Mercados de Sexo (1): Contratos de Largo Plazo (El Matrimonio)

Xavier Sala i Martín.

La crisis financiera y todo el tema bancario es importante (y por eso le dedico una parte de mi tiempo y de mis escritos a ello), pero entender por qué el hombre crea los contratos que crea es una pregunta mucho más interesante. Y uno de los contratos más importantes de la historia es el matrimonial. Si. Ya sé que los cristianos (¿Jordi Graupera?) dirán que es una cosa de Dios que reveló ese contrato directamente a algún profeta, pero yo como economista me pregunto: ¿Por qué las diferentes civilizaciones –Cristianas o no- han llegado a la conclusión de que la mejor manera de montar una familia es a través de un contrato indefinido o perpetuo? Fijaos que el contrato indefinido o perpetuo no existe en casi ninguna otra transacción: uno puede venderse la casa, el coche, o las acciones de Telefónica sin ningún problema pero “venderse” al marido o a la mujer (es decir, rescindir un contrato matrimonial ha sido imposible históricamente , aunque el coste se ha reducido substancialmente con las recientes leyes del divorcio sobre las que hablo al final de esta nota).

Y otra pregunta: ¿por qué históricamente tantas sociedades ligan ese contrato a que la mujer pague dinero al hombre (y no al revés) para acceder a ese contrato- un fenómeno que conocemos como “dote”?

Tradicionalmente, el contrato matrimonial acuerda la división del trabajo dentro de la familia y asigna diferentes “labores” a diferentes elementos familiares: la participación en la financiación de ésta, relaciones sexuales en términos de exclusividad (aunque algunas sociedades hacen excepciones al concepto de exclusividad como la Hindú, que aceptaba el sexo en grupo, o la de la Grecia clásica, que aceptaba que los hombres tuvieran relaciones sexuales con otros hombres o con niños en los famosos gimnasios o saunas), la procreación, y la supervivencia y educación de los hijos son las más importantes. Como en tantos otros contratos de la vida, en el contrato matrimonial tradicional, se asignan diferentes funciones a diferentes firmantes: la mujer aporta reproducción (maternidad), sexo, y cuidado de la casa y la familia. El hombre, por su parte, se encarga (insisto, tradicionalmente) de la comida y la manutención, aparte del sexo –también en régimen de exclusividad. Ese contrato existió desde la antigüedad hasta el Siglo XX, pasando por los 10.000 años de sociedades agrícolas y 200 años de revolución industrial.

¿Por qué existen esos contratos indefinidos? Pienso que la razón por la que se firmaba un contrato indefinido es que los principales “activos” o “aportaciones” femeninas (la reproducción) duraban pocos años (una mujer puede reproducir entre los 10-12 años y los 40 y la educación de los niños dura unos pocos años más) mientras que la de los hombres (manutención) duraba toda la vida. El contrato matrimonial, pues, protegía a la mujer que abandonaba su trabajar y se dedicaba a la reproducción y a la familia, una vez se le había pasado su periodo reproductivo y tendía a ser abandonada por el hombre a favor de otras mujeres en edad reproductiva. Es decir, el contrato matrimonial le dice a la mujer: “tu sacrificas tu juventud produciendo y educando niños para la familia, y cuando se te pasa el periodo de producir niños y tu marido tiene incentivos a cambiarte por otra hembra más joven, pues se lo impedimos por contrato”. Si no hubiera ese contrato, ¡la hembra no abandonaría su trabajo a favor de la producción familiar! La mujer sacrifica su juventud por la familia a cambio de que el hombre la mantenga una vez ya no está en edad de reproducción. De esa manera, todos salen ganando, pero todos salen ganando si el contrato es a perpetuidad.

Esa es la razón por la que no existía ninguna clausula escape como el divorcio. La pregunta es: pero ¿si todos salen ganando por qué demonios, históricamente, las mujeres han pagado dotes a los hombres para casarse? Aquí es donde, una vez establecido el contrato, el mercado determina el precio de firmarlo. Y aquí es donde la ley de la oferta y la demanda entra en vigor. En el “mercado” matrimonial, los hombres buscan mujeres y las mujeres buscan hombres (insisto en que hablo en términos históricos, cuando los matrimonios entre homosexuales no existían). Lógicamente, todos buscan y compiten por encontrar el “mejor partido”. En un mercado en el que los hombres intentan buscar a las “mejores” mujeres y viceversa, es posible que se produzca un “mismatch”. Es decir, puede suceder que muchos hombres compitan por pocas mujeres o al revés. Cuando eso sucede, la sociedad reaccionará creando instituciones donde se establece un precio (llamado dote) donde el que “desea” el matrimonio con más intensidad “paga” a la otra parte contratante. La pregunta es, ¿en qué dirección se produce el pago? En la mayor parte de civilizaciones, la mujer “paga” al hombre y, desde mi punto de vista, eso indica que la mayoría de mujeres “compite” por unos pocos hombres. Esa competencia hace que el precio se equilibre a favor del macho. ¿Por qué? Pues porque hombre y mujer tienen diferentes funciones dentro de la función de producción familiar: las mujeres aportan sexo y reproducción (¡históricamente! Insisto, históricamente, antes de que las mujeres del facebook se me echen encima!!!) y los varones sexo y manutención. La clave está en que la aportación sexual masculina es muy parecida entre todos los hombres. También entre las mujeres. En el tema reproductivo, todas las mujeres son bastante parecidas. La característica principal de los hombres, sin embargo, ofrece una ENORME HETEROGENEIDAD: hay unos pocos hombres muy ricos y poderosos (capaces de mantener el nivel de vida de una mujer a stándares estratosféricos) y muchos hombres muy pobres. Como la principal aportación del hombre a la producción familiar es la manutención, existe una enorme varianza en la “calidad” de los machos en el mercado matrimonial. Resultado: nos encontramos con muchas hembras compitiendo por pocos machos. El “precio de equilibrio” tiene que ser que las hembras pagan por los machos, es decir, aparecen las “dotes” donde las mujeres (o sus familias) pagan por casarse.
¡Pero en la actualidad no hay dotes!, pensaréis. Y es verdad.  ¿Qué ha pasado? Durante el siglo XX, la mujer empieza a incorporarse al mercado laboral de forma generalizada, la mujer se libera y ya no necesita de la protección del hombre una vez ella ha pasado su etapa fértil. Eso tiene dos implicaciones. La primera: el divorcio se generaliza. Como la mujer ya no abandona (tanto!) su carrera para producir hijos, pues ya no se necesita un contrato a perpetuidad que obligue al hombre a mantenerla una vez ella ha superado la etapa fértil de su vida. Por lo tanto, el contrato irreversible desaparece y aparece el divorcio. La segunda implicación es que las mujeres ya no solamente aportan hijos y sexo al matrimonio sino que también aportan dinero. Exactamente igual que los hombres. Eso hace que el atractivo femenino en el contrato familiar aumente su dispersión igual que la de los hombres. Es decir, ahora ya no sólo son las mujeres que compiten por los hombres capaces de mantener familias sino que los hombres también compiten por mujeres igualmente capaces de mantener familias. Eso hace que la ventaja de los hombres en el mercado matrimonial desaparezca y, con ella, las dotes.

En una futura entrega (llamada Mercados de Sexo (2): El Mercado Spot) escribiré lo que pienso sobre el mercado de sexo “spot” (lo que llamamos prostitución: un mercado enormemente importante desde el punto de vista económico con una paradoja que uno tiene que explicar: a diferencia de los mercados de sexo a largo plazo (como el matrimonio), en los mercados de sexo spot quien paga normalmente es el hombre y quien cobra es la mujer: ¿por qué?

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