Víctima, 10 de junio: Rafael San Sebastián Flechoso

Libertad Digital.


En torno a las 11:30 horas del 10 de junio de 1990, la banda terrorista ETA asesina en la cafetería Gwendolyne de Guecho (Vizcaya) a RAFAEL SAN SEBASTIÁN FLECHOSO. Dos etarras entraron en el local y efectuaron dos disparos a escasa distancia en la cabeza de la víctima, que murió prácticamente en el acto.
En el momento en el que se produjo el atentado en el interior del establecimiento se encontraban tres camareros y media docena de clientes. Rafael se encontraba al fondo del local junto a una máquina recreativa. Los asesinos gritaron, una vez traspasada la puerta de entrada, "¡todos quietos!", y en cuestión de segundos se acercaron hasta el lugar donde estaba Rafael San Sebastián, efectuando varios disparos.
Los etarras entraron en la cafetería a cara descubierta y huyeron en un vehículo tipo ranchera aparcado en las inmediaciones, en cuyo interior, según testigos presenciales, había dos o tres personas más.
Rafael era primo de la periodista Isabel San Sebastián y hermano de Federico San Sebastián, secretario general de la empresa Iberduero. El directivo manifestó a los medios de comunicación que el asesinato sólo podía ser consecuencia de un error, porque su hermano "era un hombre muy austero y muy familiar. Se arreglaba con poco dinero y era muy querido por todos".
La periodista Isabel San Sebastián en una entrevista en El Periódico de Cataluña (12/11/2007), a propósito de la interposición de una demanda civil contra José María Calleja por "vulneración del derecho al honor", señaló: "Yo nunca he hecho gala de mi condición de amenazada. ETA asesinó de un tiro en la nuca a un primo mío que se llamaba Rafael San Sebastián. Ahí empezó mi guerra contra ETA y nunca me he apeado de ella".
El 26 de junio de 1990 el diario Egin publicó un comunicado de la banda terrorista ETA, escrito íntegramente en euskera, en el que calificaba de "error" el asesinato de Rafael San Sebastián. El propio diario traducía y resaltaba un párrafo del comunicado en el que se podía leer: "Reiteramos, pues, ante nuestro Pueblo y muy en particular ante los familiares y allegados de la víctima nuestra más seria y sincera autocrítica por esta equivocación y error irreparables".
El terrorista que asesinó a sangre fría, por "error", a San Sebastián Flechoso era Jon Bienzobas Arretxe, alias Karaka. Iba acompañado por otros etarras que no han podido ser identificados por las investigaciones policiales. El 7 de agosto de 1990 Bienzobas, con otros miembros de la banda terrorista, intentó robar en Lejona una furgoneta Nissan Vanette. En ese momento fueron sorprendidos por la Policía Municipal que les pidió la identificación. Uno de ellos encañonó a un agente, lo que les permitió darse a la fuga abandonando un vehículo que resultó ser propiedad de Miguel Bienzobas Valles, padre del etarra. Cerca del lugar de los hechos se halló una mochila con una granada de mano de fabricación casera y el revólver marca Llama del calibre 38 especial con el que se hicieron los disparos que mataron a Rafael San Sebastián Flechoso.
Bienzobas fue extraditado temporalmente por Francia en el año 2007 para ser juzgado por el asesinato de Rafael San Sebastián y por el de Francisco Tomás y Valiente, cometido el 14 de febrero de 1996. Por sentencia de junio de 2007 Bienzobas fue condenado a indemnizar a la familia de Rafael y a 30 años de prisión por "un delito de asesinato alevoso ejecutado con finalidad terrorista" pues "el sujeto activo ejecuta la primera y más antigua modalidad de alevosía: el crimen a traición o por la espalda en el que no existe posibilidad alguna de defensa por parte de ofendido".
Rafael San Sebastián Flechoso tenía 42 años y era natural de Bilbao. Residía con sus padres en el barrio de Neguri de Algorta (Vizcaya). Según relataron sus familiares, no tenía empleo fijo. Tenía por costumbre acudir los fines de semana a la cafetería donde fue asesinado para tomarse un café mientras leía la prensa.

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¿Qué pasa con el libre albedrío?

Jorge Alcalde.

Cuando, en la madrugada del 6 de junio, Venus culminó su tránsito entre la Tierra y el Sol, regalando imágenes astronómicas de insuperable belleza, lo hizo según un programa establecido hace 15.000 millones de años. De alguna manera, con la explosión primordial del Big Bang se crearon las condiciones que habrían de predestinar eones más tarde a un planeta inhabitado del Sistema Solar a arrojar su sombra sobre el Sol.

Todo está escrito en el mundo físico. Por eso los astrónomos son capaces de predecir con milimétrica precisión cuándo volverá a ocurrir un tránsito de Venus como el de este año: en 2117. Pueden ocurrir catástrofes, impactos de asteroides, erupciones de radiación estelar, fenómenos inadvertidos pero no fortuitos. Cualquier sopresa que nos depare el Cosmos ha de ocurrir según las leyes de la física, y tiene su día y su hora programados.


El determinismo de la física, al menos de la física de los más grandes, la mecánica que debemos a Newton y a Einstein, ha impregnado otros muchos campos del saber. No son pocos los científicos que sueñan con encontrar las mismas reglas precisas e incorruptibles para el origen de la vida, la evolución de los organismos, el desarrollo de los mercados bursátiles, el clima, la mente humana...


¿No es la mente (dicen) un producto de la materia? Se organizan neuronas que son entidades químicas formadas por proteínas que han sido codificadas por genes que son moléculas... y esas neuronas desarrollan una actividad fisicoquímica, intercambiando señales eléctricas que funcionan según las leyes del electromagnetismo y mercadeando con sustancias que siguen los postulados de la química orgánica. Es cedir, el cerebro se puede explicar básicamente con las mismas ecuaciones que permiten comprender por qué se enciende una bombilla al hacer pasar una corriente eléctrica por sus filamentos. Si la mente es un producto del cerebro, ¿nuestros pensamientos, nuestras creencias, emociones y manías, nuestros prejuicios, miedos, amores y odios están también sometidos al dictado determinista de la leyes físicas?


1No son pocos los neurólogos que opinan que así es. De hecho, es corriente mayoritaria la de los expertos que prefieren pensar que nuestra mente es sólo sustrato físico. Y todos deseamos que, al menos en parte, así sea. "No nos gustaría que fuera de otra manera, en ocasiones", dice Michael Gazzaniga. "No nos gustaría que la acción de llevarnos la mano a la boca fuera un proceso aleatorio, queremos el helado en los labios, no en la frente"


Pero si todas las facultades de la mente están igualmente sometidas a las leyes del mundo físico, ¿no terminamos siendo una suerte de zombis sin libre albedrío? Mi voto en las pasadas elecciones, mi deseo de abrazar a mis hijos cuando llego a casa, la elección de pareja, mi aversión a los impuestos, mi pasión futbolera... ¿son sólo productos de un programa establecido hace 15.000 millones de años? Con la explosión del Big Bang nacieron las condiciones físicas y químicas que terminarían conduciendo a que Venus transitara ante la Tierra en junio de 2012 y que Jorge Alcalde decidiera unas semanas antes comprarse y leer con placer ¿Quién manda aquí?, de Michael Gazzaniga, editorial Paidós.


Por extraño que parezca, entre la comunidad científica cunden los que creen que el mundo funciona así, que vivimos en un universo que lo determina todo. Incluso nuestra mente. Michael Gazzaniga pertenece a la rara avis de neurocientíficos que opinan lo contrario. Su último libro es, precisamente, un alegato científico contra el determinismo neuronal. En sus 313 páginas de argumentación científica trata de defender que los actos humanos son sólo responsabilidad nuestra, de esa unidad específica y exclusiva a la que llamamos individuo. Que "la magnificencia de ser humano es algo que todos valoramos y no queremos que desaparezca con la ciencia". Queremos sentir nuestra propia valía manifestada en el libre albedrío de nuestras decisiones, que escapa a las leyes deterministas de la física. Queremos y podemos porque, según Gazzaniga, la ciencia no está en disposición de demostrar lo contrario. En sus propias palabras,
es posible defender que una compresión científica más completa de la naturaleza y de la vida, del cerebro y de la mente no va en detrimento de ese valor que todos apreciamos.
Tras transitar por estas páginas es muy probable que los que creen que todo está escrito en los genes sigan pensándolo. Para el resto, nos queda el argumento técnico de que la ciencia aún alberga demasiadas incertidumbres para tomar partido. Y el argumento intelectual de que reducir nuestros actos al designio de la física es la salida más fácil y perezosa. Ante el dilema de no saber cómo funcionamos, tan perezoso es creer que lo hacemos porque así lo mandó Dios como creer que lo hacemos porque una cadena de aminoácidos decide por nosotros.


MICHAEL S. GAZZANIGA: ¿QUIÉN MANDA AQUÍ? EL LIBRE ALBEDRÍO Y LA CIENCIA DEL CEREBRO. Paidós (Barcelona), 2012, 320 páginas. Traducción de Marta Pino Moreno. 

twitter.com/joralcalde

A vueltas con la austeridad

Gabriela Calderón de Burgos.



Uno de los más influyentes comentaristas de la crisis actual es el Premio Nobel de Economía Paul Krugman, que ha dedicado gran parte de sus energías a condenar las políticas de austeridad y muy poca tinta a explicarnos específicamente a qué se refiere.  

La Comunidad Forex define la austeridad como "la reducción del gasto por parte de los Gobiernos con el objetivo de reducir el déficit presupuestario". "Las medidas de austeridad suelen incluir recortes salariales y aumento de impuestos y se realizan para garantizar el pago de los créditos a los acreedores gubernamentales", añade. En inglés hay definiciones igual de confusas, y por eso el economista Tyler Cowen, de George Mason University, ha llegado a la conclusión de que austeridad es "una palabra engañosa y muchas veces mal interpretada".
Es mejor si describimos las políticas de manera más concreta y de hecho eso no es tan difícil hacerlo.
A grandes rasgos, el término puede referirse a varias estrategias que pretenden combatir el déficit fiscal:
  1. reducción del gasto público;
  2. subida de impuestos;
  3. reducción del gasto y subida de impuestos.
En la gran mayoría de los casos, los países europeos han adoptado una combinación de reducción del gasto y aumento de impuestos.
Si observamos la evolución del gasto público como porcentaje del PIB entre 2006 y 2011, veremos que en España pasó del 38,4 al 43,6%, en Grecia del 45,2 al 50,1% y en la Eurozona del 46,7 al 49,3%. Así que, a simple vista, hablar de recortes de gastos "brutales" o "salvajes" parece exagerado, cuando no incorrecto.
Mi colega del Cato Institute Juan Carlos Hidalgo ha analizado las políticas de ajuste aplicadas en algunos países de Europa. En el Reino Unido, el gasto público –como porcentaje del PIB– pasó del 51,5% en 2009 al 49,9 en 2011; en el mismo período, el gasto público francés pasó del 56,8 al 55,9%; el italiano, del 51,6 al 49,6% y el griego, del 53,8 al 50,3%.
El denominador común entre los países considerados por Hidalgo es que el ajuste se realizó principalmente mediante subidas de impuestos y tímidos recortes del gasto público. El resultado de esta estrategia ha dejado mucho que desear. En el mejor de los casos, no se ha retomado la senda de la recuperación económica; en el peor, la situación ha empeorado considerablemente.
Era de suponer que, cuando los políticos hablaban de "austeridad" –entendida como apretarse el cinturón–, no eran ellos los que se iban a incomodar, sino que iban a cargar a la ciudadanía con más impuestos.


© El Cato

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