadura a una democracia sin que mediara revolución alguna. Ese es el sentido de la expresión «de la ley a la ley» que acuñó el verticalísimo Torcuato Fernández Miranda. La Monarquía cayó por una revolución. La República cayó por otra revolución. La Dictadura cayó por un acuerdo. La circunstancia podría llevar al orgullo civil, porque demuestra el grado de madurez de las élites políticas españolas de entonces. Todavía despierta la admiración de Europa. El presidente Borut Pahor se quejaba ayer sombríamente en El País de las dificultades de la reconciliación nacional en Eslovenia, 26 años después de la independencia: «Hay que caminar juntos. Y déjeme decirle que en eso admiro mucho a España y la figura de Adolfo Suárez. Ustedes lo consiguieron, es un éxito fantástico. Ojalá nosotros también podamos». La Transición fue un acuerdo entre demócratas. Su interpretación corrompida empieza por considerarla un pacto entre franquistas y demócratas. Falso. Ningún franquista participó en la Transición. Ningún comunista tampoco. Ni Fraga era franquista ni Carrillo comunista. Adolfo Suárez era el mismo demócrata que Felipe González. Jordi Pujol el mismo que Martín Villa. No fueron las elecciones del 77 ni la Constitución del 78 lo que los hizo demócratas. Todos ellos habían decidido ya que sus ideas sobre la organización de la convivencia solo podían pasar por el acuerdo democrático. Los que no aceptaron el axioma quedaron excluidos. El primero, Franco, al que solo la muerte, la gran niveladora, pudo hacer un demócrata. Y, por supuesto, el pistolerismo fascista y nacionalista. La palabra fetiche de la época fue chaquetero. Fue irremediable que se aplicara a los antiguos fascistas mucho más que a los comunistas. Pero da lo mismo: todos los que hicieron la Transición cambiaron su chaqueta. E hicieron bien. Hay que cambiarse la chaqueta de vez en cuando.

Entre los innumerables pactos de los demócratas destaca el de la excepcionalidad. No el del olvido, como sigue diciendo la interpretación corrompida. El que busque cadáveres en las cunetas que acuda a la colección de la revista Interviú, el testimonio más completo de la Transición. No había semana sin una historia de cunetas y venganzas. Y aludo a la literatura popular, porque la literatura culta ni siquiera hubo de esperar a que la transición se completase en 1978 para publicar la gran mayoría de lo sustancial sobre la Guerra Civil y el Franquismo.

Párate aquí un momento. Sí, la Transición acabó en 1978, con el fin del periodo constituyente. Los intentos de ir alargando su final -el 23-F, el triunfo socialista, la vuelta al poder de la derecha con Aznar, el revisionismo de Zapatero- sólo han sido perversas manipulaciones posteriores de la política que han colaborado irresponsablemente en la idea de España como transición eterna. Algo que celebra y alienta antes que nadie la ontológica deslealtad nacionalista.

Los demócratas no pactaron el olvido, sino el cierre de un estado de excepción que había durado 42 años. El pacto no decía que los hechos no hubieran tenido lugar, sino que los delitos no habían tenido lugar. Los delitos de los ministros que firmaron penas de muerte y los delitos de los terroristas que ejecutaron penas de muerte. Los demócratas prefirieron legislar sobre los vivos que sobre los muertos. Carretera o cuneta. La admirable decisión tomada introdujo rápidamente en España la ley democrática, permitió el ingreso en la Comunidad Europea y facilitó, en pocos años, un desarrollo económico sin precedentes modernos.

Ahora una fracción de españoles pide la revisión del pacto de los demócratas. Aunque no deberían mentir: no pueden reclamar la verdad, porque la verdad es pública desde hace mucho tiempo. Reclaman la venganza. Selectiva, por supuesto: la reclaman para Martín Villa y no para los asesinos de Melitón Manzanas o José María Bultó. No hace falta insistir en la idiocia técnica que supone querer ganar la Transición que perdieron, como antes quisieron ganar la Guerra Civil perdida. Ni tampoco subrayar la perversión moral, «a moro muerto gran lanzada», de los que exigen una acción valiente cuando el riesgo de tomarla ya no existe. La mayor parte de ellos son gentes formadas intelectualmente en las series, y El ministerio del tiempo es una de ellas, y notable y española. Tampoco es descartable que la alucinada macedonia de su cerebro haya concluido que la transición fue una estafa porque Imanol Arias, el protagonista de Cuéntame, defraudó a Hacienda.

El primus inter pares de los demócratas que acordaron la Transición fue Juan Carlos I. Resulta impresionante que su hijo lo apartara esta semana de la celebración del gran pacto español. A Juan Carlos lo llamó El Breve el profético Santiago Carrillo. Algo habrá ganado si al final lo convierten en El Transitorio. El gesto de Felipe VI, desdichadamente personal y que el siempre menudo Gobierno del Estado no ha tenido la grandeza de corregir, es de una sorprendente mezquindad institucional. Pero lo peor es que refuerza la idea nacionalpopulista de que algo sigue abierto e inacabado en España. La revolución pendiente. Es lógico, y merecido, que de inmediato el nacionalpopulismo haya aprovechado la grieta para declarar que, en efecto, sigue abierta la transición a la República. Juan Carlos I se echó a perder como hombre cuando empezó a intercambiar sms con periodistas. Pero el otro día en el Congreso no se celebraba su abdicación sino su reinado y su impuesta ausencia dio a la ceremonia un inquietante aire de usurpación. Fíjate, sé que me dices, si fue una farsa la Transición que de la vergüenza escondieron la otra mañana a su principal muñidor. Y yo no concedo. Pero acuso.

Sigue ciega tu camino.

A.

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The breaks of the game, de David Halberstam

El autor acompañó a los Portland Trail Blazers durante la temporada 1979-80 de la NBA. Este equipo fue campeón en la temporada 1976-77 e iba camino de volver a luchar por el título en la siguiente, pero una lesión de Bill Walton, su máxima estrella, les impidió revalidar el título; de hecho, ni siquiera estuvieron cerca de ganarlo. Bill Walton tuvo una carrera muy problemática por culpa de las continuas lesiones; eso sí, cuando brilló, brilló como pocos.

No se limita a relatar cómo fue la temporada 1979-80, sino que explica detalles de cómo la liga llegó a ser lo que es hasta esa fecha. Trata en detalle temas importantes como las drogas, el incremento espectacular de los salarios de los jugadores, la transformación desde una liga de jugadores blancos a una liga de jugadores negros con mayoría de espectadores blancos, el racismo, la violencia por las continuas peleas, y la importancia de la televisión. Lo más interesante del libro es lo que no está directamente relacionado con la temporada 1979-80.

Muchas personas tienen un papel destacado en el libro; desde Bill Walton, y su lucha con las lesiones; Jack Ramsay, el entrenador con el que los Trail Blazers ganaron el título en 1977; Lenny Wilkens, el entrenador anterior a Ramsay y gran jugador de los años 1960 y 1970; Maurice Lucas, estrella de los campeones de 1977; Kermit Washington, protagonista de un brutal puñetazo que casi mata a Rudy Tomjanovich en 1977; y muchos otros que no necesariamente fueron destacadas estrellas, pero que dan una visión acertada de lo que era la liga en esa temporada y las anteriores.

No se centra únicamente en la parte profesional, sino que trata de entender el porqué del comportamiento de las personas; a casi todas las que nombra las deja en buen lugar. No hay que olvidar que los jugadores oscilaban entre 20 y 30 años de edad, con fama y dinero en las manos, que muchas veces habían salido de entornos muy complicados, no siempre con buenas compañías ni con buenos consejeros; por lo tanto, sus problemas se magnificaban con esa mezcla de juventud, fama y dinero. Aunque el baloncesto era muy importante para ellos, muchos se veían superados por las circunstancias. No sólo los jugadores estaban bajo presión, también había dudas y ansiedad en los entrenadores y el resto del cuerpo técnico, en cualquier momento podían ser despedidos si los resultados no eran los esperados.

Quedan patentes las diferencias entre el baloncesto universitario y el profesional. Las televisiones proporcionaban unos ingresos económicos jugosos a ambos, pero hasta bien entrada la década de 1980 mandaba el baloncesto universitario, con la consiguiente competencia por conseguir una retransmisión nacional que garantizaba $50 mil por partido para cada universidad (año 1979). A nivel de entrenador, según Jack Ramsay, el baloncesto universitario garantizaba la autoridad al entrenador por el mero hecho de serlo, mientras que a nivel profesional había que ganarse la autoridad por medio de la inteligencia y la sutileza.

Dentro de los equipos se mezclaban distintos tipos de personas y de funciones. Todas debían alinearse para que el equipo funcionase en la parte deportiva, pero eran muy diferentes en lo personal. Jugadores y entrenadores diferían en muchas cosas; la primera era la raza, la mayoría de los primeros negros y los segundos blancos; además, estaban los propietarios de las franquicias y su trato con unos y otros.

Los grandes salarios cambiaron radicalmente la liga. No faltan las referencias al pasado; algunos indicaban que antes había más camaradería entre los jugadores, lealtad más allá de las carreras y los cheques, y que el juego era más divertido. En todas las épocas se defiende que cualquier tiempo pasado fue mejor, cuando casi siempre es simplemente anterior.

La televisión afectó mucho al baloncesto porque era un deporte con una historia más corta, aún no enraizado en la mítica nacional, como sí lo estaban el fútbol americano y el béisbol. Aunque la calidad del juego ayudaba al éxito y atraía más público a los pabellones, la televisión generaría mucho más dinero por medio de la publicidad. Lo anterior cambió la manera de manejar los equipos por parte de los propietarios y atrajo a otro tipo de personas a comprar los equipos; añadió millones de aficionados no tan implicados ni exigentes con los equipos. Por ejemplo, en 1978 los equipos de la NBA firmaron un contrato de $74 millones por 4 años, mientras que el último contrato es de $24 000 millones por 9 años (de 2016 a 2025). El valor de las franquicias también se había incrementado considerablemente, por ejemplo, en la década de 1960 una franquicia podía tener un valor de unos $200 000, y en 1980 la franquicia de Dallas se compró por $12 millones. También hubo dinero proveniente de las expansiones de la liga; en 1967 había 10 franquicias, y la incorporación San Diego (Houston más tarde) y Seattle supuso un ingreso de $350 000 para cada una de las 10 franquicias existentes; para 1980 esas 10 franquicias habían ingresado $3 millones sólo en dinero proveniente de las expansiones. Otro dato: el salario de los jugadores aumento alrededor de un 700 % desde finales de la década de 1960 hasta mediados de los 1970, es decir, se multiplicó por 8.

Sirva la siguiente anécdota para hacernos una idea de la mentalidad de los antiguos propietarios respecto a la televisión; el propietario de Los Angeles Lakers desde 1965 hasta 1979, Jack Kent Cooke, se negaba a vaciar las sillas que había delante de las cámaras de televisión de tal manera que, cuando en alguna jugada los aficionados se levantaban, tapaban la visión de esas cámaras.

El principal responsable de que el baloncesto y la televisión tuvieran una relación viable fue Roone Arledge de la ABC, y también fue el que perjudicó posteriormente esa relación. La NBA decidió prescindir de los servicios de la ABC y contar con la CBS. El gran Red Auerbach, mítico entrenador y gerente general de los Boston Celtics, advirtió que no era buena idea porque la ABC lo estaba haciendo bien y se estaban creando un enemigo peligroso en la persona de Arledge; nadie le hizo caso y esto les hizo mucho daño. Arledge, por ejemplo, programó partidos de baloncesto universitario y otros exitosos programas a la misma hora que los partidos de la NBA.

El primer jugador negro en la NBA llego en 1951 (la liga había comenzado en 1946), pero fue la llegada de un jugador negro en particular, Bill Russell, la que empezó a cambiar el juego, haciéndolo más vertical y veloz, es decir, jugadores con más potencia de salto y rapidez. Para comprobar lo anterior baste indicar que 7 de los 10 mejores reboteadores de la NBA en la temporada 1961-62 eran jugadores negros, con sólo unos 2 o 3 negros por equipo (cada equipo tenía 11 jugadores). Tres años más tarde 9 de los 10 mejores reboteadores y 6 de los 7 mejores pasadores eran negros, con sólo unos 3 o 4 negros por equipo.

Los Blazers tuvieron muy buenos jugadores que no funcionaron, se lesionaron o fueron traspasados; por ejemplo, Moses Malone fue suyo, pero lo traspasaron en el año 1976. Malone fue el jugador más valioso de la liga en 1979, 1982 y 1983. Con respecto a las lesiones, por ejemplo, estuvieron las múltiples de Bill Walton y, en menor medida, la de Mychal Thompson quien se perdió por lesión toda la temporada 1979-80. Otro ejemplo, en 1972 escogieron en la primera posición del draft a LaRue Martin, quien sólo jugó 4 temporadas con unos bajos promedios: 14 minutos, algo más de 5 puntos y casi 5 rebotes por partido.

Maurice Lucas es uno de los grandes protagonistas del libro. Su búsqueda de un gran contrato le hizo tener un pulso con su equipo y en medio de la temporada 1979-80 fue traspasado a los New Jersey Nets. Lionel Hollins también tuvo una mala actitud y fue también traspasado a los Philadelphia 76ers. Ambos jugadores fueron fundamentales en el título de 1977 junto a la máxima estrella Bill Walton, otro de los protagonistas del libro, quien había firmado a principio de temporada con los San Diego Clippers, pero sólo pudo disputar 14 de los 82 partidos de temporada regular; de hecho, la temporada anterior no había jugado un solo partido y las dos siguientes tampoco jugó ninguno. Walton nunca se recuperó plenamente, y aunque en la temporada 1985-86 ganó el campeonato con los Boston Celtics jugando minutos importantes como reserva, su carrera fue una continua lucha contra las lesiones.

El libro también demuestra la importancia de que los jugadores tuvieran un buen agente a la hora de negociar sus contratos. Los dueños de los equipos eran personas acostumbradas al mundo de las finanzas y contaban con buenos asesores, mientras que los jugadores no siempre estaban bien preparados para ese tipo de negociaciones.

Lenny Wilkens entró en la liga como jugador en 1960, en los Saint Louis Hawks, y terminó su carrera en 1975, en los Blazers; desde la temporada 1969-70 fue jugador-entrenador, y siguió entrenando hasta el año 2005. Ganó el campeonato en 1979 con los Seattle SuperSonics. Cuando entró a jugar los jugadores negros no eran bien recibidos ni por aficionados ni por compañeros; cuando terminó su carrera como jugador la liga estaba dominada por jugadores negros, 18 de los 24 jugadores del partido de las estrellas en 1975 fueron negros. Los Hawks tenían un sólo jugador negro, Sihugo Green, hasta la llegada de Wilkens; habían sido campeones en 1958 con un equipo formado únicamente por jugadores blancos. Había restaurantes en los que no podían entrar personas de raza negra; éstos y otros gestos eran novedosos para Wilkens, quien había nacido y crecido en Nueva York. Cliff Hagan, una de las estrellas de los Hawks, sí se relacionó con Wilkens y su familia. Un ejemplo de que existe la opción de comportarse de manera correcta en ambientes que no invitan a ello.

Queda bien reflejado en el libro cómo los jugadores explotaban sus mejores cualidades para ser incluidos en el equipo y ayudar a ganar; los había luchadores, había especialistas en alguna de las facetas del juego (tiro, rebote, defensa, pase), otros inteligentes, etcétera. Lo que no se podía hacer era competir con limitaciones físicas, ya que la exigencia era enorme. Muchos jugadores forzaron demasiado su cuerpo y eso les costó su carrera deportiva, y secuelas físicas de por vida.

Mención especial merece Billy Ray Bates, de raza negra y criado en un entorno de pobreza. Creció recogiendo algodón en el seno de una familia de 9 hermanos y con un padre que murió cuando él tenía 7 años. Tuvo una corta carrera en la NBA, iniciada en los Blazers en la temporada 1979-80; disputó ese año 16 partidos en la temporada regular y 3 en los playoffs, en los que fue el máximo anotador del equipo. Pero lo más relevante es que se le veía como un jugador despistado, aunque de gran calidad técnica y física; lo que más enfada a su entrenador, Ramsay, es que no se aprendía las jugadas. Posteriormente se descubrió que no sabía leer.

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Entrevista a Benito Arruñada

Emilia Landaluce entrevista a Benito Arruñada en El Mundo.

El populismo está en todas partes.
Lógico. Es un truco fácil. Su esencia es convencer a las masas de que todos sus males son culpa de otros, ya sean los judíos, la élite o los españoles. Pero el fin es siempre manipular a la masa para tomar el poder. Ha florecido en política pero también lo vemos en algunos jueces que basan sus decisiones en la voluntad popular. Incluso presumen de ello en la prensa, como hizo el juez Velasco al decir que "Los jueces ten[ían] que interpretar la ley conforme al pueblo".

¿Hay entonces sentencias "del pueblo"?
Al menos en materia penal y a juzgar por lo que decía este juez. Pero también en materia civil, como sucedió con la sentencia de los suelos hipotecarios. Estos jueces, cuando el legislador no legisla pero creen que el pueblo lo pide, de hecho se ponen a legislar. Olvidan que si tenemos una democracia representativa es precisamente para decidir ese tipo de cuestiones complejas. Cuando el juez interpreta la voluntad popular, también suele caer en el populismo y, desde luego, está expandiendo su poder sin apenas control ni responsabilidad.

¿El Gobierno de Rajoy es también populista?
No, si entendemos como populismo calentar a las masas para alcanzar el poder. Ahora bien, en las políticas que se hacen sí hay rasgos crecientes de demagogia populista, como la dicotomía élite-masa. Volviendo al tema hipotecario, de un lado están los pobres deudores y del otro los bancos malos. Esa simplificación es perversa. En ambos lados hay buenos y malos, y debemos diferenciarlos por su bondad o maldad, no por ser deudores o bancos. Quien se endeudó frívolamente debe pagar por ello. Lo mismo que el banco que haya engañado. Pero es esencial no tratar a todos los deudores como santos y a todos los bancos como demonios. Si no, quienes acaban sufriendo son los deudores futuros, pues no habrá hipotecas para las personas del tipo a las que hoy liberamos de pagar, que a menudo son las más humildes.

El único consenso alcanzado en materia de educación es que los niños puedan pasar de ciclo sin aprobar.
Algunos creen que la manera de frenar el fracaso escolar es negarlo y regalar titulaciones. Habría que resolverlo haciendo que más alumnos superasen los exámenes. Lo grave no es que tengamos un alto fracaso escolar sino que además este fracaso se produce con una exigencia muy baja. Y temo que, cuanto más lo bajemos, más fracaso habrá, porque enviamos la señal errónea. Pero la culpa no es sólo del sistema. Todos somos responsables, profesores y padres.

Uy... ¿exigencias a los padres?
La situación de España es la que queremos los ciudadanos. Nos negamos a reconocerlo pero sólo tenemos los problemas que elegimos tener. Nuestros políticos toman decisiones perniciosas, a menudo a sabiendas, no porque sean corruptos o incompetentes sino porque nos obedecen. ¿Los ciudadanos queremos más gasto público con impuestos bajos? ¿Pensiones con jubilación temprana y buena sanidad para alargar la esperanza de vida? Nos lo dan todo mientras puedan aumentar la deuda pública. Lo mismo con el empleo: como queremos proteger al empleado, nos dan la mayor protección de Europa. En consecuencia, nadie quiere tener empleados, y menos fijos, por lo que acabamos montando un régimen insensato de empleo temporal. Pero luego aborrecemos a los mercados cuando se niegan a prestarnos más dinero o cuando, pese a haber paro, las empresas evitan contratar empleados. Siempre olvidamos que dos no contratan si uno no quiere. Y cuando vienen mal dadas, nos revolvemos contra el político que tan sólo hizo lo que le pedimos. Buscamos excusas por doquier menos en nosotros mismos.

¿Con la educación pasa lo mismo?
Sí, en la medida en que echamos la culpa al sistema pero éste está en manos de los padres más activos. Se han ido imponiendo normas sociales de baja exigencia y es imposible salirse de ellas, excepto para quien pueda pagar un colegio privado o comprar piso en un barrio caro, que son los que tienen buenos colegios públicos. Así que aquellos que querrían mayor exigencia acaban rebajándola para adaptarse a la norma social, ya se trate de deberes, de horarios o de móviles. Necesitaríamos más libertad y competencia. Hoy, quienes prefieren una exigencia baja hunden a quienes preferirían exigencia alta. Debería suceder al revés.

Muchos titulados no encuentran trabajo.
Sí pero concentrados en carreras sin demanda, que incluso reducen su productividad. Simultáneamente, las empresas no encuentran personal para puestos cualificados y se quejan de la mala actitud de muchos jóvenes. Pero ¿qué hacemos? Decir que tenemos la generación mejor preparada.

¿No lo cree así?
Es un mito. Sirve para evitar responsabilidades. Quien cree que las nuevas generaciones están preparadas concluye que padres y profesores lo hemos hecho bien. Luego, cuando no encuentran el empleo que cree merecer, ya no culpa a quienes les educamos sino al empresario, al mercado o al Gobierno, por no crear mejores empleos, como si estos fueran sólo cosa de una de las dos partes.

¿Estamos creando una sociedad irresponsable?
Quizá haya algo de eso. En lugar de ciudadanos con deberes y derechos abunda el príncipe sólo con derechos. Es normal que una persona con dos o tres títulos se frustre cuando no encuentra un empleo que le satisface, pero debería preguntarse si no se habrá dejado engañar con esos títulos. Esa frustración abastece el populismo en el hijo pero también en los padres porque quieren creer que le han educado bien. Temo pensar cómo reaccionarían ante una crisis profunda.

Pero, ¿vamos hacia otra crisis? Según Rajoy, ya la hemos pasado.
Sí, pero a nuestro modo. Tenemos una deuda estratosférica y dependemos del apoyo de BCE. Es discutible cuánto de nuestro crecimiento es artificial y apenas hemos hecho reformas estructurales. La regulación laboral sigue siendo muy rígida y muchas instituciones disfuncionales. Y luego están todas las tensiones que vive Europa, además de la tentación proteccionista. Afortunadamente no caímos en el pro- teccionismo comercial durante la crisis. De haberlo hecho se habría agravado, como en los años 30. Si hubiera otra crisis, podría ser peor, porque hoy el riesgo de proteccionismo es mayor.

Se critican las políticas de derechas del PP.
España es de izquierdas y la política se adapta. El PP está a la izquierda de los partidos de derechas europeos. Y desde luego, muy a la izquierda del Partido Demócrata de EEUU. Respecto a sus reformas, la izquierda las critica y el propio PP presume de ellas, pero en realidad están casi por hacer. Supongo que el paripé nos tranquiliza porque sólo queremos reformas mágicas e indoloras.

¿La culpa de la crisis la tenemos los ciudadanos?
En democracia, ¡cómo no la va a tener el ciudadano! Nos cuesta mucho responsabilizarnos. ¿Qué gobernantes tenemos? Los que votamos. Pero las crisis no tienen culpables. De lo que sí somos culpables es de agravarlas, con nuestra imprevisión e indolencia.

Dicen que, con la robotización, en unos años se debería implantar la famosa renta universal.
No veo la conexión. Sí veo que nuestras leyes laborales llevan a preferir robots a empleados. Y que algunos quieren agravarlo poniéndoles impuestos a los robots. Supongo que exceptuarían los robots domésticos, como también hacen ya en lo laboral, pues el servicio doméstico sí que está liberalizado. Es la hipocresía más reveladora de nuestro falso izquierdismo: protegemos al empleado excepto cuando somos nosotros los empresarios.

El liberalismo económico apenas se ha aplicado.
Hace unos 150 años sí se hizo una política liberal, de la que aún vivimos, pues fue entonces cuando se pusieron los cimientos del Estado moderno. A finales del XIX se inicia una regresión que llega a su culmen en los 40. Luego, se empieza a liberalizar con el plan de estabilización y la entrada en la Unión Europea, pero lo hemos dejado a medias.

¿Por qué tiene mala prensa la globalización?
Porque los miles de millones que ha sacado de la pobreza no nos interesan. Nos gratifica apadrinar a un niño con nombre y cara, pero que ese niño se eduque, se valga por sí mismo y compita con nosotros, eso ya nos gusta menos. Queremos consumir productos baratos pero que nuestros propios servicios sigan siendo caros.

A los políticos de Ciudadanos no se les cae de la boca lo de las puertas giratorias.
Eso, ¿no era más de Podemos? En todo caso, también a eso se le da un tratamiento maniqueo. Se habla mucho de puertas giratorias con la empresa pero poco de las que hay con la Administración. Para un profesional, saltar a la política tiene unos costes tremendos. En cambio, un funcionario no sólo recupera su plaza con antigüedad sino que cobra un extra vitalicio. Hemos llenado la política de burócratas. No se extrañe de que sólo sepan tratarlo todo con el BOE. O de que en el ámbito judicial surjan graves conflictos de intereses.

¿Qué le parece que de Amancio Ortega se critique hasta su altruismo?
Lo de Amancio Ortega es sangrante, no tanto por la envidia como por el desprecio que suscita. Fíjese que mucho intelectual sigue creyendo que nuestro Ortega importante es un filósofo. Además, un filósofo que lideró un populismo intelectual pernicioso, que primero encendió la hoguera y luego se lavó las manos. Y la extrema izquierda no traga que alguien se haga rico sirviendo a los demás. Parecen detestarle más que a los corruptos.

¿Qué papel juega la prensa?
La privada, el de correa de transmisión. Distribuye lo que le demandamos. Quizá la concentración de la TV sea grave: permite a cada grupo ocupar todo el espectro de gustos e ideologías mediante canales extremados. Con canales independientes, tendrían que cubrir más mercado y serían menos extremistas. También es pernicioso el partidismo de los medios públicos, pues sirven a una minoría.

¿Cómo ve el problema catalán? Puigdemont ya ha puesto fecha al referéndum.
Complicado. No es sólo que la independencia sería traumática sino que los planes que se han filtrado describen un Estado autoritario y sin separación de poderes.

¿Y cree que eso menguará el apoyo?
Sí. Quizá por eso los han desmentido, pero sin dar explicaciones y manteniendo el secretismo.

¿A qué se debe el repunte del independentismo en los últimos años?
Al éxito de las películas de buenos y malos, que se usan en las crisis para copar el poder. Con el agravante de que esa historia falsa se ha pagado con dinero público. El famoso suflé del independentismo no es transversal. Los datos muestran que se concentra en quienes, además de hablar catalán en casa, se informan a través de medios dirigidos por la Generalitat. El president Tarradellas lo vio venir. Ya en 1981 advirtió de que las políticas de Pujol eran nocivas porque dividían a los catalanes. Han pasado 36 años y estamos muy divididos.

¿Ve factible que se llegue a algún acuerdo?
Un buen acuerdo es difícil porque debería impedir que, como los anteriores, sirva para seguir desuniéndonos. ¿Cómo se garantiza eso?

Se habla de plurinacionalidad.
Sería inútil pactar sobre palabras que cada uno entiende de forma distinta. Sólo se generaría más conflicto.

Es usted pesimista...
No me veo pesimista sino realista. El optimismo infundado es el refugio del oportunista, del vendedor de magia. Podemos solucionar nuestros problemas, pero las soluciones no son gratis y requieren el esfuerzo de todos, empezando por reconocer cada uno nuestra propia responsabilidad.