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Estado de bienestar bacteriano. Jorge Laborda


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La actividad de las bacterias de la flora puede, incluso, afectar a nuestra misma felicidad
Si hay una actividad humana que nos ha proporcionado sorpresas literalmente de talla cósmica, esa ha sido la ciencia. Desde el descubrimiento de que la Tierra gira alrededor del Sol, y no al revés, pasando por el descubrimiento de que los átomos son más huecos que una mosca volando en el centro de una catedral vacía, la ciencia no ha dejado de modificar nuestros conceptos sobre el mundo, y también sobre nosotros mismos. Y precisamente el concepto que tenemos sobre nuestro cuerpo puede tener que modificarse debido a nuevos descubrimientos científicos, no sobre el propio cuerpo, sino sobre las bacterias que lo habitan.
Como es sabido, cientos de especies de bacterias colonizan prácticamente todas las superficies de nuestros cuerpos, sean estas externas (piel, boca…) o internas (intestinos, vagina…). Las bacterias superan a nuestras células en una proporción de diez a uno, por lo que muchos científicos comienzan a considerar a los humanos no como un simple organismo, sino como un conjunto complejo de organismos, un sistema de células que conviven en una, a veces, frágil harmonía.

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Nanotecnología antibacteriana. Jorge Laborda

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Extracto:

Los antibióticos suelen ser moléculas que atacan o se unen a algún componente de una reacción bioquímica particular, necesaria para la vida de las bacterias pero que no sucede, o no se ve afectada, en nuestras células, tan queridas para nosotros, ya que son nosotros. Para bloquear o inhibir la reacción bioquímica o metabólica, los antibióticos suelen bloquear algún enzima que la hace posible. El problema es que las moléculas de los antibióticos pueden ser atacadas a su vez por enzimas que las degradan. Estos enzimas son producidos por genes bacterianos, los cuales son llamados por ello genes de resistencia a los antibióticos.

En realidad, la degradación de un antibiótico por un enzima es solo uno de los siete mecanismos de resistencia conocidos. Otros incluyen mutaciones en los genes de las moléculas sobre las que los antibióticos actúan, que las convierten en inmunes a la acción de los mismos. Igualmente, las bacterias pueden llevar a cabo la reacción bioquímica inhibida por el antibiótico de una manera alternativa, es decir, de una forma que no es afectada por la presencia del antibiótico. Asimismo, las bacterias pueden poner en marcha mecanismos para expulsar rápidamente las moléculas de antibiótico que penetran en su interior. Estas son identificadas y expulsadas ipso facto, sin tiempo para actuar. En fin, no quiero ser tan cansino como las bacterias y sus mecanismos de resistencia, pero estos microorganismos son realmente muy “listos” a la hora de sobrevivir. Si no lo hubieran sido, claro está, ya habríamos acabado con ellos.

Parece ser que, tarde o temprano, las bacterias aprenden a resistir ante cualquier antibiótico nuevo que pueda ser sintetizado o descubierto. Es lo que ha venido ocurriendo hasta la fecha. Hoy, gracias al empleo indiscriminado de antibióticos, se han generado bacterias resistentes hasta a dieciocho antibióticos diferentes a la vez. Llegará un momento, tal vez ya no muy lejano, en el que el último antibiótico será descubierto o sintetizado y cuando las bacterias hayan desarrollado resistencia frente al mismo, ya nada podrá frenar su avance.