El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl


Un excelente libro para que lean los que dicen que Europa, está en un mal momento o que se sufre mucho. No se lo crean, hay gente que lo pasa muy mal, pero cada vez son menos, y cada vez somos más los que vivimos muy bien. Además, la violencia se ha reducido de manera significativa, y ojalá dure mucho tiempo.

Es la segunda vez que leo este duro libro de Viktor Frakl en el que narra su experiencia en distintos campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. El autor era siquiatra, y analiza cómo y por qué sobrevivieron algunos a esa experiencia. El libro se puede resumir con la siguiente frase: “Ante una situación anormal, la reacción anormal constituye una conducta normal”.

Hay afirmaciones demoledoras, como cuando explica que para sobrevivir era necesario “recurrir a cualquier medio, fuera honrado o de otro tipo, incluidos la fuerza bruta, el robo, la traición o lo que fuera con tal de salvarse”.

El autor divide en tres fases la experiencia de las personas que sufrieron en campos de concentración: el internamiento, la vida en el campo, y después de la liberación.

El internamiento

Al llegar al campo de concentración todos tenían la esperanza de que pronto serían liberados, lamentablemente el 90 %, aproximadamente, murió a las pocas horas de su ingreso al campo. También pensaban que podrían conservar algunas de sus pertenencias, incluidas joyas, pero la realidad es que les dejaban sin nada, y a la mayoría incluso sin vida.

El autor se sorprendió como doctor de que ni la falta de sueño ni de higiene suponían un problema grave para la salud. El tema del sexo tampoco era un problema: “el deseo sexual brillaba por su ausencia”.

La vida en el campo

La segunda de las fases comenzaba con una especie de muerte emocional. Los internos ya no sentían ni asco, ni piedad, ni horror. La imagen de un muchacho de 12 años al que un médico le arrancaba los dedos de los pies (ya negros muñones) con tenazas, no despertaba ningún sentimiento. También se comprobaba en la actitud de los prisioneros al hacerse a por las pertenencias de los recién muertos: su comida, sus zapatos, su abrigo, y ¡hasta un trozo de cuerda! Esta insensibilidad era positiva a la hora de aguantar los golpes diarios, y casi continuos. Esos golpes dolían físicamente, pero era peor “la agonía mental causada por la injusticia, por lo irracional de todo aquello”.

Tanto la imaginación como el humor ayudaron mucho a soportar las duras condiciones de vida. La imaginación alimentaba la vida interior de los prisioneros, incluso facilitando una mayor sensibilidad por la naturaleza y el arte, y el humor proporcionaba “el distanciamiento necesario para sobreponerse a cualquier situación”.

Llegar a un campo de concentración en el que no se asesinaba en las cámaras de gas, porque no existían, era celebrado jubilosamente por los prisioneros, ya que para ser asesinados deberían “esperar hasta que se dispusiera lo que se llamaba un ‘convoy de enfermos’ que lo[s] devolvería a Auschwitz”. Lo anterior demuestra que “el ‘tamaño’ del sufrimiento humano es absolutamente relativo, de lo que se deduce que la cosa más nimia puede originar las mayores alegrías”.

Es fácil juzgar desde fuera la actitud de las personas que sufrieron y que estuvieron expuestos a situaciones límite. El autor se pregunta: “¿Quién puede arrojar la primera piedra contra aquel que favorece a sus amigos bajo unas circunstancias en que, tarde o temprano, la cuestión que se dilucidaba era de vida o muerte? Nadie puede juzgar, nadie, a menos que con toda honestidad pueda contestar que en una situación similar no hubiera hecho lo mismo”.

Incluso en medio de una situación tan devastadora, el autor afirma: “algunas de las horas más idílicas que he pasado en mi vida ocurrieron en medio de la noche cuando todos los demás deliraban o dormían y yo podía extenderme frente a la estufa y asar unas cuantas patatas robadas en un fuego alimentado con el carbón que sustraíamos”. ¿Qué tipo de mecanismos se desatan en nuestra mente para permitir que sucedan esos momentos de paz rodeados de un infierno? Igual en sentido contrario, ¿cómo teniéndolo todo muchas personas se mueren de pena por situaciones aparentemente insignificantes? ¿Cómo y por qué hemos evolucionado de esa manera?

¿Qué es lo que no nos pueden arrebatar? La actitud ante la vida. Igual que hubo hombres cuyo comportamiento fue brutal, hubo otros buenos, “hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino”.

Según el autor “es esta libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito”. Y añade: “¿Tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad no merecería en absoluto la pena de ser vivida”. Para mí la vida carece de sentido. Somos polvo de estrellas, somos fruto del azar, no hay dios, y ni antes de nacer ni después de morir existimos. La libertad espiritual sobre la que escribe Frankl es lo que hace divertida la vida. Incluso puede que todo un engaño de la mente y no exista ese libre albedrío, sino que estemos predestinados a actuar como actuamos, pero sigue siendo divertido porque el engaño es total.

Me resulta curioso que “todos los que pasaron por la experiencia de un campo de concentración concuerdan en señalar que la influencia más deprimente de todas era que el recluso no supiera cuánto tiempo iba a durar su encarcelamiento”. De hecho, el autor explica como muchos murieron cuando al llegar una fecha determinada en la que pensaban que serían liberados esto no sucedía.

Si fuéramos conscientes del futuro o no tuviéramos esperanzas en él, ¿sería posible vivir? Frankl afirma que no, que “el hombre tiene la peculiaridad de que no puede vivir si no mira al futuro”. Cuando un prisionero “perdía la fe en el futuro —en su futuro— estaba condenado”; “se abandonaba y decaía y se convertía en el sujeto del aniquilamiento físico y mental”. La muerte era segura.

La conclusión es que “hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la ‘raza’ de los hombres decentes y la raza de los indecentes. Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales”. Ejemplifica lo anterior, de manera positiva, el caso de un comandante de las SS que tuvo un buen comportamiento con los prisioneros y algunos de éstos lo protegieron y ayudaron al acabar la guerra, y de manera negativa, el caso de prisioneros que golpeaban sin piedad a sus compañeros.

Después de la liberación

La última de las fases por las que pasaban los prisioneros suponía un fuerte choque mental, ya que “el cuerpo tiene menos inhibiciones que la mente” y se recupera más rápido.

Muchos se envilecían tras la liberación y “pensaban que podían hacer uso de su libertad licenciosamente y sin sujetarse a ninguna norma”. Pasando de oprimidos a opresores. Afirma Frankl que “sólo muy lentamente se podía devolver a aquellos hombres a la verdad lisa y llana de que nadie tenía derecho a obrar mal, ni aun cuando a él le hubieran hecho daño”. No lo explica claramente en el libro, pero yo me pregunto, ¿es justa la venganza contra alguien que te ha causado un dolor? Es fácil hablar desde casa leyendo un libro, pero imaginemos que alguien nos ha tenido tres años de nuestra vida tratándonos a golpes, ¿qué haríamos si al día siguiente se revierte la situación y nosotros podemos hacer lo que queramos con él?

Demoledor lo que descubrieron muchos tras la liberación. A algunos nadie les esperaba. No esperaban encontrar la felicidad, pero tampoco estaban preparados para la infelicidad.

Termino mi comentario con una referencia al factor suerte. La vida es suerte en su mayor parte. El autor se salvó de morir en un par de ocasiones en que sus decisiones, que en el momento de tomarlas parecían condenarlo, le hicieron sobrevivir, mientras que lo contrario lo hubiera condenado a una muerte segura.

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