Lecturas 21.02.2013

Demographic Disaster? What's Wrong With Jonathan Last's What To Expect When No One's Expecting,by Bryan Caplan.

"Very Bad Things" isn't a throwaway line; it's also the title of chapter 5. After reading this chapter, though, you really have to ask, "Is that all you got?" When critics of overpopulation cry "disaster," they predict mass famine and social collapse. The Ehrlichs of the world are silly, but their rhetoric is consistent with their predictions. Last's list of Very Bad Things is underwhelming by comparison: health care rising as a share of GDP, shrinking cities, closing villages, and unsustainable retirement programs. He also mentions decreased innovation, but focuses on the debatable effect of median age instead of the undebatable effect of total population.

Why Parents Need to Let Their Children Fail, by Jessica Lahey.

I'm not suggesting that parents place blind trust in their children's teachers; I would never do such a thing myself. But children make mistakes, and when they do, it's vital that parents remember that the educational benefits of consequences are a gift, not a dereliction of duty. Year after year, my "best" students -- the ones who are happiest and successful in their lives -- are the students who were allowed to fail, held responsible for missteps, and challenged to be the best people they could be in the face of their mistakes.

Las pensiones, Vicenç Navarro y las intenciones ocultas, por Abel Fernández y Javier García.

En última instancia, creemos que la posición de la ‘izquierda tradicional’ sobre el problema de las pensiones es tremendamente irresponsable. El problema golpeará sobre todo a las clases bajas, que son las que no disponen de capacidad de ahorro. Las clases altas, cuyas bases de cotización son además mayores, se están preocupando ya de ahorrar para evitar privaciones y dramas en su jubilación.Escudarse en que todo esto es un contubernio del capital financiero es hacer un flaquísimo favor a todos aquellos a los que dice defender, pues son quienes sufrirán el problema en mayor medida.

El Estado: prescindible o privatizable, por Juan Ramón Rallo.

Y ciertamente, en tanto el Estado reparte numerosas rentas y prebendas, el quedarse sin alpiste (tras reventar la burbuja inmobiliaria que le nutría de fondos) va a obligar a que mucha gente salga escaldada y perjudicada (del mismo modo que el pinchazo de la mentada burbuja inmobiliaria dejó a promotores y obreros de la construcción sin ingresos). Ahora bien, dentro de las inevitables molestias que causará un Estado con menos pan y circo que ofrecer, es evidente que los recortes pueden efectuarse minimizando el malestar –o, mejor dicho, multiplicando el bienestar– de unos ciudadanos que, en su mayoría, son clientes cautivos de ese Estado. ¿Cómo? Pues aplicándonos la máxima anterior: primero, identifiquemos todas las funciones actuales del Estado que o son directamente dañinas (legislación anticompetencia, subvenciones a empresas, burocracias arancelarias, intromisión regulatoria en la legislación empresarial, barreras de entrada en los mercados, etc.) o del todo prescindibles (superestructura de cargos políticos o empresas públicas que son simples agencias de colocación y capturadoras de rentas) para, inmediatamente a reglón seguido, comenzar por lo privatizable (básicamente, todo lo demás).

Cuando el dueño de la comida es el Estado, por Francisco Moreno.

Hace tiempo que la libreta de abastecimiento cubana se transformó en una especie de cartilla de racionamiento empleada por otros países en tiempos de guerra o de emergencias nacionales de manera provisional. Tal fue el caso de España tras la guerra civil o los países occidentales después de la 2ª Guerra Mundial. También Israel la padeció en sus duros comienzos como nación. Incluso los propios países socialistas de la Europa del Este la eliminaron a mitad de la década de los años 50. Vietnam la abandonó a finales de la década de los 80. China, con sus más de 1.340 millones de habitantes, no padece racionamiento alguno. Ninguna nación del mundo, salvo Cuba, ha mantenido algo semejante de forma tan prolongada: casi 51 años. Es como si la sociedad cubana hubiera vivido en situación de guerra más de medio siglo. El manido embargo de EEUU no es pretexto válido para mantener por tanto tiempo dicho sistema de privación porque siempre se pudo comerciar con el resto de países del planeta (a diferencia de lo que ocurre en auténticos escenarios bélicos o posbélicos).

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