Víctima, 25 de febrero: José San Martín Bretón

Libertad Digital.



A las tres menos veinte del 25 de febrero de 1992 ETA asesinaba al guardia civil JOSÉ SAN MARTÍN BRETÓN cuando se dirigía a su domicilio en la casa cuartel de Algorta, del municipio vizcaíno de Guecho. Juan Carlos Iglesias Chouzas,alias Gadafi, le disparó un tiro en la cabeza y después lo remató en el suelo. Iba acompañado por Javier Martínez Izaguirre, también integrante del grupo Vizcaya de ETA. Al menos dos testigos presenciales coincidieron en afirmar que, tras el asesinato, uno de los etarras gritó "¡Gora ETA!".
El etarra que les pasó la información sobre los movimientos de la víctima fue José Manuel Fernández Pérez de Nanclares. Éste solía coincidir en el tren con la víctima cuando ambos se desplazaban a su trabajo desde Guecho a Bilbao. Además, tras el atentado, los etarras se refugiaron en el domicilio del propio Fernández Pérez de Nanclares y de su esposa, María Ángeles Pérez del Río.
El atentado se produjo a unos 200 metros de la casa cuartel. Segundos después, los asesinos se introdujeron en un vehículo y huyeron del lugar, abandonando el coche en una calle cercana. El Gobierno Civil atribuyó el atentado a los dos liberados del grupo Vizcaya de ETA que aún permanecían en activo.
Los terroristas abandonaron el vehículo cerca de la plaza donde asesinaron a José. Posteriormente fue inspeccionado por equipos de desactivación de explosivos del Cuerpo Nacional de Policía para comprobar si contenía algún artefacto, aunque no hallaron nada.
Pasadas las 15:45 horas, la jueza que se desplazó a la plaza de Villamonte para instruir las primeras diligencias ordenó el levantamiento del cadáver. En el lugar donde cayó el cuerpo del guardia civil había un enorme charco de sangre.
Javier Martínez Izaguirre fue condenado por este asesinato en 1995 y Juan Carlos Iglesias Chouzas,Gadafi, en 2007. También en 1995 fueron condenados como cómplices José Manuel Fernández Pérez de Nanclares y su esposa, María Ángeles Pérez del Río.
Desde enero de 2010 José Manuel Fernández Pérez de Nanclares gozaba de un régimen de semilibertad pocos meses después de haber rechazado la violencia. La medida se vio confirmada el10 de febrero de 2012, cuando el Ministerio de Interior concedió a José Manuel Fernández Pérez de Nanclares el tercer grado penitenciario, lo que supone un régimen de semilibertad que le permitiría salir diariamente del centro penitenciario en el que cumple condena con la única obligación de ir a prisión a dormir. El etarra había sido condenado a un total de 41 años de cárcel como colaborador del grupo Vizcaya de ETA, condena que, gracias a la aplicación de la doctrina Parot, estaba cumpliendo en la prisión de Basauri. La medida supone la confirmación de la apuesta del ministro de Interior del Partido Popular, Jorge Fernández Díaz, por impulsar la llamada Vía Nanclares. Según el Ministerio de Interior, el asesino de la banda estaba completamente desvinculado de la organización terrorista y habría cumplido con los requisitos para obtener el tercer grado. Así lo manifestó en un comunicado remitido a los medios de comunicación en el que se señalaba que Fernández Pérez de Nanclares había "dado muestras de una evolución positiva cumpliendo las exigencias legales establecidas en la legislación penitenciaria, entre ellas: la desvinculación de la organización terrorista, la petición de perdón expreso a las víctimas y la disposición a la reparación del daño". Sin embargo, fuentes cercanas a la familia del agente asesinado aseguraron al diario El Mundo que ni el etarra ni nadie de su entorno se había puesto en contacto con ellos para pedirles perdón (El Mundo 11/02/2012).
Por su parte, la mujer de Fernández Pérez de Nanclares, la etarra María Ángeles Pérez del Río,obtuvo el tercer grado en enero de 2003, que le fue concedido por la juez Ruth Alonso contra el criterio de la Junta de Tratamiento Penitenciario de Martutene.
José San Martín Bretón era del pueblo riojano de El Redal, donde fueron inhumados sus restos mortales. Tenía 49 años cuando fue asesinado y llevaba quince destinado en el País Vasco. Trabajaba en las oficinas de la Comandancia de la Guardia Civil en La Salve (Bilbao). Estaba casadocon Mari Carmen Calvo y tenía dos hijos, uno de ellos, Fernando, guardia civil; el otro hijo, Luis, estaba en Cádiz cumpliendo el servicio militar en el momento del atentado. Su mujer, delicada del corazón, tuvo que ser ingresada cuando supo lo que había pasado.
En septiembre de 2009 contó al digital soitu.es cómo fue su vida desde entonces. Para Mari Carmen, la "alegría se perdió aquel fatídico martes. Se terminaron las Navidades, los cumpleaños, la alegría de las bodas de mis hijos o de las comuniones de las nietas...".
Un año después del asesinato de José se plantó en el Ministerio para pedirle a José Luis Corcueraque hiciese algo ante su delicada situación. Hacía un año que no recibía ningún ingreso ni cobraba ninguna pensión de viudedad. La conversación con el ministro fue tan tensa que Mari Carmensufrió ahí mismo un infarto:
Allí apareció una doctora, que curiosamente era paisana de Ezcaray, y que recriminó con dureza la actitud del ministro: "ETA les mata a los maridos y tú, las rematas". Así que imagino que no fui la primera a la que trató así.
Fernando, el hijo mayor, se enteró del asesinato de su padre viendo la televisión mientras hacía guardia en el cuartel —"tuvo que dejar el Cuerpo al caer en una depresión"—; y el pequeño, Luis, viajó engañado desde Cádiz, donde se acababa de alistar en la Armada, y delante de los periodistas apostados en el domicilio familiar, le comunicaron la triste noticia.
La obsesión de los dos fue verle, incluso Luis se encaró con un superior para que le abrieran el ataúd y poder besarle. Yo, en cambio, como estaba tan malita del corazón, me quedé sin poder despedirme.
La familia no permaneció mucho tiempo en Guecho, porque les dijeron que su hijo Luis había aparecido en unos papeles de ETA como posible objetivo. Así que decidieron irse a Logroño. Mari Carmen termina la entrevista en soitu.es diciendo:
El perdón es imposible. ¿Qué consiguieron matando a José San Martín Bretón? Nada. Ni la liberación de ningún pueblo oprimido, ni la construcción de una Euskadi independiente... Sólo dejar una familia totalmente destrozada, a unos hijos sin el cariño de su padre y a una mujer sola, muy enferma y más débil de lo que estaba.

Misrata Calling

Alberto Arce.



Las familias pudientes de Misrata colaboran con la rebelión proporcionando a los desarrapados de primera línea de todo lo necesario para la guerra. Dinero, espacio, hombres, conexiones a internet, comida, coches, armas, traductores para los extranjeros y gasolina. Son el vértice sobre el que pivota el levantamiento, aunque ignoro si serían capaces de conseguirnos una cerveza.

El lugar al que nos llevan no se ve desde la carretera. Una vez franqueado el portón de entrada, custodiado por dos hombres armados, intuimos una casa inmensa, protegida por muros y árboles de miradas indiscretas, y poco a poco empezamos a comprender el lugar. Si esto fuese la oficina de una multinacional habría un cartel que rezaría Departamento de Coordinación y Logística & Alojamiento para periodistas freelance. Una vez traspasada la puerta nos encontramos más bien con una mezcla de loft bélico de Google y sala debrokers en pleno pánico bursátil: antenas de transmisión por satélite, cajas de comida, cajones con armas y una inmensa pantalla de Mac, todo enlazado por una red de cables que atraviesan los pasillos, abarrotados de gente armada que no para de moverse de una habitación a otra. Hay un gran recibidor lleno de sacos de dormir, todos ocupados por jóvenes que no se separan de su arma ni de sus ordenadores, permanentemente conectados a Facebook y Twitter.

“Bienvenidos. Podéis dormir aquí”. Rompiendo el laconismo que parece caracterizarles, nos llevan hasta una especie de habitación de albergue. Varios colchones amontonados, la persiana bajada, algunos cristales rotos y una bombilla que alumbra precariamente la habitación. No estamos solos. Hay una mochila y ropa extendida sobre el único colchón que parece usado. Lo ocupa Marie Colbin, corresponsal del Sunday Times. Una institución a la que tardaríamos días en conocer. Un fotógrafo francés, que no se mueve del sofá y administra las palabras como si fueran sus últimos ahorros, nos da la bienvenida y poco más. Es uno de los supervivientes de los morteros que mataron a Tim Hetherington y Chris Hondros y ahora solo piensa en irse de Misrata. El corresponsal de la RAI, un tunecino simpático que, por supuesto, habla árabe, charla con varios combatientes con la misma calma con la que se tomaría un café en una terraza de Roma. Nos ayudaría bastante al principio.

Siempre es un lujo para el periodista dormir junto a los combatientes. Cuanto más cerca de la información, mejor. Además, en Misrata no hay hoteles. La Lonely Planet a la basura. Hay comida y colchones de sobra. Se lo contamos a Javier Espinosa, corresponsal de El Mundo, que está durmiendo solo en un gimnasio y en seguida se nos suma a Ricardo y a mí. En Misrata, las estrellas de los alojamientos dependen de la cercanía a los que mandan.

Ahmed, Soheib y Alí hacen las veces de anfitriones y se nos presentan. Son adolescentes y universitarios. Los dos primeros estudiaban inglés en la Universidad de Misrata antes del 17 de febrero, y llevan combatiendo desde el mes de marzo.
Alí ha venido desde Bengasi. Trabajaba junto al cuarto en discordia, Mohammad, en una tienda de material deportivo propiedad suya. En Misrata aprenderemos a distinguir dos tipos de combatientes: los que te enseñan fotos de escenas bélicas en el móvil y quienes prefieren mostrarte apacibles postales de su vida anterior. Alí y Mohammad pertenecen a esta última categoría. En vez de asegurarnos que llegaremos a Trípoli en caravana triunfal, su conversación me recuerda a la de dos comerciantes en una feria textil. “Importábamos la mercancía desde Italia y teníamos la mejor tienda de deportes de todo el este de Libia”. Después de la charla nos ofrecen “macarrones con algo de carne”. Tampoco lo sabíamos entonces, pero ese sería el menú del mes. Durante la cena nuestros anfitriones se ofrecen a mostrarnos el vídeo de la muerte de los periodistas Tim y Chris, de la que ellos fueron testigos. Y, como si buscaran justificar su macabro ofrecimiento, añaden: “Todo en Misrata es objetivo militar. Vosotros también”.

Antes de comenzar a hablar y relatarme las escenas de los combates de la calle en Trípoli, Ahmed se lía un peta. Hachís del bueno. Va a ser cierto lo que decía Gadafi respecto a los drogadictos y borrachos que se han levantado contra el guía de la revolución. Eso, o que normalidad es tener 24 años y fumarse un porro antes de dormir.

Si el relato de Ahmed es desganado, el de Soheib es confuso. Le apartaron del frente después de que mataran a un amigo suyo y él perdiera su arma. O las dos cosas al mismo tiempo. Ni siquiera es capaz de explicarse. Lo único que queda claro de su historia es que quiere un arma para regresar lo antes posible al frente. Es más infantil y está igual de desubicado que Ahmed, pero a diferencia de éste, Soheib se hace el valiente, aunque no sea necesario. A nosotros no tiene que convencernos. Quizás trata de convencerse a sí mismo.

Alí es cojo y no combate con armas. Lleva una pequeña cámara de fotos y con ella graba vídeos para la cuenta de Youtube del movimiento 17 de febrero. Siempre va más allá que los fotógrafos y los cámaras extranjeros. No lo hará mejor, quizás no, pero sí desde más cerca. Su desprecio por la vida es total. Su sonrisa, inmensa.

“Si Allah decide que muera aquí, mi vida será un éxito”, nos cuenta. “Yo soy periodista y combatiente. Yo soy libio, vosotros no. Vosotros necesitáis salir de aquí con vida. A mí me da igual. Pero pasad por el salón antes de comer”.

Alí se muere de risa como actitud vital pero no deja que nadie se equivoque. Es un tipo serio. Para muestra, su frase lapidaria.

–Y si después de la guerra no sobrevivo, mejor. Así no me pueden engañar tres veces.
–¿Alí? –le miro sorprendido.
–Lo que has oído. 

En la otra esquina del gigantesco salón vemos a una docena de hombres discutiendo en grupos en torno a Ridaa. Además de venir a buscarnos al puerto no sólo es el jefe de todo esto, sino que lo parece. Barbudo, de unos 50 años bien llevados, tocado con una gorra que luce los emblemas de la rebelión, maneja, sentado en el suelo sobre cojines, entre cartones de Marlboro y los ceniceros repletos de colillas, dos pantallas de ordenador permanentemente conectadas a Skype, una radio y varios teléfonos vía satélite. Saluda casi sin mirarnos, con esa actitud de quien no se dirige nunca a ti y te obliga a preguntarle dos veces antes de reconocer que te ha oído. Actitud de jefe.

Ofrece café, tabaco y la clave para utilizar internet. “¿Para quién trabajáis?”. Para medios españoles, contestamos con la boca pequeña. “Aquí duermen también varios compañeros vuestros. Ya los conoceréis. Cualquier cosa que necesitéis, me la pedís. Comida, coche, traducción. Estamos a vuestra disposición. Gracias por venir a Misrata. Mañana podréis salir. Los chicos os llevarán donde les pidáis y cuidarán de vosotros”.

Es de noche, después de la batalla, cuando los rebeldes hablan y se comunican con el mundo a través de Skype. Los hombres reunidos en esta casa son, también, pluriempleados de guerra, que cada día reciben la llamada de todo tipo de medios. Son los comentaristas sobre el terreno que intervienen en CNN, Jazeera, Arabiya, BBC, Rusia Today. Todos hablan inglés y tenían profesiones liberales antes de que empezase la guerra. Algunos continúan trabajando en el hospital y estas conexiones con el mundo exterior son su único momento de relax. Antes de las entrevistas se realiza un resumen de la situación y se discute qué decir y cómo decirlo. No les oigo cocinar mentiras, sino compartir información. Pero tengo, todavía, poca información para estar seguro de esto.

En el salón, aprendiendo y escuchando entre portavoces, combatientes que toman té sin desprenderse de sus armas, jóvenes que chatean en Facebook y el sonido constante de las actualizaciones que llegan del frente a través de la radio, un hombre simpático que no llega al metro y medio y tiene una voz de pito que cuesta tomarse en serio, se levanta y se nos presenta. Dice que es ingeniero.

Pide que nos descalcemos y nos sentemos con él. Sirve café y abre la pantalla de su ordenador. “¿Conocéis este programa? Se llama Google Earth”. Nos muestra un mapa en visión satélite, atravesado por rayas de todos los colores. Se trata de un hombre mayor que juega a utilizar el Photoshop. “Os voy a explicar dónde se encuentran en estos momentos nuestras barricadas y las tropas de Gadafi. Así podréis moveros con información y decidir dónde queréis ir”. Tira de radio y comienza su ronda de preguntas, que traduce inmediatamente en líneas y puntos. “Aquí, en el este, avanzamos a la altura de este cruce de carreteras, al final de Karzaz, después de la mezquita. Por el oeste, los combatientes están a las puertas de Burueya, quieren conquistar Zuryeq. Y si miras por la costa han avanzado un par de kilómetros más, pero han decidido retroceder porque son dunas y la posición es mala para pasar la noche. Estamos esperando visores nocturnos, pero no nos llegan. En el sur de la ciudad seguimos sin poder acercarnos al aeropuerto a partir de este puente. ¿Ves estas calles? Hay francotiradores y no podemos acercarnos aún. Pero es cuestión de pocos días”.

No se trata sólo de simpatía ni de hospitalidad, se trata de transparencia. Nos acaban de mostrar su... sala de situación, creo que las llaman.
  

Este texto es el capítulo sexto de Misrata Calling, que la semana que viene publicará la editorial Libros del K.O.

  

Otras piezas sobre Misrata en Fronterad: 
Misrata, desde la ciudad sitiada, por Guillermo Cervera y Adiós a Gadafi. Los últimos de Misrata, por Eduardo del Campo.

La sangre es de Cristo

Arcadi Espada.



Se alarma Julia en la radio de que los periódicos empleen la expresión bebé medicamento para casos como el de esta niña nacida ayer en Sevilla, algunas de cuyas células quizá consigan salvar la vida de su hermano. Comprendo su alarma estética, porque parece que en vez del cordón umbilical la niña lleve un prospecto; pero por lo demás no debe haber alarma ninguna. Los niños siempre han venido con un pan debajo del brazo. Ahora llegan también con su cordoncillo de células y es una gran noticia añadida. La humanidad lleva milenios encargando niños para proyectos concretos, que generalmente tienen que ver con la supervivencia y la felicidad de los padres. Es verdad, sin embargo, que cuando la Iglesia regía de preservativo principal nacieron muchos niños encargados por el célebre doctor Ogino; es decir, niños no deseados: pero tampoco pasa nada: en seguida se hacen con la casa y con el cariño de todos. En circunstancias desahogadas, como las que vive Occidente, los niños nacen porque sí, porque es preciso. Así los tuve yo: sin más plan y porque era mi obligación. Nunca me arrepentiré, porque tener hijos sólo es una elección cuando algo va mal.
El nacimiento de la bebicilina sevillana provocará, como es natural, la reacción de los capellanes. Ya se alteraron visiblemente con la alegría general que provocó un nacimiento similar en 2008, y salieron en seguida a amargarla de un modo sólidamente pintoresco. Sí, sí mucha alegría pero porque no pensáis en la cantidad de embriones muertos (¡o lo peor, muertos de frío!) que ha supuesto la selección genética necesaria para el nacimiento del bebé. Un argumento realmente sorprendente, en lo macro, si se tiene en cuenta que lo que estaba en juego era la vida, no de un embrión, sino de un niño; y también en lo micro: porque el argumento capellán me hizo pensar también sombríamente en la cantidad de hermanitos muertos que se quedaron en el camino de mi espermatozoide único y triunfal, aquella vez (¡al menos una vez decía el glorioso anuncio!) en que conseguí llegar primero, sin posible discusión.
Por lo demás la reacción católica al nacimiento de Sevilla permite comprobar algo realmente insospechado: lo cerca que está la oficialidad católica de una de sus peores y más vulgares sectas. A Jehová, tómese en sentido amplio, parece no gustarle la idea de que la sangre de un hombre pueda salvar la vida de otro.
(El Mundo, 14 de febrero de 2012)