Farmacia con efectos secundarios

Jorge Alcalde.


La crisis tiene mil caras y ninguna buena. Cada uno de nosotros tendrá una historia de recorte y sufrimiento que contar. Pero algunas de ellas no reciben tanta antención como quizás merecen.


No por anunciada, la situación de estrangulamiento de la industria farmacéutica en España deja de ser grave. Los datos que se han hecho saber esta semana son reveladores. En noviembre de 2011 (faltan por conocer las cifras de cierre de ejercicio) el 70 por 100 de los laboratorios españoles presentaba facturaciones considerablemente menores que en 2010. Las caídas más graves rondan el 15 por 100.
Eso supone que las empresas del sector han ingresado 16.300 millones de euros menos que el año pasado. Ningún laboratorio español se encuentra entre los 10 primeros en cifras de venta en farmacia; en 2010 había dos. Bajan considerablemente las ventas de fármacos de marca (un 6,6 por 100) y suben ligeramente los genéricos, aunque estos apenas llegan a copar el 30 por 100 del mercado.
La caída es más grave si se compara con 2009. Llevamos tres años seguidos de disminución en el mercado.

Las empresas farmacéuticas sufren de los mismos males de comunicación que los bancos. Para el público en general, todas las desgracias que padezcan son pocas. Tienen mala fama, siguen ganando mucho dinero, compiten en un mercado difícil y hacen negocio con nuestra desdichada salud. Pero que el mercado de los medicamentos encoja de tal manera no es buena noticia para nadie.

Las principales amenazas para el sector son el impago por parte de la administración y la superregulación. En cuanto a lo primero, hay casos sangrantes: regiones que llevan más de 400 días de retraso en la deuda por suministro de medicamentos. En tales condiciones se hace cada vez más difícil mantener la distribución universal que nos permite vivir en un país privilegiado, un país donde cualquier ciudadano tiene una farmacia abastecida a una distancia razonable de su casa y cualquier hospital cubre sus necesidades farmacológicas básicas... casi siempre.

La ruinosa situación de Grecia ha revelado cuán importante es algo tan inadvertido por el común de los mortales como la seguridad farmacéutica. Allí, los padres de niños diabéticos han tenido que levantarse más de una vez con la angustiosa noticia de que no está garantizado el suministro de insulina para sus hijos, por ejemplo.

Mantener un estado de equilibrio en la dispensación de medicamentos requiere permitir una industria saneada. La vía de la reducción de precios y los recortes por ley empieza a agotarse y podría poner en peligro la seguridad del sistema, dicen. En cuanto a la superregulación, parece evidente que los intentos de injerencia en el mercado para favorecer la venta de genéricos han sido, como casi siempre ocurre con las leyes que acotan la libertad de elección, poco efectivas.

En el fondo, la dilución de las marcas puede tener más efectos secundarios de los esperados. Con cada vez menos compañías españolas en el escenario y una creciente dependencia de pocas firmas pero multinacionales, la imagen del sector patrio se deteriora a pasos agigantados. España puede empezar a no ser un país tan interesante para los grandes fabricantes. ¿Cómo explicar a la matriz intenacional que la filial española es incapaz de cumplir sus objetivos porque el Gobierno no paga, porque la ley impide mejorar los márgenes, porque los precios bajan año tras año...?

La industria farmacéutica es algo más que un mercado de píldoras. Con sus luces y sus sombras, sus excesos y prebendas (que las tiene), es también el marco necesario para que se siga investigando. No hay I+D+I posible en el terreno de la salud sin su concurso. Y no hay concurso posible sin beneficio de retorno. Si nuestro país deja de ser rentable para las grandes compañías, el fantasma de la deslocalización acecha. Se llevarán las inversiones a otro lado. Y, en este caso, sus inversiones son inversiones en la salud de todos.

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