The breaks of the game, de David Halberstam

El autor acompañó a los Portland Trail Blazers durante la temporada 1979-80 de la NBA. Este equipo fue campeón en la temporada 1976-77 e iba camino de volver a luchar por el título en la siguiente, pero una lesión de Bill Walton, su máxima estrella, les impidió revalidar el título; de hecho, ni siquiera estuvieron cerca de ganarlo. Bill Walton tuvo una carrera muy problemática por culpa de las continuas lesiones; eso sí, cuando brilló, brilló como pocos.

No se limita a relatar cómo fue la temporada 1979-80, sino que explica detalles de cómo la liga llegó a ser lo que es hasta esa fecha. Trata en detalle temas importantes como las drogas, el incremento espectacular de los salarios de los jugadores, la transformación desde una liga de jugadores blancos a una liga de jugadores negros con mayoría de espectadores blancos, el racismo, la violencia por las continuas peleas, y la importancia de la televisión. Lo más interesante del libro es lo que no está directamente relacionado con la temporada 1979-80.

Muchas personas tienen un papel destacado en el libro; desde Bill Walton, y su lucha con las lesiones; Jack Ramsay, el entrenador con el que los Trail Blazers ganaron el título en 1977; Lenny Wilkens, el entrenador anterior a Ramsay y gran jugador de los años 1960 y 1970; Maurice Lucas, estrella de los campeones de 1977; Kermit Washington, protagonista de un brutal puñetazo que casi mata a Rudy Tomjanovich en 1977; y muchos otros que no necesariamente fueron destacadas estrellas, pero que dan una visión acertada de lo que era la liga en esa temporada y las anteriores.

No se centra únicamente en la parte profesional, sino que trata de entender el porqué del comportamiento de las personas; a casi todas las que nombra las deja en buen lugar. No hay que olvidar que los jugadores oscilaban entre 20 y 30 años de edad, con fama y dinero en las manos, que muchas veces habían salido de entornos muy complicados, no siempre con buenas compañías ni con buenos consejeros; por lo tanto, sus problemas se magnificaban con esa mezcla de juventud, fama y dinero. Aunque el baloncesto era muy importante para ellos, muchos se veían superados por las circunstancias. No sólo los jugadores estaban bajo presión, también había dudas y ansiedad en los entrenadores y el resto del cuerpo técnico, en cualquier momento podían ser despedidos si los resultados no eran los esperados.

Quedan patentes las diferencias entre el baloncesto universitario y el profesional. Las televisiones proporcionaban unos ingresos económicos jugosos a ambos, pero hasta bien entrada la década de 1980 mandaba el baloncesto universitario, con la consiguiente competencia por conseguir una retransmisión nacional que garantizaba $50 mil por partido para cada universidad (año 1979). A nivel de entrenador, según Jack Ramsay, el baloncesto universitario garantizaba la autoridad al entrenador por el mero hecho de serlo, mientras que a nivel profesional había que ganarse la autoridad por medio de la inteligencia y la sutileza.

Dentro de los equipos se mezclaban distintos tipos de personas y de funciones. Todas debían alinearse para que el equipo funcionase en la parte deportiva, pero eran muy diferentes en lo personal. Jugadores y entrenadores diferían en muchas cosas; la primera era la raza, la mayoría de los primeros negros y los segundos blancos; además, estaban los propietarios de las franquicias y su trato con unos y otros.

Los grandes salarios cambiaron radicalmente la liga. No faltan las referencias al pasado; algunos indicaban que antes había más camaradería entre los jugadores, lealtad más allá de las carreras y los cheques, y que el juego era más divertido. En todas las épocas se defiende que cualquier tiempo pasado fue mejor, cuando casi siempre es simplemente anterior.

La televisión afectó mucho al baloncesto porque era un deporte con una historia más corta, aún no enraizado en la mítica nacional, como sí lo estaban el fútbol americano y el béisbol. Aunque la calidad del juego ayudaba al éxito y atraía más público a los pabellones, la televisión generaría mucho más dinero por medio de la publicidad. Lo anterior cambió la manera de manejar los equipos por parte de los propietarios y atrajo a otro tipo de personas a comprar los equipos; añadió millones de aficionados no tan implicados ni exigentes con los equipos. Por ejemplo, en 1978 los equipos de la NBA firmaron un contrato de $74 millones por 4 años, mientras que el último contrato es de $24 000 millones por 9 años (de 2016 a 2025). El valor de las franquicias también se había incrementado considerablemente, por ejemplo, en la década de 1960 una franquicia podía tener un valor de unos $200 000, y en 1980 la franquicia de Dallas se compró por $12 millones. También hubo dinero proveniente de las expansiones de la liga; en 1967 había 10 franquicias, y la incorporación San Diego (Houston más tarde) y Seattle supuso un ingreso de $350 000 para cada una de las 10 franquicias existentes; para 1980 esas 10 franquicias habían ingresado $3 millones sólo en dinero proveniente de las expansiones. Otro dato: el salario de los jugadores aumento alrededor de un 700 % desde finales de la década de 1960 hasta mediados de los 1970, es decir, se multiplicó por 8.

Sirva la siguiente anécdota para hacernos una idea de la mentalidad de los antiguos propietarios respecto a la televisión; el propietario de Los Angeles Lakers desde 1965 hasta 1979, Jack Kent Cooke, se negaba a vaciar las sillas que había delante de las cámaras de televisión de tal manera que, cuando en alguna jugada los aficionados se levantaban, tapaban la visión de esas cámaras.

El principal responsable de que el baloncesto y la televisión tuvieran una relación viable fue Roone Arledge de la ABC, y también fue el que perjudicó posteriormente esa relación. La NBA decidió prescindir de los servicios de la ABC y contar con la CBS. El gran Red Auerbach, mítico entrenador y gerente general de los Boston Celtics, advirtió que no era buena idea porque la ABC lo estaba haciendo bien y se estaban creando un enemigo peligroso en la persona de Arledge; nadie le hizo caso y esto les hizo mucho daño. Arledge, por ejemplo, programó partidos de baloncesto universitario y otros exitosos programas a la misma hora que los partidos de la NBA.

El primer jugador negro en la NBA llego en 1951 (la liga había comenzado en 1946), pero fue la llegada de un jugador negro en particular, Bill Russell, la que empezó a cambiar el juego, haciéndolo más vertical y veloz, es decir, jugadores con más potencia de salto y rapidez. Para comprobar lo anterior baste indicar que 7 de los 10 mejores reboteadores de la NBA en la temporada 1961-62 eran jugadores negros, con sólo unos 2 o 3 negros por equipo (cada equipo tenía 11 jugadores). Tres años más tarde 9 de los 10 mejores reboteadores y 6 de los 7 mejores pasadores eran negros, con sólo unos 3 o 4 negros por equipo.

Los Blazers tuvieron muy buenos jugadores que no funcionaron, se lesionaron o fueron traspasados; por ejemplo, Moses Malone fue suyo, pero lo traspasaron en el año 1976. Malone fue el jugador más valioso de la liga en 1979, 1982 y 1983. Con respecto a las lesiones, por ejemplo, estuvieron las múltiples de Bill Walton y, en menor medida, la de Mychal Thompson quien se perdió por lesión toda la temporada 1979-80. Otro ejemplo, en 1972 escogieron en la primera posición del draft a LaRue Martin, quien sólo jugó 4 temporadas con unos bajos promedios: 14 minutos, algo más de 5 puntos y casi 5 rebotes por partido.

Maurice Lucas es uno de los grandes protagonistas del libro. Su búsqueda de un gran contrato le hizo tener un pulso con su equipo y en medio de la temporada 1979-80 fue traspasado a los New Jersey Nets. Lionel Hollins también tuvo una mala actitud y fue también traspasado a los Philadelphia 76ers. Ambos jugadores fueron fundamentales en el título de 1977 junto a la máxima estrella Bill Walton, otro de los protagonistas del libro, quien había firmado a principio de temporada con los San Diego Clippers, pero sólo pudo disputar 14 de los 82 partidos de temporada regular; de hecho, la temporada anterior no había jugado un solo partido y las dos siguientes tampoco jugó ninguno. Walton nunca se recuperó plenamente, y aunque en la temporada 1985-86 ganó el campeonato con los Boston Celtics jugando minutos importantes como reserva, su carrera fue una continua lucha contra las lesiones.

El libro también demuestra la importancia de que los jugadores tuvieran un buen agente a la hora de negociar sus contratos. Los dueños de los equipos eran personas acostumbradas al mundo de las finanzas y contaban con buenos asesores, mientras que los jugadores no siempre estaban bien preparados para ese tipo de negociaciones.

Lenny Wilkens entró en la liga como jugador en 1960, en los Saint Louis Hawks, y terminó su carrera en 1975, en los Blazers; desde la temporada 1969-70 fue jugador-entrenador, y siguió entrenando hasta el año 2005. Ganó el campeonato en 1979 con los Seattle SuperSonics. Cuando entró a jugar los jugadores negros no eran bien recibidos ni por aficionados ni por compañeros; cuando terminó su carrera como jugador la liga estaba dominada por jugadores negros, 18 de los 24 jugadores del partido de las estrellas en 1975 fueron negros. Los Hawks tenían un sólo jugador negro, Sihugo Green, hasta la llegada de Wilkens; habían sido campeones en 1958 con un equipo formado únicamente por jugadores blancos. Había restaurantes en los que no podían entrar personas de raza negra; éstos y otros gestos eran novedosos para Wilkens, quien había nacido y crecido en Nueva York. Cliff Hagan, una de las estrellas de los Hawks, sí se relacionó con Wilkens y su familia. Un ejemplo de que existe la opción de comportarse de manera correcta en ambientes que no invitan a ello.

Queda bien reflejado en el libro cómo los jugadores explotaban sus mejores cualidades para ser incluidos en el equipo y ayudar a ganar; los había luchadores, había especialistas en alguna de las facetas del juego (tiro, rebote, defensa, pase), otros inteligentes, etcétera. Lo que no se podía hacer era competir con limitaciones físicas, ya que la exigencia era enorme. Muchos jugadores forzaron demasiado su cuerpo y eso les costó su carrera deportiva, y secuelas físicas de por vida.

Mención especial merece Billy Ray Bates, de raza negra y criado en un entorno de pobreza. Creció recogiendo algodón en el seno de una familia de 9 hermanos y con un padre que murió cuando él tenía 7 años. Tuvo una corta carrera en la NBA, iniciada en los Blazers en la temporada 1979-80; disputó ese año 16 partidos en la temporada regular y 3 en los playoffs, en los que fue el máximo anotador del equipo. Pero lo más relevante es que se le veía como un jugador despistado, aunque de gran calidad técnica y física; lo que más enfada a su entrenador, Ramsay, es que no se aprendía las jugadas. Posteriormente se descubrió que no sabía leer.

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Entrevista a Benito Arruñada

Emilia Landaluce entrevista a Benito Arruñada en El Mundo.

El populismo está en todas partes.
Lógico. Es un truco fácil. Su esencia es convencer a las masas de que todos sus males son culpa de otros, ya sean los judíos, la élite o los españoles. Pero el fin es siempre manipular a la masa para tomar el poder. Ha florecido en política pero también lo vemos en algunos jueces que basan sus decisiones en la voluntad popular. Incluso presumen de ello en la prensa, como hizo el juez Velasco al decir que "Los jueces ten[ían] que interpretar la ley conforme al pueblo".

¿Hay entonces sentencias "del pueblo"?
Al menos en materia penal y a juzgar por lo que decía este juez. Pero también en materia civil, como sucedió con la sentencia de los suelos hipotecarios. Estos jueces, cuando el legislador no legisla pero creen que el pueblo lo pide, de hecho se ponen a legislar. Olvidan que si tenemos una democracia representativa es precisamente para decidir ese tipo de cuestiones complejas. Cuando el juez interpreta la voluntad popular, también suele caer en el populismo y, desde luego, está expandiendo su poder sin apenas control ni responsabilidad.

¿El Gobierno de Rajoy es también populista?
No, si entendemos como populismo calentar a las masas para alcanzar el poder. Ahora bien, en las políticas que se hacen sí hay rasgos crecientes de demagogia populista, como la dicotomía élite-masa. Volviendo al tema hipotecario, de un lado están los pobres deudores y del otro los bancos malos. Esa simplificación es perversa. En ambos lados hay buenos y malos, y debemos diferenciarlos por su bondad o maldad, no por ser deudores o bancos. Quien se endeudó frívolamente debe pagar por ello. Lo mismo que el banco que haya engañado. Pero es esencial no tratar a todos los deudores como santos y a todos los bancos como demonios. Si no, quienes acaban sufriendo son los deudores futuros, pues no habrá hipotecas para las personas del tipo a las que hoy liberamos de pagar, que a menudo son las más humildes.

El único consenso alcanzado en materia de educación es que los niños puedan pasar de ciclo sin aprobar.
Algunos creen que la manera de frenar el fracaso escolar es negarlo y regalar titulaciones. Habría que resolverlo haciendo que más alumnos superasen los exámenes. Lo grave no es que tengamos un alto fracaso escolar sino que además este fracaso se produce con una exigencia muy baja. Y temo que, cuanto más lo bajemos, más fracaso habrá, porque enviamos la señal errónea. Pero la culpa no es sólo del sistema. Todos somos responsables, profesores y padres.

Uy... ¿exigencias a los padres?
La situación de España es la que queremos los ciudadanos. Nos negamos a reconocerlo pero sólo tenemos los problemas que elegimos tener. Nuestros políticos toman decisiones perniciosas, a menudo a sabiendas, no porque sean corruptos o incompetentes sino porque nos obedecen. ¿Los ciudadanos queremos más gasto público con impuestos bajos? ¿Pensiones con jubilación temprana y buena sanidad para alargar la esperanza de vida? Nos lo dan todo mientras puedan aumentar la deuda pública. Lo mismo con el empleo: como queremos proteger al empleado, nos dan la mayor protección de Europa. En consecuencia, nadie quiere tener empleados, y menos fijos, por lo que acabamos montando un régimen insensato de empleo temporal. Pero luego aborrecemos a los mercados cuando se niegan a prestarnos más dinero o cuando, pese a haber paro, las empresas evitan contratar empleados. Siempre olvidamos que dos no contratan si uno no quiere. Y cuando vienen mal dadas, nos revolvemos contra el político que tan sólo hizo lo que le pedimos. Buscamos excusas por doquier menos en nosotros mismos.

¿Con la educación pasa lo mismo?
Sí, en la medida en que echamos la culpa al sistema pero éste está en manos de los padres más activos. Se han ido imponiendo normas sociales de baja exigencia y es imposible salirse de ellas, excepto para quien pueda pagar un colegio privado o comprar piso en un barrio caro, que son los que tienen buenos colegios públicos. Así que aquellos que querrían mayor exigencia acaban rebajándola para adaptarse a la norma social, ya se trate de deberes, de horarios o de móviles. Necesitaríamos más libertad y competencia. Hoy, quienes prefieren una exigencia baja hunden a quienes preferirían exigencia alta. Debería suceder al revés.

Muchos titulados no encuentran trabajo.
Sí pero concentrados en carreras sin demanda, que incluso reducen su productividad. Simultáneamente, las empresas no encuentran personal para puestos cualificados y se quejan de la mala actitud de muchos jóvenes. Pero ¿qué hacemos? Decir que tenemos la generación mejor preparada.

¿No lo cree así?
Es un mito. Sirve para evitar responsabilidades. Quien cree que las nuevas generaciones están preparadas concluye que padres y profesores lo hemos hecho bien. Luego, cuando no encuentran el empleo que cree merecer, ya no culpa a quienes les educamos sino al empresario, al mercado o al Gobierno, por no crear mejores empleos, como si estos fueran sólo cosa de una de las dos partes.

¿Estamos creando una sociedad irresponsable?
Quizá haya algo de eso. En lugar de ciudadanos con deberes y derechos abunda el príncipe sólo con derechos. Es normal que una persona con dos o tres títulos se frustre cuando no encuentra un empleo que le satisface, pero debería preguntarse si no se habrá dejado engañar con esos títulos. Esa frustración abastece el populismo en el hijo pero también en los padres porque quieren creer que le han educado bien. Temo pensar cómo reaccionarían ante una crisis profunda.

Pero, ¿vamos hacia otra crisis? Según Rajoy, ya la hemos pasado.
Sí, pero a nuestro modo. Tenemos una deuda estratosférica y dependemos del apoyo de BCE. Es discutible cuánto de nuestro crecimiento es artificial y apenas hemos hecho reformas estructurales. La regulación laboral sigue siendo muy rígida y muchas instituciones disfuncionales. Y luego están todas las tensiones que vive Europa, además de la tentación proteccionista. Afortunadamente no caímos en el pro- teccionismo comercial durante la crisis. De haberlo hecho se habría agravado, como en los años 30. Si hubiera otra crisis, podría ser peor, porque hoy el riesgo de proteccionismo es mayor.

Se critican las políticas de derechas del PP.
España es de izquierdas y la política se adapta. El PP está a la izquierda de los partidos de derechas europeos. Y desde luego, muy a la izquierda del Partido Demócrata de EEUU. Respecto a sus reformas, la izquierda las critica y el propio PP presume de ellas, pero en realidad están casi por hacer. Supongo que el paripé nos tranquiliza porque sólo queremos reformas mágicas e indoloras.

¿La culpa de la crisis la tenemos los ciudadanos?
En democracia, ¡cómo no la va a tener el ciudadano! Nos cuesta mucho responsabilizarnos. ¿Qué gobernantes tenemos? Los que votamos. Pero las crisis no tienen culpables. De lo que sí somos culpables es de agravarlas, con nuestra imprevisión e indolencia.

Dicen que, con la robotización, en unos años se debería implantar la famosa renta universal.
No veo la conexión. Sí veo que nuestras leyes laborales llevan a preferir robots a empleados. Y que algunos quieren agravarlo poniéndoles impuestos a los robots. Supongo que exceptuarían los robots domésticos, como también hacen ya en lo laboral, pues el servicio doméstico sí que está liberalizado. Es la hipocresía más reveladora de nuestro falso izquierdismo: protegemos al empleado excepto cuando somos nosotros los empresarios.

El liberalismo económico apenas se ha aplicado.
Hace unos 150 años sí se hizo una política liberal, de la que aún vivimos, pues fue entonces cuando se pusieron los cimientos del Estado moderno. A finales del XIX se inicia una regresión que llega a su culmen en los 40. Luego, se empieza a liberalizar con el plan de estabilización y la entrada en la Unión Europea, pero lo hemos dejado a medias.

¿Por qué tiene mala prensa la globalización?
Porque los miles de millones que ha sacado de la pobreza no nos interesan. Nos gratifica apadrinar a un niño con nombre y cara, pero que ese niño se eduque, se valga por sí mismo y compita con nosotros, eso ya nos gusta menos. Queremos consumir productos baratos pero que nuestros propios servicios sigan siendo caros.

A los políticos de Ciudadanos no se les cae de la boca lo de las puertas giratorias.
Eso, ¿no era más de Podemos? En todo caso, también a eso se le da un tratamiento maniqueo. Se habla mucho de puertas giratorias con la empresa pero poco de las que hay con la Administración. Para un profesional, saltar a la política tiene unos costes tremendos. En cambio, un funcionario no sólo recupera su plaza con antigüedad sino que cobra un extra vitalicio. Hemos llenado la política de burócratas. No se extrañe de que sólo sepan tratarlo todo con el BOE. O de que en el ámbito judicial surjan graves conflictos de intereses.

¿Qué le parece que de Amancio Ortega se critique hasta su altruismo?
Lo de Amancio Ortega es sangrante, no tanto por la envidia como por el desprecio que suscita. Fíjese que mucho intelectual sigue creyendo que nuestro Ortega importante es un filósofo. Además, un filósofo que lideró un populismo intelectual pernicioso, que primero encendió la hoguera y luego se lavó las manos. Y la extrema izquierda no traga que alguien se haga rico sirviendo a los demás. Parecen detestarle más que a los corruptos.

¿Qué papel juega la prensa?
La privada, el de correa de transmisión. Distribuye lo que le demandamos. Quizá la concentración de la TV sea grave: permite a cada grupo ocupar todo el espectro de gustos e ideologías mediante canales extremados. Con canales independientes, tendrían que cubrir más mercado y serían menos extremistas. También es pernicioso el partidismo de los medios públicos, pues sirven a una minoría.

¿Cómo ve el problema catalán? Puigdemont ya ha puesto fecha al referéndum.
Complicado. No es sólo que la independencia sería traumática sino que los planes que se han filtrado describen un Estado autoritario y sin separación de poderes.

¿Y cree que eso menguará el apoyo?
Sí. Quizá por eso los han desmentido, pero sin dar explicaciones y manteniendo el secretismo.

¿A qué se debe el repunte del independentismo en los últimos años?
Al éxito de las películas de buenos y malos, que se usan en las crisis para copar el poder. Con el agravante de que esa historia falsa se ha pagado con dinero público. El famoso suflé del independentismo no es transversal. Los datos muestran que se concentra en quienes, además de hablar catalán en casa, se informan a través de medios dirigidos por la Generalitat. El president Tarradellas lo vio venir. Ya en 1981 advirtió de que las políticas de Pujol eran nocivas porque dividían a los catalanes. Han pasado 36 años y estamos muy divididos.

¿Ve factible que se llegue a algún acuerdo?
Un buen acuerdo es difícil porque debería impedir que, como los anteriores, sirva para seguir desuniéndonos. ¿Cómo se garantiza eso?

Se habla de plurinacionalidad.
Sería inútil pactar sobre palabras que cada uno entiende de forma distinta. Sólo se generaría más conflicto.

Es usted pesimista...
No me veo pesimista sino realista. El optimismo infundado es el refugio del oportunista, del vendedor de magia. Podemos solucionar nuestros problemas, pero las soluciones no son gratis y requieren el esfuerzo de todos, empezando por reconocer cada uno nuestra propia responsabilidad.

De género, de Arcadi Espada


Dispusieron una notable cantidad de instrumentos para medir el heroísmo de Ignacio Echeverría, el joven español que murió asesinado en Londres mientras trataba de defender a una mujer herida por terroristas islámicos. Se utilizaron hechuras mitológicas y se glosó la acción en todos los subgéneros que nutren la épica, la lírica y el drama. Recuerdo que alguien incluso se puso flamenco y preguntó si cabe el heroísmo en una acción no premeditada. Me interesaron esas taxonomías pero lamenté que nadie aludiera a lo que Teresa Giménez, mi querida compañera en labores críticas, ha llamado “heroísmo de género”. O sea, la posibilidad de que Echeverría muriera por ser un hombre. La relación entre la violencia y la masculinidad la conocemos por el lado sombrío. Los asesinos, en su inmensa mayoría y en cualquier cultura, son hombres. Hombres que matan a hombres y también a mujeres y niños; y que lo hacen, entre otras razones, por su inexorable sumisión a los patrones biológicos y, en particular, al flujo testosterónico. Naturalmente, solo una minúscula parte se convierten en asesinos y la gran mayoría no tienen comportamientos violentos, por lo que resulta grotesca e infame la corresponsabilización de género que algunas mujeres practican cada vez que un hombre mata a una mujer. El patrón masculino general es, justamente, el que siguieron los compañeros de Echeverría. El patrón de la huida. Algunos hombres, sin embargo, escapan de esa regla general de conducta y temen menos que otros hombres y que casi todas las mujeres acudir a la violencia en defensa de sus propósitos, sean los que sean. Las páginas de los diarios están llenas de la descripción de esos propósitos, siempre vinculados con el mal. Habría sido una idea excelente celebrar al hombre cuando ha mordido al perro y ha puesto su testosterona y su vida al servicio del bien.