Del asignado al euro

por Carlos Rodríguez Braun.


Dada la involucración del poder político en el dinero, los cambios en el primero acarrean cambios en el segundo, en general para resolver crisis de deuda generadas por los propios políticos. Esto hicieron los revolucionarios franceses con los asignados, mediante los cuales pretendieron afrontar la privatización de los bienes confiscados a la Iglesia, y la deuda pública.
Los debates de entonces evocan los actuales, por ejemplo, entre los que querían emitir pasivos de alta denominación y que pagaban interés, y los que querían emitir dinero, es decir, pasivos sin interés y de baja denominación. La idea prevaleciente era la de rebajar los tipos de interés para reactivar la economía y que “fluya el crédito”, como diría Rajoy. Thomas J. Sargent y François Velde (Macroeconomic Features of the French Revolution, Journal of Political Economy, 1995), dividen esta historia en tres períodos y los asocian a tres teorías monetarias diferentes.
El primero dura hasta el verano de 1793, con baja inflación y saldos reales crecientes. Los precios crecieron suavemente hasta finales del año anterior, pero el agotamiento de la base fiscal de la moneda, los ingresos obtenidos de la expropiación de la Iglesia; tienta al Gobierno a inflar para reducir el coste nominal de la deuda, aumentan los precios y el oro empieza a desplazarse fuera del país, como predice la teoría de las “letras reales” de Adam Smith. La gente había comprado a los revolucionarios las tierras expropiadas porque se podían pagar con asignados; cuando pidieron metal precioso a cambio de deuda nadie quiso comprarla.
El segundo periodo es el del Terror, que estabiliza un tiempo los precios mediante la represión (ilegalización de la tenencia de activos en metal precioso o divisas, cierre de mercados en esos activos, etc.), y facilita la financiación inflacionaria (ahorro forzoso, diría Hayek pensando en Keynes). Toda la deuda pública fue convertida en deuda perpetua no transferible, lo que protegía al Gobierno, que ya no debía amortizarla, pero aumentaba la carga de intereses. Los precios fueron controlados… y eso fue lo que el pueblo reprochó después a Robespierre cuando iba camino de la guillotina.
Su caída en julio de 1794 marca el tercer periodo, que Sargent y Velde asocian con la teoría clásica de la hiperinflación de P. Cagan. La demanda de dinero se derrumbó y los precios llegaron a subir un 60% por mes, y un año más tarde el asignado se convirtió en una moneda fiduciaria, sin relación alguna con el metal. La gente empezó a atesorar cosas que no rendían interés, como mercancías o joyas (hoy sería la deuda alemana…). Los políticos le echaron la culpa a (¿no lo adivina?, venga, que es muy fácil) los especuladores y cantaron las alabanzas del asignado como expresión de un nuevo proyecto político francés y europeo. No hubo forma de pagar la deuda y en 1797 se impuso un “default” de dos tercios.

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