¿Es excluyente un mercado libre?

Juan Ramón Rallo.



Uno de los argumentos preferidos por una parte de la izquierda para criticar a los mercados libres y defender la intervención del admirado gobernante de turno es que los mercados son excluyentes, a saber, que dejan inexorablemente fuera a una parte muy importante de la población a la que, por supuesto, habría que rescatar de las penitentes llamas de la libertad merced al ejercicio de la muy sabia y ordenada coacción estatal sobre el resto de la sociedad.
Aunque la idea es un trasunto, consciente o inconsciente, del (muy equivocado) concepto de ejército de reserva industrial de Karl Marx, en la actualidad este prejuicio “anti-mercados libres” ni siquiera suele tratar de demostrarse con demasiada dedicación: a partir de una observación sesgada y poco informada de la realidad circundante, es habitual presentarlo como una lacra evidentísima de las sociedades modernas, cuando, por ejemplo, bien podría serlo del excesivo intervencionismo estatal. Así pues, antes de proceder a refutar el atolondrado razonamiento de que los mercados no aglutinan a toda la población, será menester dotarlo de un cierto contenido (armar argumentalmente las críticas) para, luego, proceder a mostrar sus principales fallas.
En general, se me ocurren tres grandes razones por las cuales cabría pensar que los mercados libres dejan fuera de la división social del trabajo a una parte de la población. La primera es que el mercado tiende a la sobrecapacidad productiva, volviendo redundante a una parte de los trabajadores. La segunda, que los menos hábiles (o más débiles o más pobres) son incapaces de competir con los más hábiles (o más fuertes o más acaudalados). Y el tercero, que durante las crisis económicas inherentes al capitalismo, gran cantidad de recursos quedan forzosamente ociosos e inempleables.
Para refutar los dos primeros argumentos bastará con tener presentes las contribuciones seminales de dos economistas no ya recentísimos y de última hornada, sino incluso anteriores al propio Karl Marx: David Ricardo y Jean Baptiste Say. Para la tercera, habrá que echar mano de un colega de profesión algo más reciente como el Nobel Friedrich Hayek.
En cuanto al primer temor, que las sociedades modernas operan con sobrecapacidad y que no hay espacio para todos los trabajadores, es necesario tener en mente lo que se ha conocido como “la ley de los mercados de Say”. En tanto en cuanto existan necesidades insatisfechas en una sociedad, esto es, en tanto en cuanto haya fines individuales que no encuentren satisfacción con la actual oferta de bienes y servicios, es absurdo siquiera sugerir que concurre un exceso relativo de oferta con respecto a la demanda: si existen demandas insatisfechas es que subsiste margen para incrementar todavía más la producción. O viéndolo desde el otro lado, si la gente se empeña en ofrecer sus bienes y servicios en el mercado (oferta) es porque desea adquirir (demanda) otros bienes y servicios del mercado: nadie ofrece su trabajo y su propiedad gratuitamente sino a cambio de algo.
Desde luego, podrá suceder que algunas ramas de la producción se hallen en algún momento sobredimensionadas y que, por tanto, existan excesos de producción parciales (que no generales); pero esos excesos de producción parciales irán de la mano de carestías de producción también parciales: producimos demasiado de algo (vivienda, por ejemplo) porque producimos demasiado poco de otras cosas (bienes exportables, verbigracia). En cualquier caso, pues, lo que no se dará mientras existan demandas individuales sin saciar es una sobreproducción generalizada de bienes que excluya a una parte de la masa laboral del mercado y que le impida satisfacer sus fines vitales a través de éste.
La segunda posible línea de argumentación de la izquierda para justificar esta poco sólida crítica al mercado es el de la invencible competencia que ejercen los más hábiles, ricos o poderosos sobre los más torpes, menesterosos o desvalidos. El error en esta sede es el de concebir, de acuerdo con la caricatura anticapitalista al uso, que el mercado es una institución caracterizada por la salvaje y feroz competencia donde todo el mundo trata de imponerse y machacar al contrario y donde, cual película de Los inmortales, “sólo puede quedar uno”. Por el contrario, lo que caracteriza al mercado es la división cooperativa del trabajo: los diferentes agentes económicos tratan de especializarse en un área muy concreta de la economía para, posteriormente, proceder a intercambiar sus respectivas producciones especializadas. Es decir, “yo me especializo en esto, tú te especializas en aquello, los dos nos volvemos más productivos y, luego, trocamos nuestras respectivas mercancías”. Como puede observarse, la idea central de todo mercado es la cooperación pacífica y voluntaria para que, deliberadamente o más bien no, todo el mundo coadyuve a lograr los fines de los demás.
Por supuesto, en el mercado también existe un importante componente de competencia, pero no se trata de una competencia por coparlo y dominarlo todo (en tal caso, la división del trabajo dejaría de existir), sino por seleccionar en cada momento cuáles son los planes de negocios más adecuados y prioritarios de entre todas las combinaciones cuasi infinitas de recursos posibles. Es decir, la competencia empresarial es el mecanismo del que disponen los mercados libres para que, en un orden social tan extenso como es una economía con 7.000 millones de personas, la división descentralizada del trabajo no degenere en una “anarquía productiva” que vuelva estériles los frutos de la cooperación humana a tan gran escala.
Esto es básicamente lo que descubrió David Ricardo con su famosa ley de la ventaja comparativa que, simplificándola mucho, vendría a decir que cualquier factor productivo tiene su lugar en un esquema de división del trabajo aun cuando haya otros factores mucho más eficientes que él en todos los aspectos: en concreto, en aquel caso extremo de que alguna persona sea menos hábil en todo que sus prójimos, podrá especializarse en aquellas tareas en las que estos últimos sean relativamente menos eficientes. Por ejemplo, un premio Nobel de Medicina debe centrarse en su disciplina, por mucho que sea también un excelente apicultor o contable. Como el tiempo no es infinito y como no todo el mundo puede dedicarse a todo, conviene que los más hábiles se concentren en aquellas tareas para las que son relativamente mejores y que el resto de personas se centre en aquellas otras actividades algo menos importantes y valiosas que éstos dejan vacantes. Tampoco por esta vía, pues, se excluye a nadie en el mercado; al revés, todos –menores de 30, mayores de 30, hombres, mujeres, altos, bajos, delgados, obesos, solteros, casados, cojos, triatlonistas…– tienen su lugar en ese marco de cooperación pacífica, voluntaria y mutuamente beneficiosa que es un mercado libre.
Y, por último, ­­queda la posibilidad de que aparezcan recursos ociosos –recursos excluidos de la actividad productiva– durante las crisis económicas que sufre recurrentemente el capitalismo. Éste es, sin duda alguna, el menos disparatado de los tres posibles argumentos dirigidos a justificar que el mercado tiende a excluir a una parte de la población. A la postre, como bien explicó Hayek, las crisis son períodos durante los cuales la mayoría de planes de negocio insertos en un esquema de división del trabajo están siendo sometidos a una profunda revisión, de modo que no todos los recursos son fácil e inmediatamente recolocables de un lado a otro. Sin embargo, el razonamiento se presta a profundas matizaciones.
Primero, las crisis no las provoca el mercado, sino el excesivo intervencionismo estatal en las finanzas, de modo que atribuirle al mercado un subproducto de la intervención estatal (la lenta recolocación de los factores productivos en un período de catarsis empresarial) no parece la idea más acertada y justa que uno pueda emitir; sería tanto como acusar de dispendioso y despilfarrador a un individuo que con denodado esfuerzo ahorrara mes a mes enormes cantidades de dinero pero sufriera permanentes atracos y robos contra su propiedad: si careciera de un cierto capital no sería por sus malas costumbres financieras, sino por la violencia de la que es reiteradamente víctima. De hecho, el mercado libre es la manera más rápida y conciliadora de recolocar los recursos malinvertidos durante los auges insostenibles derivados del estatismo: más que a excluir, el mercado tiende a aunar a tantas personas y factores como sea posible en cada momento (de hecho, una de las críticas habituales contra la globalización es precisamente la de que tiende a engullirlo todo).
Segundo, otra parte muy importante de los recursos permanece ociosa debido a las rigideces regulatorias sobre los mercados que establece el Estado y que obstaculizan los ajustes de precios y la elaboración de nuevos planes empresariales: el caso típico, pero ni mucho menos único, es el de la legislación laboral, la cual, entre muchos otros fenómenos, permite explicar el problema de la “dualidad” (por qué a los jóvenes les cuesta mucho más acceder y conservar un empleo). Por consiguiente, tampoco en este punto habría que culpar al mercado de “excluir” a nadie sino más bien al Estado.
Y, en tercer lugar, el mercado va más allá de la tan extendida como reduccionista visión taylorista de “actividad fabril en forma de cadena de montaje”. Una definición adecuada del mismo ha de incidir en sus rasgos básicos de cooperación social voluntaria, lo que permite considerar como actividades de mercado aquellas tendentes a auxiliar a las personas que, en ciertos momentos, se encuentren desprotegidas. Me refiero no sólo a los negocios empresariales que obtienen un lucro monetario por ello (el caso de la industria de los seguros) sino también a las redes de caridad y ayuda mutua que tan extraordinarios servicios prestan durante las crisis en pos de la auténtica solidaridad (la voluntaria). No debería sorprender a nadie que los propios individuos sean capaces de organizarse y de desarrollar voluntaria y pacíficamente dentro del mercado suficientes mecanismos de inclusión y asistencia social –cuando no lo impide o desincentiva el Estado, como sucede con el monopolio de facto sobre los seguros por desempleo– sin necesidad de recurrir a la rapiña de la riqueza ajena: como si, en ausencia del ordeno y mando, del dirigismo paternalista gubernamental, las personas sufrieran un ataque de súbita avaricia o se vieran sumergidas en el caos organizativo (el síndrome del “no se os puede dejar solos”).
En realidad, de hecho, quien tiende a dividir a la sociedad y a excluir a una parte de ella de ese gran proceso de cooperación social llamado capitalismo es el intervencionismo estatal a través de sus omnipresentes tributos, prohibiciones, restricciones y regulaciones. Como ya expliqué en otra ocasión, no querer someterse al mercado (a negociar y alcanzar un acuerdo con los demás) equivale a querer imponerles al resto de personas la verdadera dictadura de los caprichos personales. Un arrogante vicio, por cierto, en el que son muy dados a caer los “intelectuales”, tal como denunciara Nozick, por cuanto los miembros de semejante tribu urbana tienden a pensar, por un lado, que ellos son capaces de organizar y dirigir la sociedad mucho mejor que un mecanismo impersonal como el mercado y, segundo, por cuanto tienden a pensar que sus contribuciones son más importantes de lo que el resto de iletrados individuos son capaces de valorar… y de pagar.
En definitiva, cuando la izquierda reclama un mayor estatismo para favorecer la integración social en realidad está promoviendo una mayor disolución de los lazos privados que de verdad cohesionan la sociedad; gravísimo problema que, obviamente, requerirá de una nueva ronda de intervencionismo gubernamental realimentado. Una dinámica perversa donde, claro, lo de menos suele ser la inclusión efectiva y cooperativa de todas las personas y lo de más, engordar al bienamado Leviatán.

Cabo de Creus

Fotógrafa: María Jesús Martín Villar.









Héroes, 15 de abril: Francisco Espina Vargas, Antonio Gómez Osuna y Coro Villamudria Sánchez

Fuente: Libertad digital.

A la una y cuarto de la tarde del 15 de abril de 1988, dos miembros de ETA asesinaban a tiros en Vitoria a ANTONIO GÓMEZ OSUNA y a FRANCISCO ESPINA VARGAS, miembros de una patrulla motorizada del Cuerpo Nacional de Policía. La patrulla realizaba unas identificaciones de sospechosos relacionados con el tráfico de drogas. Previamente, un colaborador de la banda asesina había efectuado una llamada a la comisaría de Vitoria para avisar de que en la calle Heraclio Fournier de la capital alavesa había jóvenes toxicómanos pinchándose. La llamada pretendía atraer a la Policía hacia esa zona.

Mientras los agentes llamaban por su radioteléfono para comprobar la identidad de algunas de las personas que se encontraban en la zona, tres terroristas salieron del Bar Adurzabal y dispararon contra ellos. Según varios testigos presenciales, los agresores atentaron primero contra uno de los policías y, posteriormente, dispararon contra el segundo, que intentó resguardarse entre dos coches aparcados en la misma calle. Francisco Espina recibió tres impactos en el pecho y fue rematado en el suelo. Ninguno de los dos tuvo tiempo de hacer uso de su arma reglamentaria. En el atentado también resultó herido Luis Vives, de 27 años, que tuvo que ser trasladado al Hospital de Santiago Apóstol. Era una de las personas que, en ese momento, estaba siendo identificada por la Policía.
Los terroristas, que actuaron a cara descubierta, huyeron a pie hasta la Iglesia de San Cristóbal, situada a unos cien metros, donde un cuarto etarra les esperaba en un coche Talbot 150 blanco, posteriormente abandonado en una calle de la capital alavesa. El vehículo había sido robado previamente por la fuerza, dejando a su propietario dentro durante la comisión del atentado. Antes de emprender la huida, obligaron al dueño del coche a apearse. Tras el atentado la Policía encontró bajo un coche varios casquillos 9 milímetros FF parabellum. 
Los policías nacionales fueron trasladados al Hospital de Santiago Apóstol de la capital alavesa, donde a las 13:40 ingresaron cadáveres. Según el parte médico, Francisco presentaba varias heridas por arma de fuego, una con orificio de entrada en el globo ocular izquierdo y tres más en tórax y abdomen. Antonio, por su parte, presentaba tres impactos de bala en la región craneofacial y otros tres en la región torácica. Ambos trabajaban en Vitoria desde hacía siete años y habían pedido ya el traslado a Sevilla.
La capilla ardiente fue instalada a las siete de la tarde en el Gobierno Civil de Álava, y a las once de la mañana del día siguiente se celebraron los funerales en la parroquia de San Miguel de Vitoria.
La oficina de prensa del PNV aseguró que "ETA parece querer dar la razón a los socialistas, cuando afirman que la única vía para acabar con la situación de violencia en Euskadi es la policial".
El atentado fue cometido por miembros del grupo Araba de ETA. Dos de ellos, Juan María Oyarbide y Manuel Urionabarrenetxea, no pudieron ser juzgados al resultar muertos en septiembre de 1989 en un enfrentamiento con la Guardia Civil. En 1991 fue condenado como autor material Juan Carlos Arruti Azpitarte. En la misma sentencia fueron condenados, en calidad de encubridores, el matrimonio formado por Miren Gotzone López de Luzuriaga e Ignacio Fernández de Larrinoa. Fueron los que dieron cobijo a los cuatro asesinos tras cometer el atentado. Por último, Ramón Aldasoro Magunacelaya, detenido en Miami en 1997 y extraditado a España desde EEUU en noviembre de 2001, fue juzgado y condenado por la Audiencia Nacional ese año también como autor material.
Francisco Espina Vargas, de 29 años, natural de Coria del Río (Sevilla). Estabacasado y tenía dos hijos de corta edad. Vivía en Vitoria desde 1981, donde obtuvo su primer destino en el Cuerpo Nacional de Policía. Había pedido traslado a su provincia de origen.


Antonio Gómez Osuna, de 32, era natural de La Puebla del Río (Sevilla). Casadoy con un hijo, igual que Francisco había pedido el traslado a Sevilla desde Vitoria, donde estaba destinado desde 1981.


Poco antes de las ocho de la mañana del 15 de abril de 1991, el policía Jesús Villamudria Lara se disponía a llevar a sus cuatro hijos al colegio y al instituto. Coro y Josune, gemelas de 17 años -que iban al instituto de Bidebieta-, Luis, de 15 -alumno de los Maristas de Champagnat- y Leire, de 12 -colegio Eucarístico San José-. Todos, menos Coro y su padre, estaban ya dentro del coche, pese a que el padre les dijo que no se metieran en el vehículo hasta que mirase los bajos, por si había algo.
En el momento en que Coro cerró la puerta, la vibración provocada por el golpe activó el mecanismo de iniciación de la bomba-lapa compuesta por tres kilos de amonal y colocada en la parte delantera del coche. La bomba provocó heridas mortales a MARÍA DEL CORO VILLAMUDRIA SÁNCHEZ, y heridas graves a su padre y a sus tres hermanos. Luisa Sánchez, la madre, lo vio todo desde el balcón de su casa, donde estaba despidiendo a la familia.
En los minutos que siguieron a la explosión se sucedieron en torno a las víctimas escenas de horror. La situación, vista por muchos escolares de la zona, era dantesca. Los cuerpos de los cuatro hermanos y su padre sobre el asfalto y atrapados entre el amasijo de hierros del coche. Coro y Leire, gravemente heridas. El joven Luis, despedido a 15 metros de donde se encontraba el vehículo, y la madre, Luisa, que en medio de una fuerte crisis nerviosa, no paraba de repetir entre sollozos "¿por qué les han hecho esto?".
Roberto Pascual, por entonces escolar y testigo de los hechos, contó años después cómo lo vivió: "Yo iba al instituto aquella mañana con un amigo escuchando música cuando de repente, a menos de 20 metros de nosotros, estalló la tragedia. Recuerdo que dejé mi mochila y me metí entre el humo sin saber por qué (...) Recogí al hermano del suelo y lo llevé a un portal para que le atendieran y que no viera aquello. Pero lo que más recuerdo es a la madre que bajó en bata a la calle gritando desesperada. Han pasado muchos años y muchos atentados más, pero aquel no lo olvidare jamás. Tengo 36 años y mientras viva no olvidaré el ruido, el silencio, el olor".
Coro falleció en la Residencia Sanitaria de San Sebastián dos horas y media después de haber ingresado. De los otros hermanos, la que estaba más grave era Leire, de doce años, que sufrió "politraumatismo, fractura de ambas piernas, heridas faciales, hematomas palpebrales y cuerpos extraños en sacos conjuntivales".
Jesús Villamudria, de 46 años y natural de la localidad burgalesa de Arlanzón, llevaba 21 años destinado en el País Vasco. Él y su familia habían sufrido dos atentados previamente perpetrados por ETA con granadas contra el inmueble en el que vivían en el barrio de Txintxerpe, en noviembre de 1990 y febrero de 1991. El ataque sepultó a Coro bajo cristales y escombros mientras dormía, aunque resultó ilesa. Debido a la tensión a la que estaba sometida la familia, Jesús pidió el traslado a otra provincia, aunque se le denegó porque el atentado no había sido selectivo contra él. Tras el asesinato de Coro fue destinado inmediatamente a Castellón.
Las reacciones al atentado no se hicieron esperar. "Siento vergüenza y ganas de llorar", comentó el lehendakari, José Antonio Ardanza, quien criticó duramente el doble lenguaje de ETA al pedir la negociación poniendo cadáveres de niños encima de la mesa.
Herri Batasuna, con su cinismo habitual, exigía al Gobierno que adoptara "los gestos requeridos" por ETA para reemprender las "conversaciones políticas", al tiempo que "lamentaba" (pero no condenaba) la muerte de la joven.
El delegado del Gobierno en el País Vasco, José Antonio Aguiriano, que hablaba el día anterior al atentado de una posible amnistía para los presos de ETA con delitos de sangre - "con el cese definitivo de la violencia todo es posible", había dicho-, expresaba tras el atentado su indignación e indicaba que "nunca podrá haber amnistía para los autores de un atentado" como el de Coro.
Los terroristas sabían perfectamente que ese vehículo lo utilizaba diariamente Jesús para llevar a sus hijos al colegio. La banda asesina asumía días después, en un comunicado publicado en el diario Egin, siete atentados, entre ellos el asesinato de Coro. En el mismo aclararon que no querían matar a la joven, sino a su padre, Jesús Villamudria. Y como habían hecho antes con aquellos atentados que provocaron especial rechazo social, la banda asesina intentó autoexculparse culpando al padre de la muerte de su hija porque "se sirvió de su familia como de un escudo". El comunicado de ETA añadía que "Coro Villamudria quería ser policía". Sobran los calificativos.
La capilla ardiente por Coro Villamudria quedó instalada por la tarde en el Gobierno Civil de Guipúzcoa y los funerales se celebraron al día siguiente en la Iglesia de la Sagrada Familia. Más de cinco mil personas recorrieron San Sebastián al día siguiente convocados por el Ayuntamiento.
Los autores del atentado no han sido juzgados. Supuestamente fueron los miembros del grupo Donosti de ETA José Joaquín Leunda Mendizabal, Francisco Javier Iciar Aguirre y Juan Ignacio Ormaechea Antepara, que resultaron muertos en agosto de 1991 en una gran operación antiterrorista de la Guardia Civil. A alguno de los fallecidos se le considera también autor, entre otros, del asesinato del coronel Luis García Lozano, el 2 de enero, y del guardia civil Luis Aragó Guillén, el 16 de marzo.
Coro Villamudria Sánchez había nacido en San Sebastián. Tenía 17 años y estudiaba tercero de BUP en el Instituto de Bidebieta, próximo al lugar en el que residía antes del primer atentado que les obligó a cambiar de domicilio. Sus compañeros del Instituto contaron a El Diario Vasco que siempre ponía su nombre con "K", Koro. La joven, según sus familiares, deseaba ser policía como su padre y había comprado ya los temarios para prepararse el examen de ingreso a la Academia de Policía. Por ello, las honras fúnebres se celebraron como si la joven fuera agente de policía. Sus restos mortales fueron enterrados en Camuñas (Toledo), localidad natal de su madre. Con el asesinato de Coro, ETA elevaba a 15 la cifra de niños y jóvenes asesinados desde 1960, además de haber causado heridas de diversa consideración a decenas de menores en diferentes atentados. 
El asesinato de Coro no sólo destrozó a su familia, sino que tuvo consecuencias terribles en la de José Santos Pico, amigo de Jesús que, tres años más tarde, el 14 de enero de 1994, se suicidó en la cocina de su casa.
Su viuda, Eva Pato, contó en septiembre de 2009 en el digital soitu.es no sólo el calvario de su marido, afectado por el llamado "síndrome del norte", sino su lucha porque José sea reconocido como víctima del terrorismo de ETA
Eva conoció a José Santos a finales de 1978, cuando la Policía comenzó a admitir a mujeres. Ella quería ingresar en el Cuerpo y se animó a enviar la solicitud junto a unas amigas en San Sebastián, donde vivía. El chico que recogía los papeles era José. Su vida en pareja estuvo condicionada, desde el principio, por la banda terrorista. Eran los años de plomo.
"Caían por decenas. Entre los asesinados de 1979 y 1980 había varios compañeros de José y amigos de la cuadrilla con la que solíamos salir. Eso le hizo mucho daño, y le convirtió en un hombre más temeroso y, aunque él no se escondía, sí que intentaba pasar desapercibido", recuerda Eva, que también tuvo que ocultar en el trabajo la profesión de su marido. "El remate a su situación de angustia se produjo en noviembre de 1990. Fue entonces cuando fuimos a vivir a las casas de la Policía en Pasaia. La primera noche allí nos pusieron una bomba, fue la bienvenida de los terroristas".
En ese momento, el matrimonio tenía una niña de pocos meses y dos chavales de seis y diez. Pero fue el asesinato de Coro Villamudria lo que agravó la situación. "José comenzó a temer por la seguridad de nuestros hijos: dejó de llevarles a la escuela, de ir a casa de familiares, de salir con los amigos... Era otra persona", recuerda Eva. El 14 de enero de 1994 una doctora, amiga de la familia, encontró a José muy mal y le dio cita con el psicólogo y una baja para que entregara a sus superiores.
El horror de lo que ocurrió ese fatídico día lo cuenta Eva en su testimonio en soitu.es.
Esa tarde él no vino a casa y decidió quedarse en el cuartel. Llegó sobre la media noche y subió sin pasarse por la garita de los compañeros que hacían guardia, como era su costumbre. Yo estaba ya en la cama, tumbada con la niña pequeña, que sólo se quedaba dormida conmigo. Entró en el dormitorio y fue directo a coger su arma del armario. Yo le pregunté si pasaba algo. 'No, no pasa nada', me dijo, y salió. Me levanté detrás de él, pero se metió en la cocina y, entonces, pasó todo... (...) Tendré grabado para siempre el sonido seco del disparo, el estruendo del cuerpo, como un mueble pesado, cayendo sobre el suelo de la cocina... Intenté que los niños no vieran nada, pero cuando bajé a pedir ayuda a los compañeros, los dos niños -de trece y siete años- entraron y ayudaron a su padre para que no se ahogara con la sangre.
No pudieron hacer nada. José Santos Pico acababa de quitarse la vida con su propia arma, "peroquien realmente le empujó a dispararse fue ETA. Fueron los terroristas quienes le mataron día a día hasta aquel momento en el que ocurrió todo", dice Eva.
Al poco tiempo de que se suicidara José, otro compañero de la misma promoción se pegó un tiro en aquellos mismos edificios, dejando viuda y dos hijos. Los expertos lo han denominado como"síndrome del norte", aunque las autoridades y mandos prefieren no reconocerlo.
El 15 de septiembre de 1982 saltó a la luz uno de los primeros suicidios provocados por este síndrome. Ese día, el sargento de la Policía Nacional Julián Carmona Fernández, que acababa de enterrar a cuatro de sus compañeros muertos en un atentado en Rentería, estaba comiendo un bocadillo que dejó para coger el arma de un compañero y, en presencia del general Félix Alcalá-Galiano, pegarse un tiro en la sien.
Eva Pato dedica desde Covite todos sus esfuerzos a conseguir que se incluya a los afectados por el "síndrome del norte" - unos 15.000, según cálculos internos de las asociaciones de Policía y Guardia Civil- en la ley de víctimas del terrorismo.

Pacific earthquake Engineering Research Center

The  PEER Reports Series comprises state-of-the art research in earthquake engineering and related fields by the more than 150 expert members of the PEER universities consortium. The current emphasis of the series is on performance-based engineering of lifelines and building structures.

PEER Research Reports - Complete.

I have included this web in my post about webs and documents about Structures .

Visual 45

Más imágenes en Tumblr.








































La regulación compulsiva empobrece

Xavier Sala i Martín.

La nueva regulación bancaria de Basilea está obligando a los bancos a (1) o bien ampliar capital o (2) o bien substituir créditos de "alto riesgo" (a empresas productivas) por créditos de "bajo riesgo" (al gobierno). Como los bancos españoles tienen dificultad para ampliar capital, lo que está pasando es que la regulación de Basilea está OBLIGANDO a los bancos a dejar de dar créditos al sector productivo para dárselo al sector público. Es decir, la incompetencia de los reguladores está ahogando la actividad productiva, está secando el crédito de la economía y está contribuyendo a la destrucción de riqueza y puestos de trabajo. La regulación inteligente protege. Pero la experiencia española demuestra, nuevamente, que la regulación compulsiva empobrece.

ARTÍCULO:
¡La culpa es de la DESREGULACIÓN del sistema financiero! Esa es la (acrítica) crítica repetida hasta la saciedad por infinidad de analistas enemigos del libre mercado, analistas que salen como setas cada vez que hay una recesión. Para ellos, más regulación es siempre equivalente a mejores resultados. El problema de su argumentación es que en su mente no tienen a los reguladores del mundo real (seres humanos con limitados conocimientos y con mochilas políticas) sino unos reguladores teóricos de libro de texto que siempre imponen restricciones que mejoran el bienestar.
La pregunta es: ¿es siempre buena la regulación? ¿Más regulación es siempre mejor? Desafortunadamente para el país, vivimos YA HOY las consecuencias negativas la regulación que se impuso hace sólo un par de años para solucionar la crisis financiera de 2008: las nuevas reglas de capital bancario mínimo impuestas por Basilea III son en gran parte responsables de la recesión europea de 2012. Me explico.
Básicamente, el negocio bancario consiste en obtener dinero de los depositantes y prestarlo a un interés superior. Si los ingresos son superiores a los costes (incluidos los costos que comporta la morosidad o los impagos), el banco tiene beneficios. Estos, aumentan el valor del capital del banco. Si, por el contrario, los costes son superiores se producen pérdidas que van a cuenta de lo propietarios que ven cómo se reduce el valor de su capital. Cuando, a base de perder dinero año tras año, un banco se queda sin capital se dice que es insolvente y debe cerrar.
Es muy importante, pues, que un banco tenga “suficiente” capital. La pregunta es: ¿Cuánto capital se considera suficiente? La respuesta depende de la cantidad de préstamos que haya concedido y de lo “arriesgados” que sean esos préstamos (es decir de la probabilidad de que no sean devueltos). Imaginemos un banco con capital de 10 millones, que ha captado muchos depósitos y ha acabado concediendo créditos por valor de 1.000 millones. ¿Tiene suficiente capital? Si los créditos concedidos tienen un riesgo del 5% de no ser devueltos, el banco sabe que un 5% de los 1.000 millones no van a ser devueltos por lo que va a perder unos 50 millones. El capital de 10 millones no va a ser suficiente para hacer frente a las pérdidas por lo que el banco será insolvente.
Noten que si el mismo banco tuviera un capital de 100 millones, podría hacer frente a las mismas pérdidas esperadas de 50 millones de créditos con toda tranquilidad. Para que un banco esté sano, pues, hace falta que la tasa de capitalización, es decir, la relación entre el capital del banco y los créditos concedidos sea suficientemente alta.
Es importante entender que los créditos concedidos deben ser ajustados por su riesgo porque en el ejemplo anterior, si en lugar del 5% el riesgo de impago sólo fuera del 0,5%, entonces se esperaría que las pérdidas sólo fueran de 5 millones y no 50 por lo que el capital de 10 millones sería suficiente. Es decir, si el banco ha concedido créditos con poco riesgo, con poco capital que tenga ya puede ir tirando. Dicho de otro modo, para saber si un banco tiene capital suficiente hay comparar su capital con los créditos concedidos ajustándolos por el riesgo de impago.
Teniendo en cuenta este criterio, antes de la crisis del 2008, los reguladores internacionales crearon lo que se llamó “Normas de Basilea II”, que obligaban a los bancos a que su capital fuera el 2% de la “suma de los créditos concedidos”, donde la “suma de los créditos concedidos” era una “suma ponderada por el riesgo de cada crédito”. En inglés eso se llama “Risk Weighted Assets” o RWA. El RWA es la suma ponderada de todos los activos, cada uno multiplicado por un número entre cero y uno: los que tienen cero riesgo se les multiplica por cero y los que tienen máximo riesgo, por uno. Es decir, Basilea II decía que el ratio Capital/RWA tenía que ser del 2%.
Las pérdidas sufridas durante la crisis de 2009-2010 hicieron pensar a los reguladores que esa tasa de capitalización era insuficiente por lo que en 2010 se volvieron a reunir y crearon las llamadas “reglas de Basilea III” que básicamente imponían un nuevo requerimiento: el ratio Capital/RWA tenía que subir desde el 2 al 7% para el 2019. El Banco de España, más papista que el Papa, impuso a los bancos Españoles no el 7% sino el 8% y no para el 2019 sino de manera inmediata, setiembre de 2011.
¿Cómo podían los bancos conseguir ese nuevo objetivo impuesto por la nueva normativa? Pues siempre hay dos maneras de subir un ratio: aumentar el numerador y reducir el denominador. Es decir: la primera manera de cumplir con la nueva normativa era pedir a los accionistas del banco que pusieran más dinero de sus bolsillos. Es lo que se conoce como “ampliación de capital”. El problema es que muchos bancos (por ejemplo, los españoles) han tenido serias dificultades para ampliar capital: porque el sistema financiero español ofrece pocas garantías en estos momentos.
La segunda manera de reducir el ratio de CAPITAL/RWA impuesto por los reguladores era reducir el RWA. Dado que el RWA es la suma ponderada de todos los activos (en este caso, los créditos concedidos por los bancos) donde las ponderaciones son distintas según el riesgo, la suma total de RWA puede disminuir si se substituyen créditos con mucho peso (es decir, créditos con mucho riesgo) por créditos sin peso (es decir, sin riesgo).
Y aquí es donde, sin darse cuenta, los reguladores han estado haciendo MUCHO DAÑO A LA ECONOMIA PRODUCTIVA!: Y no porqué impusieran un aumento de capital a los bancos sino porque, por ley y por alguna razón desconocida, los reguladores decidieron que un CRÉDITO AL GOBIERNO NO TENÍA RIESGO (y por lo tanto tiene un peso 0 en RWA) mientras que el crédito a una empresa tenía mucho riesgo por lo que puede llegar a tener un peso de 0,9 o 1 en RWA. Todos los bancos españoles que tienen dificultades para ampliar capital, al ver que se les requería que su ratio capital/RWA fuera del 8% les obliga a tener que substituir créditos “arriesgados” por créditos catalogados de “sin riesgo”. Es decir, cada vez que a una empresa productiva le vencía un crédito, no se le renovó y utilizó el dinero para comprar deuda pública. Dicho de otro modo: los bancos dejaron de prestar dinero a empresas productivas (y de paso contribuyeron a la destrucción de riqueza y de puestos de trabajo) para cumplir con la estúpida regulación impuesta por unos reguladores que fueron incapaces de ver que las reglas mal pensadas acaban siendo muy perjudiciales.
Lo irónico de la situación es que se ha inducido a los bancos a sacarse de encima los créditos al sector productivo y a comprar deuda pública simplemente porque el regulador decidió no se sabe por qué decir que la deuda pública no tenía riesgo. Cualquiera que haya leído los periódicos en los dos últimos años sabe que la deuda pública tiene un enorme riesgo de impago. Miren, si no, lo que les ha pasado a los que prestaron dinero al gobierno de Grecia o lo que les ha pasado a los proveedores de los ayuntamientos españoles! La deuda pública tiene riesgo y sería importante que tanto los reguladores como los bancos lo reconocieran cuanto antes mejor.
Resumiendo, la nueva regulación de Basilea está obligando a los bancos a (1) o bien ampliar capital o (2) o bien substituir créditos de "alto riesgo" (a empresas productivas) por créditos de "bajo riesgo" (al gobierno). Como los bancos españoles tienen dificultad para ampliar capital, lo que está pasando es que la regulación de Basilea está OBLIGANDO a los bancos a dejar de dar créditos al sector productivo para dárselo al sector público. Es decir, la incompetencia de los reguladores está ahogando la actividad productiva, está secando el crédito de la economía y está contribuyendo a la destrucción de riqueza y puestos de trabajo. La regulación inteligente protege. Pero la experiencia española demuestra, nuevamente, que la regulación compulsiva empobrece.