Un tiempo arrasado por Arcadi Espada

Diarios.


Querido J:
Mi amiga arquitecta me urgió a ver La mosquitera, película española. Para ir preparado, le pregunté en qué minuto, más o menos, aparecía la paja en el pajar, marca de agua de nuestro cine agro y ají. No sólo me dijo que no había paja ni tocamientos curiles ni peste civil, sino que iba de una adolescencia de perros. Por causas que comprenderás con facilidad cada vez que oigo la palabra adolescencia me pongo manos arriba. Llevo muchos libros y muchas conversaciones para tratar de bajarlas, hasta ahora sin éxito. Por eso escuché con mucho interés lo que estaba diciendo mi arquitecta. Fue definitivo que añadiera:
—En realidad muestra lo que pasa cuando se dice a todo que sí.
No daba crédito. Hace meses yo me había hecho la misma pregunta en muchos momentos álgidos. Es decir, en medio de las réplicas ásperas e inacabables me quedaba de pronto en silencio en el ángulo oscuro y me decía, exactamente: «¿Hasta dónde llegaríamos si yo ahora dijera sí, y luego, sí, y otra vez sí, y siempre sí?» La especulación me ayudaba a evadirme del desaliento. Fantaseaba. Para empezar, sí, en esta casa habría ya un chucho apestoso y la casa giraría al ritmo de sus deyecciones. Pero en realidad ni siquiera este horario se conservaría: las distinciones entre la noche y el día y entre el trabajo y el ocio haría mucho tiempo que se habrían convertido en relativas. Paulatinamente el teléfono centraría los gastos de la casa: el único alivio es que por razones técnicas la factura mensual nunca superaría el coste de 44.640 minutos: lo que ponía un techo. Si sí, comerían siempre y únicamente unos monstruosos bocadillos de chocolate, desafiarían a Pinker (lo que me parecía inconcebible, pero así es la vida) y caminarían solas de noche por lugares vacíos. Y en fin: dormirían abrazadas al ordenador, comerían en un plato con costra y ya habríamos cambiado de colegio por razones de fuerza mayor disciplinaria.
Fui a ver la película a la web de Filmin. Sí: el muchacho, un petit Léautaud,recoge perros (¡precisamente!) y los va llevando a casa. En el proceso de canificación acaba metiéndose calmante para perros. Hay un padre calzonazos y una mujer. No te diré nada más para no romper la ilusión de esta película afirmativa. No perderás el tiempo viéndola. Y Emma Suárez sigue rotunda y magnífica. La película me animó, porque ya sabes que yo digo no. Este adverbio da muchos problemas. Problemas crueles. Hoy leía en un papel que Punset recomendaba a las escuelas que enseñaran… ¡amor! Este Punset emocional y new age canta más que el gallo de Morón. ¡Amor! Hace días que yo llegué a la conclusión contraria. El conflicto, con su rabia y con su furia, es imprescindible, y eso es lo que hay que enseñar. A los padres.
Las veo aparecer por la puerta. Torvas. Qué adjetivo exacto. Una fiereza desgreñada, sólo atemperada por el desprecio. Echan una ojeada al lamentable paisaje de cada día: una casa limpia, ordenada, tranquila. Husmean el maldito olor a padres, invariable. Es un olor que sólo ellas detectan, naturalmente. La casa nunca olió a col hervida, vaya si me cuidé. Por si fuera poco, y fruto de mis estudios, ya casi no se hacen sofritos. La casa sólo huele a intemperie. Pero siempre puede haber un olor añadido. Quizá se estén friendo boquerones en la cocina, acres boquerones con sus ojillos.
—Cada día la misma asquerosidad de pescado…!
Constato que aún conservan un cierto rastro de prudencia. Asquerosidad es una palabra que está en el límite, incierta. A veces les cuesta algún problema; a veces me la trago impune por razones de índole familiar que no veo conveniente detallar. De ahí que la pronuncien al tiempo que la pesada mochila da contra el techo del piso de abajo. La protesta por la comida es recurrente. Pero muchas veces coincide con sus gustos binarios de carne y droga de cacao. Esos mediodías me gustan. Me gusta ver cómo abren la puerta buscando pelea, y cómo deben recular de momento ante la alegría inoportuna. Habrían preferido unos cuantos cadáveres de boquerocintos, pero tienen delante una entera vaca picada sobre dos hectáreas de queso morcillón. Me gusta, especialmente, cómo rememoran sus antiguas obligaciones, ¡lo que les enseñaron en casa!, y dejan caer sobre algún inverosímil flanco de mí un pellizco de boca. Y me alegro todavía más si llevo un barba de día y medio, lija, y advierto su mueca de desagrado que va diciendo, si es que no puede ser, coño, mira que soy buena, pero es que no puede ser. Se instala un silencio de boas. Apenas un par de minutos. Resoplan, el esfuerzo. Las niñas liquidan medio litro de agua en dos grandes vasos. Aún jadeante, pero ya recobrada para el mal, una masculla:
—Necesito bragas.
Me sobresalto. Indefectiblemente. Llevo ya años viviendo en un mundo de mujeres. Esas dos ya han conseguido extirpar, prácticamente, cualquier gusto por el sexo. Y las posibilidades de que, conforme a mi edad y posición, sufra algún desvarío por mujer joven son nulas. Cuando me cruzo con alguna ferocidad prieta y desasosegante se me presentan ellas como salidas del infierno; y así, cierro los ojos como un pobre hombre y sigo cabizbajo mi camino. Han podido quitarme el gusto de todo; pero la palabra bragas, mmmm… con sus verbos, aún me turba. Por eso me quedo unos segundos deliciosos, como ensoñado, paladeando; pero ya están gritando porque les han dicho no, con todas las letras, que son muchas más que dos.
No. He tardado, amigo mío. Pero ya es caso cerrado. Como cualquier hombre que creyó verse ante un problema, anduve mucho tiempo en busca de la solución. Nunca pensé que fuera el sí a todo de Windows y La Mosquitera. Pero tampoco el no. Corrí el riesgo de volverme un hombre temperado, que examinara cada suceso, y ponderase en él todas sus circunstancias. Entré en negociaciones. En pactos. Y en la intolerable lepra del chantaje. Creo que un jueves hasta me volví Punset, mucho, mucho, mu-choamor. ¡Quia de quias! No hay solución. No hay problema. En un momento indeterminado de los 13 años y hasta un momento indeterminado de los 18 (baja y sube según el trópico) hay pelea. Los objetos les importan una asquerosidad de las suyas, que tanto tienen en la boca. Ni el salir ni la comida ni la libertad ni el acceso a facebook ni tirar de tabaco. Sólo quieren pelea, por sí misma. La pelea es un alimento y una respiración. La explosión hormonal es también eso: un voraz instinto de fajarse contra el mundo. No debemos engañarnos: la negociación, cuando adviene, es sólo el resultado de nuestro cansancio inexorable, de la acumulación de las horas y los problemas, de la salud castigada. Nunca es el resultado de la razón. Debe haber lucha, conquista, un tiempo arrasado. O la patria de la edad adulta o la muerte.
Sigue con salud
A.

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