Héroe, 11 de marzo: Francisco Javier Gómez Elosegui

Libertad Digital.

Poco antes de las ocho de la mañana del martes 11 de marzo de 1997, ETA asesinaba en San Sebastián de un tiro en la nuca a FRANCISCO JAVIER GÓMEZ ELOSEGUI, psicólogo de la cárcel de Martutene y afiliado al sindicato ELA-STV.
El autor del disparo, el etarra Fernando Elejalde Tapia, fue detenido minutos después del atentado por miembros de la Policía Nacional. Otros dos terroristas lograron huir.
Francisco Javier Gómez Elosegui había salido de su domicilio, en el barrio donostiarra de Gros, para dirigirse a su trabajo. Cuando apenas había recorrido cien metros, en la intersección entre las calles José María Soroa y Berminghan, dos terroristas, una chica y un chico, se acercaron a él. El chico, encapuchado y con gafas, disparó al psicólogo un tiro mortal en la cabeza, tras lo cual los etarras salieron huyendo.
Poco después llegaba al lugar una ambulancia medicalizada. Los sanitarios practicaron maniobras de reanimación al herido antes de trasladarlo al Hospital Nuestra Señora de Aránzazu, donde ingresó cadáver a las nueve menos cuarto de la mañana. Según el parte médico facilitado por el centro sanitario, Gómez Elosegui presentaba una herida por arma de fuego con orificio de entrada en la zona occipital derecha y salida en la malar izquierda.
Justo en la acera de enfrente, en el Bar Soroa, se encontraban tres policías nacionales de paisano. Una agente se hallaba en el baño y sus compañeros estaban tomando café, cuando vieron pasar a una persona encapuchada. Salieron del establecimiento y, antes de que pudieran reaccionar, vieron cómo disparaban a Gómez Elosegui. Inmediatamente dieron el alto a los terroristas y echaron a correr tras ellos, mientras el psicólogo yacía malherido en el suelo.
Durante la persecución por varias calles de Gros, se produjo un "cruce de disparos" entre los policías nacionales y los dos etarras. Finalmente, uno de los policías nacionales se abalanzó sobre Fernando Elejalde Tapia en la calle José Arana y logró reducirlo. En el momento de su detención, Elejalde Tapia portaba una pistola de fabricación belga marca FN cargada con balas 9 milímetros parabellum, así como otro cargador en un bolsillo. La policía pudo comprobar más tarde que este arma es la misma que la utilizada en el asesinato de Eugenio Olaciregi Borda. Sin embargo, por el asesinato de Eugenio no se ha condenado a Elejalde Tapia. La otra terrorista, Irantzu Gallastegi Sodupe, alias Amaya, logró huir, al parecer en compañía de un tercer miembro de ETA, identificado como Javier García Gaztelu, alias Txapote. Estos dos terroristas formaban parte del grupo Donosti, del que en abril de 1996 fueron detenidos varios integrantes, entre ellos Valentín Lasarte.
Por el asesinato de Francisco Javier fue condenado en 1998 Fernando Elejalde Tapia a 28 años de prisión.
Francisco Javier Gómez Elosegui, de 37 años de edad y natural de León, estaba casado con María del Carmen Merino y tenía una hija de dos años, Irene. Francisco Javier  llevaba apenas seis meses viviendo en el número 17 de la calle José María Soroa, pero era una persona estimada entre el vecindario. La esposa de Gómez Elosegui se enteró del atentado por boca de sus compañeros de trabajo en el Ayuntamiento de San Sebastián. El concejal socialista Luis Felipe Hernández la acompañó al Hospital Nuestra Señora de Aranzazu, donde un hermano médico le notificó la muerte de su marido.
El fallecido, además de ejercer como único psicólogo de la cárcel de Martutene, era corresponsable del curso de Formación de Becarios del Cuerpo Técnico y Ayudantes de Instituciones Penitenciarias impartido por el Instituto de Criminología de San Sebastián. "Era un formador de funcionarios de prisiones y un transformador del medio penitenciario. Estaba muy volcado en la reinserción de los presos". Con estas palabras definió a Gómez Elosegui la directora de Derechos Humanos del departamento de Justicia, María Jesús Conde. Según fuentes sindicales, el psicólogo de Martutene fue el cerebro de ELA que participó en la redacción del documento sobre elacercamiento de los presos que este sindicato y LAB presentaron ante la comisión de Derechos Humanos del Parlamento vasco en diciembre de 1996. Simpatizante nacionalista y sindicalista de ELA/STV, era partidario de la negociación con ETA y el acercamiento de presos.
Además de su labor como psicólogo de la prisión de Martutene, Francisco Javier Gómez Elosegi formaba parte de la Asociación Vasca de Psicoterapia Dinámica y Sistemática, en la que, junto con otros siete profesionales, ofrecía asistencia a los afectados por la violencia en el País Vasco. Esta asociación se presentaba públicamente como un "Servicio de Atención Psicológica y Preventiva a Afectados por la Violencia Político Ideológica" y se define a sí misma como grupo apolítico, abierto a todo tipo de personas o colectivos. Consiguió financiarse con la ayuda de la Comisión Europea, unos fondos que evidencian su no vinculación a institución o colectivo vasco alguno.
Desde 1983, la banda terrorista declaró que los funcionarios de prisiones eran "objetivos militares" y "reos de justicia popular". Ese año asesinó al doctor Jorge Suar Muro, médico del penal de Puerto de Santa María. Tras ponerse en marcha la política de dispersión de presos en 1989, ETA reanudó su campaña de atentados contra este colectivo laboral. Entre ellos, José Ramón Domínguez Burillo, que igual que Francisco Javier Gómez Elósegui era psicólogo de la cárcel de Martutene. Hay que incluir también entre los atentados a funcionarios de prisiones el secuestro de José Antonio Ortega Lara, el más largo de los cometidos por la banda.

El estado de excepción lingüístico

Arcadi Espada.


El periódico sitúa el asunto de la inmersión lingüística en el terreno jurídico. Tiene motivos coyunturales. Pero es un camino cegado. Lo único que podría acabar con la inmersión lingüística es la política. La política que el Partido Popular y el PSOE se han negado a practicar durante tres décadas. Esconderse detrás de los jueces está ya demasiado visto. Este auto del tribunal catalán sitúa en su punto las cosas: le dice a ciudadanos españoles que vayan a pedir, a rogar, a suplicar, por su lengua. En esta humillación del que en su propio país ha de acudir a una ventanilla de provincias para que le concedan la misericordia de que sus hijos puedan estudiar en la lengua común está resumido todo el asunto. Los jueces, con las manos siempre bien lavadas, se limitan a aplicar el estado de excepción que ha decretado mucho antes la política. 

¿Por qué no somos gorilas?

Arcadi Espada.


El periódico saca tremendas conclusiones sobre la secuenciación del genoma del gorila. Dado que somos genéticamente calcados, aunque aún lo somos más al chimpancé, el periódico concluye que lo auténticamente humano debe estar en otro lugar distinto del mapa genómico. Desde luego: pero eso ya lo sabíamos desde que descubrimos nuestra gran coincidencia genética con la mosca del vinagre. Lo probable es que lo que nos hace humanos sea una particular organización de genes iguales. La lengua inglesa y la española se escriben con las mismas letras, aunque con resultado harto diferentes. Y, desde luego, sin salirnos de la propia lengua española uno puede escribir como un gorila o como the better angels. Ahora bien. Lo realmente asombroso es que el periódico no se ciña a la interrogancia, sino que afirme. Que afirme esto, y lo haga, además, en un comentario editorial: «El enigma de qué somos, el misterio de lo humano, reubica de nuevo el problema: la respuesta no está solo en la ciencia.»

Yo creo que esta conclusión lleva el discurso a una violencia estructural puramente intolerable. 

A Classic Milton Friedman Essay on Health Care


From a classic 2001 article by Milton Friedman, "How to Cure Health Care":

"Two simple observations explain both the high level of spending on medical care and the dissatisfaction with that spending. The first is that most payments to physicians or hospitals or other caregivers for medical care are made not by the patient but by a third party—an insurance company or employer or governmental body. The second is that nobody spends somebody else’s money as wisely or as frugally as he spends his own.

No third party is involved when we shop at a supermarket. We pay the supermarket clerk directly: the same for gasoline for our car, clothes for our back, and so on down the line. Why, by contrast, are most medical payments made by third parties? The answer for the United States begins with the fact that medical care expenditures are exempt from the income tax if, and only if, medical care is provided by the employer. If an employee pays directly for medical care, the expenditure comes out of the employee’s after-tax income. If the employer pays for the employee’s medical care, the expenditure is treated as a tax-deductible expense for the employer and is not included as part of the employee’s income subject to income tax. That strong incentive explains why most consumers get their medical care through their employers or their spouses’ or their parents’ employer.

We have become so accustomed to employer-provided medical care that we regard it as part of the natural order. Yet it is thoroughly illogical. Why single out medical care? Food is more essential to life than medical care. Why not exempt the cost of food from taxes if provided by the employer? Why not return to the much-reviled company store when workers were in effect paid in kind rather than in cash?

The revival of the company store for medicine has less to do with logic than pure chance. It is a wonderful example of how one bad government policy leads to another. During World War II, the government financed much wartime spending by printing money while, at the same time, imposing wage and price controls. The resulting repressed inflation produced shortages of many goods and services, including labor. Firms competing to acquire labor at government-controlled wages started to offer medical care as a fringe benefit. That benefit proved particularly attractive to workers and spread rapidly.

Initially, employers did not report the value of the fringe benefit to the IRS as part of their workers’ wages. It took some time before the IRS realized what was going on. When it did, it issued regulations requiring employers to include the value of medical care as part of reported employees’ wages. By this time, workers had become accustomed to the tax exemption of that particular fringe benefit and made a big fuss. Congress responded by legislating that medical care provided by employers should be tax-exempt.

The tax exemption of employer-provided medical care has two different effects, both of which raise health costs. First, it leads employees to rely on their employer, rather than themselves, to make arrangements for medical care. Yet employees are likely to do a better job of monitoring medical care providers—because it is in their own interest—than is the employer or the insurance company or companies designated by the employer. Second, it leads employees to take a larger fraction of their total remuneration in the form of medical care than they would if spending on medical care had the same tax status as other expenditures.

Employer financing of medical care has also caused the terminsurance to acquire a rather different meaning in medicine than in most other contexts. We generally rely on insurance to protect us against events that are highly unlikely to occur but that involve large losses if they do occur—major catastrophes, not minor, regularly recurring expenses. We insure our houses against loss from fire, not against the cost of having to cut the lawn. We insure our cars against liability to others or major damage, not against having to pay for gasoline. Yet in medicine, it has become common to rely on insurance to pay for regular medical examinations and often for prescriptions.

If the tax exemption for employer-provided medical care and Medicare and Medicaid had never been enacted, the insurance market for medical care would probably have developed as other insurance markets have. The typical form of medical insurance would have been catastrophic insurance (i.e., insurance with a very high deductible)."

HT: W.E. Heasley



Source: Mark Perry.

Químicos Modernos: Alexánder Butlerov, eclipsado por su genio.

César Tomé.




¿Puede una idea científica ser tan brillante que llegue a ocultar a su autor? ¿Tan esclarecedora que pase de forma prácticamente instantánea a los libros de texto como cosa sabida y que, por lo tanto, su creador no merezca ni siquiera una mención? Parece casi inconcebible que pueda ocurrir, pero ocurrió.

Estamos en septiembre de 1861 en Speyer (actual Alemania), en el Congreso de Médicos y Naturalistas Alemanes. Un profesor de una pequeña universidad rusa, Kazán, tiene anunciada una conferencia titulada “Sobre la estructura química de la materia”; un nombre muy rimbombante para un don nadie venido de la mitad de ninguna parte. Hoy día nadie recuerda nada de ese congreso salvo esa conferencia en la que se dijo por primera vez que “la naturaleza química de una molécula está determinada no sólo por el número y tipo de átomos sino también por su disposición. El estudio químico de las sustancias debe llevar a conocer su estructura y viceversa, el conocimiento de su estructura debe llevar a predecir sus propiedades”. La teoría estructural nacía de la mano de Alexánder Mijáilovich Butlerov.

Isobutano
Pero Butlerov no se quedó en la teoría. Predijo y demostró experimentalmente la existencia de isómeros, en concreto de dos butanos y tres pentanos. En 1866 sintetizaría el isobutano. En 1868 demostraría que en los compuestos orgánicos insaturados los carbonos se unen entre sí con enlaces dobles.

Estos resultados espectaculares hicieron que el catedrático de química inorgánica de la Universidad de San Petersburgo, Dimitri Ivánovich Mendeleev, propusiera para el puesto de catedrático de química orgánica a Butlerov, que ocuparía en 1868 y hasta su jubilación en 1885, un año antes de su muerte. En ese mismo año de 1868 se completaría la edición en alemán de su “Introducción al estudio completo de la química orgánica”, libro que había aparecido en ruso sólo dos años antes y que puede ser considerado el primer texto moderno de química orgánica.

Butlerov formó parte de una incipiente escuela química orgánica rusa iniciada por sus profesores en la Universidad de Kazán, Klaus y Zinin, y que continuaron sus alumnos Markovnikov, Zeytsev y Popov. Los estudios que inició Butlerov sobre la polimerización los culminaría en 1910 Serguéi Vasiliévich Lebedev con el primer método de producción de caucho sintético (polibutadieno).

Butlerov nació en Chístopol (Rusia) en 1828. Cursó estudios de zoología y botánica en la Universidad de Kazán, pero su talento para la química fue detectado por Karl Karlóvich Klaus y potenciado por Nicolái Nikolaévich Zinin. En 1849 se gradúa y en 1851 presenta su primera disertación (lo que hoy llamaríamos tesis de máster) titulada “Sobre la oxidación de los compuestos orgánicos”. En 1854 presenta su tesis doctoral dirigida por Zinin en la Universidad de Moscú, “Aceites esenciales”, pasando a ser profesor extraordinario de la Universidad de Kazán. En 1857, se convierte en profesor ordinario y consigue una beca para viajar al extranjero durante un año, que repartiría entre el laboratorio de Kekulé en Heidelberg y el de Wurz en París.

Este año de exposición a la vanguardia de la química le hace ver la importancia de la teoría y la construcción de modelos. En este período, en anticipación a lo que después sería su charla en Speyer, Butlerov tiene una intuición fundamental. Pasteur había estudiado la actividad óptica del ácido racémico en el año 1847, con resultados espectaculares. Sin embargo, en una época en la que todas las moléculas se entendían lineales, no existía una explicación de cómo ocurría este fenómeno a nivel molecular. Butlerov apuntó que la explicación podía estar en la tridimensionalidad de los enlaces del carbono, que formarían un tetraedro, lo que daría lugar a la posibilidad de imágenes especulares de las moléculas, explicación que, como sabemos hoy día, es la correcta.

Las aportaciones de Butlerov fueron tan revolucionarias y, a la vez, con una capacidad de explicación de los fenómenos observados tan grande, que esta misma grandeza le eclipsó en vida y después de muerto. Hoy día su nombre sigue sin aparecer en muchas historias de la química occidentales.

Esta entrada es una aportación de Experientia docet a la XIII Edición del Carnaval de Química que acoge Curiosidades de un químico soñador

Sigue el acoso al preso Rolando Castro Sánchez


Karen Ann Myers

American Gallery (Karen Ann Myers web).

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