Historia de la ciencia. Javier Ordóñez, Víctor Navarro y José Manuel Sánchez Ron. 2003

El libro es un recorrido a lo largo de la historia de la humanidad buscando la relación entre la ciencia actual y los conocimientos que han dado lugar a la misma, desde los tiempos de Babilonia y Egipto, hasta el Proyecto del Genoma Humano, pasando por todas las épocas intermedias. He echodo en falta más referencias a China y Asia, en general. Lógicamente el libro se limita a dar pinceladas porque abarca la totalidad de la historia de la humanidad, centrándose en el tema de la ciencia. Pero lo anterior no ha mermado mi interés sino que ha despertado mi curiosidad por saber más e investigar más a fondo los muchos temas y personas mencionadas. Todas las ramas de la ciencia están presentes: medicina, física, astronomía, química, biología, etcétera. Es evidente que el saber es acumulación y este libro lo deja claro, por ejemplo en el caso de Aristóteles que "se había beneficiado sin duda de la buena biblioteca que había en la Academia y, probablemente, allí supo valorar la eficacia que tiene la acumulación de conocimiento para la producción del conocimiento" (p. 110). 

Lo incluyo entre mis libros favoritos.

Describe algunos de los acontecimientos históricos que acompañan a los temas relacionados con la historia de la ciencia, para enmarcarlos en su contexto. La lectura es muy amena y sirve para ver la complejidad de los problemas a los que se ha enfrentado la humanidad y cómo se han buscado herramientas para intentar solucionarlos, o al menos convivir con ellos. Y de todas esas herramientas la ciencia es una de las mejores.

Cada uno de los autores se ha encargado de una de las tres partes del libro.

Primera parte: Antigüedad y Edad Media. Javier Ordóñez. 

Abarca desde Babilonia y Egipto hasta el siglo XIV, aproximadamente  En esta parte se repasan los inicios de lo que ahora llamamos ciencia, porque "parece difícil sostener que podamos hablar de algo llamado ciencia que se haya mantenido constante a lo largo de milenios" (p. 15).

Fundamental para el futuro desarrollo de la humanidad fue la invención de la escritura, cuyos "primeros sistemas (...) datan al menos de tres mil años antes de nuestra era y parece que se desarrollaron de forma paralela en las dos regiones mencionadas (Mesopotamia y el Nilo)" (p. 31). Por ejemplo: "la lengua griega tuvo la flexibilidad suficiente tanto para expresar las ideas, conocimientos y prácticas que lograron inventar, como para difundirlas" al estar "dotada con una herramienta alfabética, unas decenas de signos que podían dar cuenta de cualquier sonido" (p. 63).

Con algunas curiosidades que desconocía, como el origen de los nombres de los días de la semana, atribuidos "a los siete cuerpos celestes móviles, en el orden siguiente: Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno y Sol" (p. 45).

Igualmente curioso comprobar como "Aristarco (en el siglo III a.de N.E.) sugirió que el centro  del mundo estaba ocupado por el Sol, que la tierra y todos los planetas giran en torno a él y que sólo la Luna giraba en torno a la tierra". Y "conviene aclarar y subrayar que no era la primera vez que se hablaba de Heliocentrismo. En el siglo anterior, un filósofo ateniense llamado Heráclides" ya lo había sugerido (p. 142). Habría que esperar muchos siglos para que la teoría tuviera una aceptación total. La verdad tarda en abrirse paso, pero es inexorable.

Por la misma época Eratóstenes fue capaz de determinar el tamaño de la Tierra (p. 157). ¡Estamos hablando de hace unos 2300 años!

El autor desmonta dos mitos: El primero que el "Imperio romano fue acientífico o que contiribuyó poco al desarrollo de las ciencias", y el segundo que "el periodo posterior a su disolución (...) es un milenio a lo largo del cual las diferentes sociedades mediterráneas vivieron en una cierta oscuridad que sólo se levantó someramente en el amanecer del siglo XV" (p. 176). De hecho, gracias a la presencia del Islam "brillaron las ciencias y las técnicas, la filosofía natural y las matemáticas. Pero la ciencia islámica hizo algo más: sacó al Mediterráneo de su aislamiento y lo relacionó con el oriente más extremo" (p. 185).

La relación entre ciencia y religión no podía esquivarse, y el libro no lo hace, por ejemplo, el autor escribe que "no debemos interpretar que el cristianismo fuera una religión necesariamente acientífica, pero al igual que ocurrió con el Islam, la otra gran religión monoteísta, las ciencias debieron negociar con ella como no lo habían hecho hasta entonces ni en el mundo helenístico ni en el romano. Así, las ciencias que se cultivaron hasta ese momento tuvieron que justificarse a partir de entonces ante la teología, una nueva ciencia cuyo objetivo era un conocimiento que se pretendía superior a cualquier otro por la excelencia de su objeto, el mismo Dios" (p .182).

"Al-Jwarizmī dio a conocer la utilización de símbolos numéricos de origen hindú que colocados en orden y utilizando el cero, permitían realizar operaciones aritmética con mucha más facilidad. Al-Jwarizmī sentó igualmente los fundamentos del álgebra." (p. 189).

La astronomía fue otro punto fuerte de la ciencia islámica. Por ejemplo, Al-Battani fue capaz de medir la inclinación de la elíptica, es decir, el ángulo entre la órbita de la tierra y el plano ecuatorial, con un error inferior a medio minuto de arco, y el de los puntos equinocciales, con un error de sólo una hora" (p. 190).

Respecto a la química, la ciencia islámica "incluye el descubrimiento del alcohol, de los ácidos nítirco y sulfúrico, del nitrato de plata y el potasio, la determinación del peso específico de algunos cuerpos, el desarrollo de técnicas sofisticadas de sublimación, cristalización y destilación, así como de usos industriales de la 'química', como la utilización de sofisticados tintes y la fabricación de destilados de plantas, flores, etc., para diversos usos" (p. 196).

En el siglo IX "se introducen en la península, procedentes de Persia e India, el azúcar, las espinacas, la berenjena, las alcachofas o el azafrán, etc., así como los métodos de regadío para el aprovechamiento del agua" (p. 198).

"La universidad medieval fue un organismo social que transformó la vida intelectual de las antiguas escuelas y que sobrevivió a los avatares políticos y religiosos de todos los siglos posteriores.
[...] 
Bolonia (1150), París (1200), Oxford (1220) y Padua (1222) son lugares donde se asentaron estas primeras universidades. [...] Posteriormente se fundaron universidades en Cambridge (1225), Salamanca (1230), Nápoles (1224) y en otras muchas ciudades" (p. 212). "Pese a las difíciles comunicaciones y condiciones económicas de la época, hubo una notable movilidad de maestros, ya que todo maestro podía enseñar en cualquier universidad, y además muchos de ellos pertenecían a órdenes religiosas que favorecían la movilidad. La enseñanza se realizaba en un latín que no era el clásico, sino el resultado de la evolución lingüística que se había producido en la Edad Media". Aunque "las ciencias no eran la enseñanza preponderante, y la facultad de teología era la más prestigiosa y la que exigía más años de dedicación para conseguir el grado de doctor o maestro" (p. 214).

Un instrumento fundamental para el desarrollo de la ciencia, sobre todo facilitando la navegación, en el siglo XIII fue el reloj mecánico, "que venía a resolver el problema de la medición del tiempo terrestre, fundamental tanto en el desarrollo de la vida cotidiana como en el de las observaciones astronómicas" (p. 221).

Segunda parte: Edad Moderna. Víctor Navarro. 

Hace un recorrido desde es siglo XV al XVIII, aproximadamente.

Los logros técnicos en el Renacimiento fueron muchos e importantes  "desarrollo del maquinismo, gracias en gran medida a la difusión del sistema biela-manivela; perfeccionamiento de las máquinas para aumentar su rendimiento y aprovechar mejor la energía disponible; investigaciones sobre engranajes; innovaciones en las técnicas de explotación agrícola [...]; desarrollo y difusión de la imprenta y de la industria papelera; desarrollo e innovación en las técnicas militares; [...] la conquista del espacio: redes de carreteras al servicio de los estados nacientes y del comercio y la comunicación; nuevas técnicas de construcción de puentes, desarrollo de las navegación fluvial y resolución de sus múltiples problemas; innovaciones profundas en las técnicas de navegación" (p. 240).

"Los descubrimientos geográficos iniciados por los portugueses en el siglo XV" tuvieron sus consecuencias científicas: "1. La explosión informativa que [...] permitió una representación cada vez más exacta de la realidad física planetaria y una comunicación global. 2. el desarrollo técnico y científico acelerado en terrenos  como la astronomía náutica  la cartografía y la geografía  el geomagnetismo, la arquitectura naval y militar, la hidrografía, la botánica, la zoología, la antropología y la etnografía, etc. 3. La crítica racional, sistemática y documentada de una parte importante de los presupuestos dominantes del conocimiento, heredados de la Antigüedad clásica y del periodo medieval, que tendrían que aceptarse o rechazarse con criterios basados en la observación la comparación y el razonamiento, y no tanto por el criterio de autoridad" (pp. 241-242).

Me sorprende descubrir que un genio como Tycho Brahe "nunca aceptó la verdad de la teoría heliocéntrica, por razones astronómico-cosmológicas y físicas y también por las derivadas del significado literal de determinados pasajes de las Sagradas Escrituras" (p. 261).

"El redescubrimiento del mundo clásico fomentó entre los humanistas no solamente la búsqueda de manuscritos y códices, sino también el coleccionismo arqueológico y, en general, de objetos artificiales y naturales" (p. 270). "Entre las contribuciones de los museos y colecciones naturalistas a la transformación de la filosofía natural tradicional, se ha destacado dos, en particular  la primera sería la asimilación del arte a la naturaleza, y la segunda, la promoción del ideal fáctico, es decir, la consideración de los hechos separados de su explicación, ilustración o inferencia" (p. 271).

El autor recuerda que "aunque lo limitado del espacio nos obliga a concentrarnos en las figuras más destacadas, también destacaremos en la medida de lo posible la naturaleza colectiva y cooperativa de la nueva ciencia que se fue constituyendo en esta época (siglo XVII)" (p. 302).

Como sucede muy a menudo en la historia de la humanidad "en 1616 la Congregación General de la Inquisición declaró que un sistema heliocéntrico era absurdo en filosofía y formalmente herético, y que atribuir movimiento a la Tierra, además de absurdo en filosofía era al menos erróneo en cuanto a fe" (p. 310). Imaginemos lo rápido que podríamos haber progresado sin estas interferencias absurdas, peligrosas y estúpidas.

Se destaca la figura de Galileo que "inauguró la era de la observación telescópica y aportó con sus observaciones datos de la mayor importancia para la unificación de los cielos y la tierra, es decir, para la cosmología copernicana. Asimismo construyó una teoría matemática del movimiento de los graves y sentó las bases de una nueva concepción del movimiento, compatible con la teoría heliocéntrica" (p. 314). Además de destacar muchos otros logros de este genio.

No podía faltar Kepler en este repaso y su "descubrimiento de las dos leyes que llevan su nombre" (p. 317). Kepler fue discípulo de Tycho Brahe, y sus leyes datan de 1609.

Descartes también ayudo mucho al desarrollo de la ciencia, mejorando los plantemientos de Galileo sobre el movimiento de los cuerpos, "contribuyo a legitimar el uso de intrumentos-artificios y diseños experimentales en la ciencia", y contribuyó decisivamente a unificar el álgebra y la geometría", entre otros mucho logros (pp. 335).

Muchos nombres importantes y sus logros son destacados: William HarveyMarcello Malpighi, Robert Hooke (del que se destaca su obra Micrografía), Isaac Newton, Willem Jacob's Gravesande, Robert Boyle, etcétera. Es apasionante ir enlazando los logros de todos ellos, y muchos otros, e ir comprobando como la acumulación de conocimiento nos ha llevado a donde estamos ahora, y a un futuro mucho más excitante.

El autor escribe que "en cuanto a las relaciones ciencia-técnica en la revolución industrial, cuestión que ha sido y es un importante tema de debate, de manera provisional puede afirmarse que en esta época la ciencia recibió más de la técnica que ésta de la ciencia" (p. 370). Esta tesis coincide con la expuesta por Matt Ridley, en El optimista racional:
Un último comentario del libro es la relación de la ciencia con los inicios de la prosperidad. Por ejemplo (p. 251): "La industria que más se estaba transformando, la del hilado y el tejido de algodón, era de poco interés para los científicos, y viceversa. Las máquinas de hilar de husos múltiples, hidráulica, híbrida y los telares que revolucionaron el trabajo del algodón fueron inventadas por hombres de negocios hábiles, no por cerebritos pensantes: "por cabezas duras y dedos astutos". Se ha dicho que nada en sus diseños hubiera desconcertado a Arquímedes". Aunque el autor indica que (p. 252): "Posteriormente, la ciencia sí contribuiría al creciente ritmo de invención, y la línea entre el descubrimiento e invención se volvería más difusa conforme avanzaba el siglo XIX".
Como transición a la Edad contemporánea mencionar que "hubo, en el siglo XVIII, algunos pensadores [...], como Diderot o d'Holbach, que deseaban eliminar cualquier cosa que pudiera limitar el poder creativo de la naturaleza; pensadores ateos que desafiaron el argumento del diseño y presentaron a la naturaleza como la única realidad. En algunos aspectos, los ateos ilustrados llegaron muy cerca de la filosofía del evolucionismo moderno, si bien sus ideas no se desarrollaron con el rigor de una teoría científica y permanecieron como audaces especulaciones" (p. 416).

Tercera parte: Edad contemporánea. José Manuel Sánchez Ron. 

Repasa los siglos XIX y XX. Esta parte es la que más me ha gustado, porque es donde la ciencia toma el protagonismo absoluto y despega, convirtiéndose en una herramienta fundamental para el desarrollo de la humanidad.

Darwin es uno de las principales personas en el desarrollo de la ciencia, de hecho "la razón por la que pasaron tantos años hasta la escritura y publicación de Sobre el origen de las especies es que el exigente espíritu de Darwin no se conformaba con algunos indicios, por muy claros que éstos pareciesen. Deseaba estar seguro, y así se convirtió en un infatigable, casi obseso, buscador de hechos, de detalles, que completasen el gran rompecabezas que quería componer: nada más y nada menos que la historia natural de la vida sobre la Tierra" (p. 439). Un científico.

Durante el siglo XIX la medicina dio un paso clave, "fue entonces cuando esa disciplina varias veces milenaria, que muchos califican de 'arte', se hizo verdaderamente 'científica'. y lo hizo sobre todo a través de una de sus ramas: la fisiología" (p. 457).

Incluso en la épocas más recientes separar cada una de las disciplinas es complejo y "aunque nos empeñemos en introducir divisiones, existe una unidad intrínseca en la historia de la ciencia sin la cual difícilmente podremos comprender sus aspectos más interesantes" (p. 461).

Además de todos los desarrollos en las ciencias biomédicas, "la medicina del siglo XIX no debe ser recordada únicamente por este tipos de desarrollos  Es imprescindible también rememorarla por los logros realizados en la mejora de la salud pública. muchos de tales logros se debieron a reformas en las condiciones de vida (como el control de la calidad del agua y los alimentos, sistemas de alcantarillado o limpieza de letrinas, calles y acequias). Sin embargo, otros, extremadamente importantes, se produjeron dentro de la propia medicina, pero de una 'medicina no tan científica' como propugnaba Claude Bernard, podríamos decir. Avances como los llevados a cabo por el dentista estadounidense Horace Wells (1815-1848), que en diciembre de 1844 utilizó éter, esto es, óxido nitroso (entonces denominado 'gas hilarante', por los efectos estimulantes que producía), como anestésico para extraer él mismo una de sus muelas; por John Collins Warren (1778-1856), quien, ayudado como anestesista por el dentista William Thomas Morton (1819-1868), el 6 de octubre de 1846, en el Hospital General de Massachusetts de Boston, realizó la primera operación con éter, tras la cual pronunció una frase célebre: 'Señores, esto no es superchería'; por James Young Simpson (1811-1870), que el 19 de enero de 1847 utilizó, en Edimburgo, por primera vez cloroformo para aliviar los dolores de un parto; o por Ignaz Semmelweis (1818-1865), quien en 1848 descubrió una de las causas de la infección de las heridas en la sociedad de las manos de los médicos, introduciendo medidas antisépticas (como el lavado de manos)" (pp. 463-464).

A lo largo de la historia de la humanidad ha habido inventos que han producido "una ruptura cualitativa del orden establecido". Esto se produjo con el invento del telégrafo y la unión mediante un cable de Europa y América, "Políticos, militares, hombres de negocios, toda la sociedad, en definitiva, tuvieron que aprender nuevos modos de comportamiento. Cambió el mundo, el mundo de la política, el mundo de los negocios y de las relaciones internacionales" (p. 492).

Otro de los fracasos de los regímenes comunistas "está (en) el escaso atractivo que el sistema económico-industrial-científico soviético tuvo para científicos de otras naciones. Para decirlo de otra forma: mientras que Estados Unidos se benefició (y continúa beneficiándose) de la fuga de cerebros de un gran número de naciones, no sucedió lo mismo en la unión Soviética" (p. 541).

Para ver en perspectiva la evolución de los computadores veamos como era uno de los primeros: "17 000 tubos electrónicos, unidos por miles de cables, pesaba 30 toneladas y consumía 174 kilovatios  (p. 544). La llegada de los transistores y circuitos integrados revoluciono este campo.


El libro es muchísimo más de lo que he expuesto y comentado en esta entrada, no dejen de leerlo si les interesa como el ser humano ha ido acumulando conocimiento para desarrollar esa herramienta llamada ciencia.


Titulo: Historia de la ciencia.
Autores: Javier Ordóñez, Víctor Navarro y José Manuel Sánchez Ron.
Editorial: Espasa Calpe (colección austral).
Fecha: 2003.
Páginas: 639.

ISBN: 8467016698.

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