Desconfianza absoluta

Juan Ramón Rallo.



Aunque bastaría con señalar a los mínimos del Ibex o a los máximos de nuestra prima de riesgo para constatar la enorme desconfianza que existe en torno a la economía española, hay otros dos que ilustran tal vez con mayor crudeza las crecientes dudas que los ahorradores nacionales y extranjeros albergan sobre ella y los devastadores efectos que éstas conllevan.
El primero se refiere a la tenencia de deuda pública española en manos foráneas: en el último año, esta cifra se ha desplomado desde los 286.000 millones de euros (el 52% del total) hasta los 219.000 millones (el 37% del total). El segundo, la evolución del saldo deudor de nuestro sistema financiero con el resto del Eurosistema: en los últimos doce meses, la deuda viva de nuestras entidades con el resto de las europeas ha pasado de 43.000 millones de euros a más de 300.000 millones, lo que indica una importante salida de capitales de nuestro país con la consiguiente provisión compensatoria de liquidez del BCE para evitar el colapso. En suma, los extranjeros no quieren nuestra deuda y los nacionales sacan su dinero del país, lo que lleva a nuestros bancos a pedírselo prestado a Draghi, el único suficientemente osado como para extendernos crédito.
Pocos disputarán que una economía que se enfrente a semejante estrangulamiento financiero lo tendrá muy complicado para crecer y generar riqueza. No ya, que también, porque quienes deban prorrogar los vencimientos de su deuda se enfrenten de continuo a una permanente amenaza de suspensión de pagos, sino porque las nuevas inversiones que este país necesita para transformar su equipo productivo no llegan a materializarse.
En este sentido, son legión quienes propugnan que la solución a todos nuestros problemas provendría de que el BCE fuera todavía más generoso en su provisión de liquidez. Olvidan tales voces el muy básico adagio de "se puede llevar el caballo al río pero no se le puede obligar a beber". El crédito que el instituto emisor concede a nuestros bancos les servirá para refinanciar sus deudas, pero es más que improbable que, en el actual clima de desconfianza, se dediquen a canalizar esa liquidez a prorrogar los vencimientos de deuda del sector privado: simplemente, para los bancos es mucho más seguro tener el dinero en caja o invertido en deuda pública (sobre todo alemana) que inmovilizarlo en una economía como la española. Y no hablemos ya, claro, de que esa liquidez extraordinaria procedente del BCE se termine convirtiendo en las inversiones productivas que tanto necesitamos: si el capital está incómodo dentro de España, pocos serán los empresarios que quieran endeudarse para invertir dentro de nuestras fronteras.
Mas, ¿de dónde surge tamaña desconfianza hacia nuestra nación? Los hay que responsabilizan a la austeridad teutona: como no gastamos, no crecemos y si no crecemos nadie quiere invertir en nuestro país. Miope observación que desconoce que, de ser ese el obstáculo, bien podrían crearse nuevas firmas en España para vender allende nuestros lindes. La problemática es muy otra: nuestro sector financiero y nuestro sector público no han completado su saneamiento, y mientras tal incógnita siga sin despejarse, el riesgo cierto de suspender pagos y vernos forzados a salir del euro seguirá muy presente entre los inversores. Difícil reprocharles, salvo por un patrioterismo suicida muy mal entendido, que, entretanto los riesgos que perciben no se hayan despejado, pongan a buen recaudo sus ahorros de toda una vida, es decir, bien lejos del Reino de España.
De ahí, claro, que una reforma financiera y una consolidación presupuestaria bien pergeñadas sean de vital importancia para nuestra recuperación. Sin ellas, nuestro sistema económico no atraerá capital y se irá desangrando poco a poco por los agujeros que nos legó la burbuja inmobiliaria y que no van siendo llenados por una nueva generación de riqueza. Quienes insisten en que necesitamos políticas de crecimiento, asimilando éstas a más gasto público deficitario, parecen obviar que estamos al borde del abismo no por la insuficiencia de deuda, sino por un exceso que muchos juzgan impagable. La realidad es la contraria: no existe disyuntiva entre austeridad y crecimiento, pues, en un país tan potencialmente insolvente como el nuestro, la primera es condición sine qua non del segundo.
Y de ahí, también, que las previsiones que acaba de publicar Bruselas sobre nuestro déficit en 2012 y 2013 sean desoladoras. No ya porque un déficit del 6,4% para este año y del 6,3% para 2013 supongan un flagrante e inadmisible incumplimiento de nuestros compromisos con la Comisión Europea, sino porque la imagen que transmiten estas cifras es que nuestro ya insoportable ritmo de endeudamiento público es un problema absolutamente enquistado en la estructura de un Estado que ningún partido político español tiene la más mínima voluntad de reformar.
Si esta es la opinión que los cuates europeos tienen de los ajustes de Rajoy, imagínense cuál será la de los operadores de mercado que no se andan ni con medias tintas ni con componendas. Acaso así se entienda mejor por qué el capital no fluye hacia España y por qué los ajustes aprobados hasta la fecha por el PP son del todo insuficientes para enderezar el rumbo de las finanzas públicas: máxime cuando, en realidad, tales ajustes han recaído en su práctica totalidad sobre un asfixiado y debilitado sector privado y no sobre un mórbido, hipertrofiado e ineficiente sector público.
O rectificamos o nos vamos al hoyo. La crítica coyuntura en la que se encuentra España no reclama políticas estatistas e izquierdistas como las aplicadas por Zapatero y proseguidas por Rajoy, sino auténticas y profundas reformas liberales que permitan convencer a los ahorradores nacionales y extranjeros de que nuestro país, pese a su gravosísimo endeudamiento público y privado, es un destino seguro, serio y rentable en el que hacer negocios. Es decir, lo que necesitamos es liberalizar sin ambages el sector privado y adelgazar con contundencia el sector público.

¿La Solución era el Banco Malo?

Xavier Sala i Martín.

Finalmente de Guindos ha explicado en qué consiste la "solución" al problema financiero Español: (1) Aumentar las provisiones de los bancos, y (2) la creación de unas "entidades inmobiliarias para que los bancos enajenen sus activos inmobiliarios". Es decir, se crea un "banco malo", ese banco malo que Rajoy había prometido que nunca crearía.
Recordemos que el problema es que los bancos (y cajas) concedieron créditos a empresas constructoras y promotoras inmobiliarias durante los años de la burbuja. Esos créditos fueron concedidos a cambio de unas garantías que eran los terrenos en los que se debían edificar las viviendas o las propias viviendas construidas o a medio construir. Una vez explotó la burbuja, las constructoras y promotoras quebraron y no devolvieron el crédito por lo que los bancos y las cajas pasaron a ser propietarias de terrenos, solares, edificios construidos y a medio construir, aeropuertos y ciudades fantasma por toda España. 

Ante estas circunstancias, la banca se enfrenta hoy a dos tipos de problemas. El primero es de balance: nadie sabe exactamente cuanto valen estos activos “tóxicos”. Al ver las caídas de precios inmobiliarios, el Banco de España obligó a la banca a provisionar en sus cuentas una parte de esas caídas en 2009, 2010 y 2011, pero nadie sabe exactamente si las pérdidas reales son superiores a las ya contabilizadas y, si no lo son, cuanto falta por contabilizar. En este sentido, la medida aprobada hoy por el consejo de ministros es tajante: las provisiones NO eran suficientes y hay que aumentarlas. Dicho de otro modo, hay que reconocer que el valor de los solares y edificios a medio construir en manos de los bancos es menor del que dicen los libros y eso se debe reflejar en los libros. Los bancos, por lo tanto, van a mostrar pérdidas importantes  en los próximos ejercicios. 

Por ejemplo, imaginen un banco que en 2005 concedió un crédito a una constructora por valor de 100 millones de euros. Ésta quebró en 2009 por lo que el banco, en lugar del dinero que se le debía recibió unos terrenos y unas casas a medio construir que en principio valían 100 millones pero que, en realidad, en 2009 valían mucho menos. Imaginen que, a día de hoy, el banco ha valorado esas propiedades en, digamos, 70 millones. Si en realidad valen más de 70 no pasa nada. Pero si valen 30, entonces el banco pronto va a tener que apuntarse 40 millones adicionales de pérdidas. El problema es que para algunos bancos, esas pérdidas adicionales podrían acabar provocando su quiebra porque ya están al borde del precipicio. Y naturalmente eso crea una sombra de sospecha sobre muchos bancos en España (¿cuántos créditos “malos” concedieron y, una vez contabilizados, será solvente el banco?). Esa sombra de sospecha es muy grave porque hace que nadie quiera hacer negocios con ellos. La consecuencia es que el sistema de créditos en España deja de funcionar y el crédito no fluye hacia la empresa que necesita créditos para poder comprar materias primas o pagar a proveedores. Eso hace que se cree menos riqueza y menos trabajo y agrava la recesión. Por eso el gobierno quiere arreglar el problema.

El segundo tipo de problemas es que, de repente, la banca tiene que administrar terrenos, viviendas, construcciones y todo tipo de activos para los que no está preparada. Los bancos son especialistas en pedir dinero a clientes y conceder préstamos a un interés superior. No son muy buenos a la hora de tomar decisiones sobre cómo acabar edificios a medio construir, acondicionarlos y venderlos. El tener que dedicar una parte de sus trabajadores, de su talento y su esfuerzo a una actividad que no le es propia, puede acabar perjudicando la actividad bancaria normal de la entidad. 

Para solucionar ambos problemas se propone también la creación de un “banco malo”. Es decir, una institución que compre esos activos inmobiliarios a los bancos. De ese modo, los bancos dejarán de tener activos de difícil valoración en sus balances y dejarán de tener que dedicar recursos financieros y humanos a la gestión de edificios y solares. En este sentido, muchos economistas piensan que el banco malo puede ser la solución. 

Los defensores de la idea del “banco malo” siempre apuntan a lo sucedido en Suecia cuando, en 1992, explotó una burbuja inmobiliaria parecida a la Española, cosa que creó un agujero financiero en sus bancos de dimensiones similares al agujero de los bancos españoles. Para salir del agujero, el gobierno creó dos bancos malos (a los que llamaron Securum y Retriva) que compraron los activos inmobiliarios “malos” de la banca sueca. Inmediatamente después de la creación de Securum y Retriva, los bancos normales empezadon a conceder créditos al sector privado por lo que el “credit crunch” que paralizaba la economía sueca se acabó de inmediato y Suecia pudo reemprender la senda del crecimiento. Los dos bancos malos se dedicaron a administrar los activos tóxicos y cuando los tuvieron vendidos, acabaron sus actividades en 1997. Desde entonces, Suecia ha sido un ejemplo de crecimiento y eficiencia en Europa. 

Visto los sucedido en Suecia, pues, la solución del “banco malo” parece un milagro que Mariano Rajoy debería repetir en España. Antes de correr a crear bancos malos, sin embargo, déjenme que explique los posibles aspectos negativos de esa solución.
El primero es lo que se llama “riesgo moral” (en inglés, “moral hazard”). Si el mensaje que se envía a los bancos es: “si conceden créditos y las cosas salen bien, ustedes se quedan con los beneficios (como ocurrió entre 1993 y 2007), pero que si las cosas salen mal, entonces crearemos un banco malo que les salve el trasero”, los bancos van a pensar que sale a cuenta arriesgarse y conceder créditos locos. La solución al problema de hoy se consigue a base de sembrar las semillas de la próxima crisis financiera.

El segundo problema consiste en saber a qué precio se compran los activos de malos de los bancos. Si el precio que se paga por esos activos es el que aparece en los balances, entonces lo más probable es que se esté pagando demasiado y que el banco malo acabe vendiendo a precios inferiores. Por lo tanto el banco malo va a tener pérdidas en un futuro no muy lejano y alguien va a tener que asumir esas pérdidas. Si paga un precio muy inferior al que aparece en los balances, quien va a tener pérdidas contables son los bancos. Dada su precaria situación, unas pérdidas adicionales puede llevar a más de uno a la quiebra o a la necesidad de recapitalizarse.

Lo que nos lleva al tercer problema: ¿qué va a hacer el gobierno de Mariano Rajoy en caso de que algunos bancos quiebren? Según las noticias publicadas, la idea es que el gobierno los rescate lo que nos conduce directamente al cuarto problema: ¿De dónde sale TODO el dinero que la solución del “banco malo” va a requerir? Fíjense que la historia de los “bancos malos” va a requerir que el gobierno ponga el dinero inicial para comprar los activos tóxicos y también ponga el dinero para asumir las pérdidas de los bancos si los precios de compra son demasiado bajos o las pérdidas del “banco malo” si los precios son demasiado altos. ¿Va a poner el gobierno de Rajoy todo ese dinero? 

¿Y de cuanto dinero estamos hablando? Pues parece que el Partido Popular ha contratado al banco de inversión norteamericano, Morgan Stanley, para que le haga los números y, según el Wall Street Journal, los números son los siguientes: los activos inmobiliarios malos en manos de los bancos valen unos 176.000 millones de euros (noten que esa cifra está MUUUUY lejos de los 15.000 millones que ha anunciado de Guindos que es parecida a la muy criticada cifra de 20.000 anunciada en su día por la ministra Salgado. La cifra se me antoja demasiado pequeña teniendo en cuenta que la deuda de las promotoras inmobiliarias y constructoras con la banca asciende a unos 400.000 millones y que la mayoría de esas empresas estaban quebradas por lo que la mayoría de esos créditos eran incobrables). Según Morgan Stanley, el precio que pagaría el banco malo es el 42% de ese valor, lo que equivale 73.920 millones de euros. Eso, lógicamente, causaría enormes pérdidas en el sector bancario que llevaría a más de un banco al borde de la quiebra. Morgan Stanley calcula que para el rescate de esos bancos se necesitarían unos 29.000 millones de euros adicionales. 

Total: si Rajoy adopta la solución del “banco malo”, deberá poner sobre la mesa un total de 103.000 millones de euros (más del 10% del PIB español). Parece que una parte del dinero va a ser EXPROPIADA de los bancos sanos a base de obligarles a hacer una derrama para refinanciar el Fondo de Garantía de Depósitos, fondo que después utiliza el gobierno para rescatar a bancos malos. El resto va a tener que ser financiado por algún fondo europeo acuda al rescate y el resto, por el propio gobierno Español. De Guindos nos dirá que esa cantidad NO SE SUMA AL DÉFICIT SINO QUE VA DIRECTAMENTE a la deuda. Eso será más que una argucia contable (todo economista sabe que un aumento de deuda es déficit) y los mercados no van a ser engañados. 

Sí. Ya sé que no todo el dinero que el estado español tendría que poner ahora sería pérdidas. En algún momento futuro, el gobierno vendería algunos de los activos adquiridos pero a día de hoy ni sabemos cuanto se recuperaría ni cuando se recuperaría. Lo que sí que está claro es que esa cantidad debería ser desembolsada inmediatamente y, por lo tanto, pasaría a engrosar un ya de por sí enorme déficit fiscal (a no ser que, insisto, alguna autoridad europea se hiciera cargo del coste, cosa que hasta este momento no está sobre la mesa de España y mucho menos sobre la mesa de Europa).

Las consecuencias de eso van a ser tres. La primera es que un déficit de ese tamaño puede generar un pánico financiero que suba la prima de riesgo hasta niveles que conviertan a España en un país insolvente (y no “solvente pero falto de liquidez”). Que nadie olvide que el rescate de los bancos por parte del estado es que lo causó la quiebra de Irlanda el año pasado. El hecho de que el “banco malo” funcionara para Suecia no quiere decir que funcione para España: en 1992-1994, Suecia no esta sumergida en una crisis de deuda soberana, ni formaba parte de una moneda única que estaba atacada por la histeria de los mercados financieros que contagiaban los altos tipos de interés de los países insolventes a los países “solventes pero faltos de liquidez”. De hecho, Suecia ni siquiera formaba pare de la moneda única y controlaba su propio banco central y el valor de su propia moneda. Nada de eso es cierto para España. En términos monetarios y financieros, lo que más se asemeja a España 2011 es Argentina 2001 y no Suecia 1992-1994! 

La segunda es que un pánico de este tipo puede acabar con el gobierno. Que nadie olvide que Papandreu ganó las elecciones en Octubre de 2009 con una mayoría absoluta de más de 10 diputados (EXACTAMENTE IGUAL QUE RAJOY) y, nada más entrar, dijo que el déficit era mucho mayor de lo anticipado cosa que creó un pánico financiero que no pudo parar hasta que fue expulsado del gobierno dos años más tarde. No parece muy sensato estrenar mandato y disparar el déficit de esa manera.

Y tercera, y más importante, va a ser muy difícil pedir a los ciudadanos españoles que no se quejen, que no se manifiesten, que no hagan huelgas generales cuando se les exigen recortes y sacrificios de todo tipo mientras el estado utiliza el 10% del PIB para salvar el trasero a la banca. Muy difícil.

Si me preguntasen a mí (que, lógicamente no lo hacen), les diría que SI se quiere utilizar la estrategia del “banco malo”, yo utilizaría algún mecanismo de subasta para determinar el precio “justo” por el que pagar por los activos tóxicos. Si una vez se paga el precio de mercado, algún banco es insolvente, pues que quiebre y punto. Lo que no puede ser es que el gobierno mantenga un déficit del 18% del PIB en estos momentos de pánico generalizado y enorme sensibilidad social por los recortes. 

Claro que todo lo que digo podría ser irrelevante si los números de Morgan Stanley sobre el rescate de los bancos estuvieran equivocados. Al fin y al cabo, Morgan Stanley tuvo que ser rescatado en 2009 por el programa TARP de George Bush, lo que seguramente indica que no es un banco demasiado bueno a la hora de hacer números.  O no.

Venice Backstage, ¿cómo funciona Venecia?




Las imprescindibles labores de mantenimiento, ingratas y poco reconocidas, son difíciles en cualquier ciudad, especialmente en Venecia, como se puede comprobar en el siguiente vídeo “Venice Backstage. How does Venice work?“, realizado por Insula, la empresa encargada del mantenimiento de la ciudad.

La actualización de la miseria


LA HABANA, Cuba, mayo, www.cubanet.org -Por encima del muro que divide nuestros patios, el vecino me llama y me dice que sus hijos adolescentes le reclaman porque no tienen nada que comer en su casa.
Se lamenta de los altos precios. Dice que no tiene dinero porque tuvo que llevar al suegro al hospital y gastar en un carro de alquiler para traer al anciano de regreso. Entonces, con qué va a comprar comida. Prefirió llevarle cinco huevos que quedaban en el refrigerador a los hijos, nacidos de su anterior matrimonio. Para ellos, les quedó una sopa de cubitos de pollo con tomate y pan. Ya se arreglarían con eso.
Lo escuchado no me causó mayor sorpresa, aunque quien me lo dijera fuese uno de los miembros más combativos del CDR. Pero es que las consignas y las orientaciones no se comen.
El viernes entré en un puesto de ventas agrícolas, a comprar miel de abejas. El producto estaba envasado en canecas de ron, de 350 ml. Pero ahora costaba treinta pesos; y hace unos diez días me costó la mitad. Mientras, la botella de ron llena de miel cuesta cincuenta pesos.
Pregunté la razón del aumento, y el vendedor, que me conoce porque en otras ocasiones le he comprado miel, respondió que la miel de abejas había subido de precio porque quien se la suministra la vende ahora más cara.
Barbarita pasa a saludarme y me como regalo una barrita de maní molido. Se lo agradezco porque además me gusta, pero no le digo que la barrita de maní en realidad me sabe a gofio ligado con un poco de maní y azúcar. Porque, en La Habana, es difícil ya encontrar una barrita de maní molido que sea realmente hecha con maní.
A Pancho, el de la esquina, me lo encuentro en la Calzada de Managua, en camino a la panadería, donde va a comprar sus dos panes diarios. El zapato izquierdo deja ver los dedos del pie cubiertos por una gruesa media gris. En jarana, le pregunto si está cogiendo fresco en los pies. Me responde que sí, porque hace mucho calor y, con las aceras rotas, para qué se va a poner el único par de zapatos que tiene sano. Entonces inicia una descarga acerca del precio de los zapatos, pues, los más baratos, dice, cuestan más de cien de pesos.
Camino unos metros y, junto a una carretilla con vegetales y ristras de ajo, frijoles negros y colorados, envasados en bolsitas de náilon de una libra, está el vendedor, un muchacho que se cubre del sol con un sombrero y me responde que cada cabeza de ajo vale 2 pesos, a pesar de ser pequeñas.
En la acera de enfrente observo un grupo de personas aglomeradas en la antigua carnicería, donde ya solamente venden carne de puerco. Es que hay picadillo condimentado (una masa rojiza y pastosa con trozos de tendones). Los clientes se la llevan porque vale a 10 pesos la libra, mientras que la libra de bistecs de cerdo cuesta 40 pesos. Así que la diferencia de los precios decide.
Numerosos son los testimonios que escucho a diario, en boca de personas desconocidas que necesitan comunicar a cualquiera su desesperación y desencanto. Los máximos dirigentes los convencieron de que habría para ellos un futuro promisorio bajo el socialismo tropical. Y ahora, a medida que su extraño modelo económico recibe la “actualización”, se dan cuenta de que han sido engañados una y otra vez.
La denominada actualización del modelo económico cubano sólo está sirviendo para acentuar la miseria de los habitantes de la isla.

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Un nuevo periodismo (I)

Arcadi Espada.



Hace un par de meses y con el objetivo de preparar una conferencia en Valencia hice una búsqueda hemerográfica en el archivo del diario El País. Elegí ese diario por su carácter de referencia intelectual para mi generación y porque los resultados se extendían desde el principio de la transición política española hasta nuestros días. Busqué una serie de nombres característicos de la cultura de letras y otros tantos de la cultura científica.
Entre los primeros estaban Gabriel García Márquez (2.156), José Saramago (1.943), Günter Grass (853), Graham Greene (491), Truman Capote (470), Marguerite Duras (345), Norman Mailer (328) y Doris Lessing (264). Entre los segundos, Richard Feynman (59), Richard Dawkins (95), Stephen Jay Gould (100), Mario Bunge (107), Francis Crick (130), Carl Sagan (159), Luc Montagnier (159) y Stephen Hawking (444).
El lector habrá adivinado que los números entre paréntesis reflejan el número de veces que cada uno de esos nombres aparecen citados en la hemeroteca digital del periódico. El resultado, aunque fiable, no debe considerarse exacto, porque las hemerotecas digitales distan de ser precisas. Debo añadir un par de líneas sobre los criterios de selección. Se observará un predominio de los nombres anglosajones. Esto se debe a las obligaciones impuestas por la ciencia, cuyos nombres más prestigiosos y populares ofrecen un claro dominio de las nacionalidades anglosajonas. De ahí que para equilibrarlo eligiera escritores de la misma área geográfica, aunque en las letras el dominio anglono sea tan evidente.
He de confesar que esperaba unos resultados decantados, pero no hasta ese punto. Baste comparar algunos de los más significativos. Que un científico de la talla y de la popularidad de Stephen Hawking consiga menos menciones que Truman Capote o Graham Greene y muchísimas menos que Gabriel García Márquez roza lo asombroso. Pero que el descubridor del ADN, Francis Crick, tenga la mitad de menciones que Doris Lessing roza lo grotesco. Los números de Richard Feynman, Richard Dawkins o Stephen Jay Gould son incomprensibles desde la perspectiva de una persona culta. Por no hablar de cómo se han traducido periodísticamente las aportaciones a la humanidad de Luc Montagnier, el descubridor del virus del sida.
Cometeríamos un error, sin embargo, si creyéramos que los resultados reflejan alguna particularidad específica del diario El País. La misma consulta en el archivo del New York Times ofrece resultados similares y el mismo décalageentre los hombres de letras y los hombres de ciencias. Y estoy convencido de que la consulta de Le MondeThe Guardian o La Repubblica no daría resultados distintos. Los motivos de esta abismal diferencia de trato no son específicos de ningún país y se insertan en lo más profundo de la cultura periodística. Es probable que alguno piense que en realidad se insertan en lo más profundo de la cultura a secas. Los tres milenios de civilización, contados a partir de la invención de la escritura, ofrecen una ventaja considerable a la cultura de letras, asociada inexorablemente con la religión y el mito. Durante todo este tiempo la ciencia ha sido un modo de conocimiento subordinado y absolutamente elitista. Pero la mención del periodismo tiene sentido contemporáneo porque la apreciación colectiva de la cultura, y ya no digamos el concepto de popularidad, son inseparables del desarrollo de los medios de comunicación de masas. Cuando Charles Percy Snow pronunció en 1959 su famosa conferencia sobre las dos culturas, donde abogó por la superación del foso abierto entre las ciencias y las letras, estaba aludiendo a un problema si no creado, al menos tremendamente amplificado, por el periodismo. En una próxima entrega veremos hasta qué punto la identificación del periodismo con la literatura no se limita a la onomástica, sino que nutre lo que podríamos llamar, aun incurriendo en el abuso, la epistemología periodística dominante.
(Muy Interesante, mayo de 2012)

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