El grupo y la estupidez

El instinto de pertenencia a un grupo es algo natural, fruto de la evolución. Tanto desde el punto de vista psicológico como físico es una buena estrategia, juntos nos enfrentamos mejor a los problemas y disfrutamos más las alegrías.

Tiene su reverso tenebroso, y es que nos volvemos inconscientes y estúpidos. Aunque no siempre sucede así y hay gente capaz de salirse de lo estipulado por el grupo. No es una tarea sencilla oponerse a lo que opinan los de nuestro grupo, sobre todo si las raíces de las relaciones son profundas; pasa con la familia, con los amigos íntimos, con el equipo de fútbol, con la religión, y en otros muchos círculos en los que nos movemos. El miedo al ridículo, aunque tengamos razón, o al rechazo hacen que muchas veces sigamos la corriente incluso aunque sepamos que no es lo correcto. Además es muy cómodo tener al grupo para excusarse por las malas acciones.

Todos hemos visto comportarse a gente de manera irracional y loca cuando están protegidas o alentadas por el grupo, por eso creo que siempre hay que reflexionar antes de hacer algo, pensar en si tiene sentido y en el porqué de esa acción. Una vez hecha ya nadie lo cambia, se puede pedir perdón y rectificar, pero ese hecho no se puede modificar.

En el extremo tenemos las situaciones de conflictos armados, en las que quienes nos protegen son los buenos, aunque sean nazis o comunistas, y quienes nos atacan son los malos.

Destaco el siguiente párrafo de este artículo:
Lo que el estudio apunta es que algunas personas pueden estar más predispuestas que otras a saltarse sus propios límites morales cuando se identifican con un grupo de gente. Esto puede tener también consecuencias positivas, como demostraba un estudio de 1990 en el que los sujetos eran más propensos a donar dinero para una buena causa cuando estaban en grupo que cuando estaban solos. Los mismos circuitos neuronales, aseguran los investigadores, pueden promover comportamientos prosociales o antisociales, aunque el contexto competitivo tiende a promover el segundo escenario y lo habitual es que, cuando el individuo pierde la referencia de su código moral, su actuación termine siendo desafortunada e irracional. 

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