La utopía era creer que podíamos seguir así

Javier Benegas.



En el año 1981, el actual presidente, Mariano Rajoy Brey, ya era un político consumado con cargo electo a la temprana edad de 26 años. Desde entonces hasta hoy ha dedicado 31 años –más de la mitad de su vida– a la política. El anterior presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, también fue cargo electo con tan sólo 26 años. Y tras pasar casi dos décadas (18 años) de su triste existenciahaciendo pasillos, obtuvo el premio de ser candidato a la presidencia del gobierno en las elecciones de 2004. Esperanza Aguirre fue concejala del Ayuntamiento de Madrid a los 31. Pero su carrera política empezó cuatro años antes, en 1979, en el Ministerio de Cultura; es decir, cuando tenía 27 años. Sólo uno más que Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero. Alberto Ruiz-Gallardón fue concejal en la capital de España a los 25 años de edad. Alfredo Pérez Rubalcaba tuvo su primer cargo relevante a los 31, tras pasar años haciendo méritos. Y a los 27, Rosa Díez ya era diputada foral de Vizcaya, aunque su carrera política comenzó tiempo antes.
Esta lista podría ser mucho más extensa, pero basta para explicar que la mayoría de nuestros políticos más relevantes empezaron su carrera entre los veinte y los treinta años de edad y que, a fecha de hoy, llevan varias décadas en ejercicio. No conocen más mundo que los entresijos de los partidos y las servidumbres del poder o, en su defecto, tienen una percepción de la realidad muy alejada del ciudadano común; ese que vive a ras de suelo, donde la vida es implacable y la mentira tiene un precio prohibitivo. Nuestros políticos no sólo accedieron a la política sin haber madurado lo suficiente y sin tiempo para desarrollar la imprescindible empatía hacia esa sociedad a la que, en teoría, debían servir, sino que su ética de la responsabilidad obedece, por fuerza, a criterios perversos. Para ellos, son los partidos –esas organizaciones poderosas y a salvo del escrutinio público– y no los votantes los que les abrieron las puertas de entrada a la política y durante décadas empujaron a sus distinguidas personas, de mejor o peor grado, a alcanzar el poder. Un poder que sólo depende del voto los ciudadanos en última instancia, una vez la suerte está prácticamente echada.
Políticos y mercantilistas: esa gran famiglia
En íntima conexión con esta clase política incombustible y elitista están no pocos grandes empresarios y banqueros. Dadas las similares características que existen entre la élite política y la élite empresarial española y la cercanía que hay entre ambas, las relaciones incestuosas entre lo público y lo privado se institucionalizaron hace tiempo. Un signo más que evidente de ello es el trasvase de ex altos cargos políticos hacia los consejos de administración de muchas grandes empresas, incluidos ex presidentes de gobierno. El resultado de esta relación ha sido que el mundo de los grandes negocios se ha vuelto tan inaccesible y privativo como lo es desde hace mucho la actividad política. Y ambos mundos interactúan entre sí generando no pocos conflictos y problemas a la sociedad, como el vivísimo escándalo de Bankia, cuya factura asciende hasta la fecha a la friolera de 23.465 millones de euros.
Los esfuerzos para favorecer a los pequeños empresarios han sido casi inexistentes. Muy al contrario. Las comunidades autónomas han fragmentado el mercado hasta tal punto que se ha vuelto casi inaccesible para ellos. Esta actitud miope, y en no pocas ocasiones interesada, combinada con una crisis sin precedentes, ha traído consigo una catástrofe que ha devuelto como si fuera un bumerán todos los errores y excesos cometidos, golpeando a la economía en su conjunto y colocando a muchas directivos, que equivocadamente creyeron que la crisis nunca sería tan profunda y prolongada, en una situación cada vez más insostenible y a expensas, en no pocos casos, de la capacidad de aguante de unos bancos que acumulan en forma de créditos incobrables las deudas mil millonarias de la antaño jactanciosa élite empresarial.   
Cuando por fin el valor en Bolsa de las acciones se ha desplomado, los más altos directivos han tomado conciencia de la gravedad de la situación. Y por vía del Consejo Empresarial para la Competitividad, representados en la persona de César Alierta, han saltado a la palestra a defender la solvencia de la economía española; es decir, a gritar a los cuatro vientos que estos buques insignia de la economía española merecen mejor suerte. Y más concretamente, sus señorías. Pero es muy posible que su reacción, sospechosamente voluntarista, haya llegado demasiado tarde. Cinco años perdidos, en la confianza de que sus primos hermanos, los políticos, velarían por sus intereses, son demasiados. Y desgraciadamente para ellos, como decía una cita cinematográfica, no se ven los ojos del demonio hasta que viene a buscarte.
Y a pesar a todo, algo se está moviendo
En cualquier caso, no hay que preocuparse más de lo imprescindible, pues no serán los políticos ni los grandes empresarios, ni siquiera el BCE, los que saquen a España de esta situación desesperada sino la suma de las decisiones acertadas de los particulares. Suceso este que ya está sucediendo, pero apenas se difunde. La España laboriosa, la que vive de su esfuerzo y no detrás de una pancarta, un despacho o un escaño, lleva cinco años adaptándose a la nueva realidad, sacrificándose, poniendo al día sus cuentas y agudizando el ingenio. Descreída de las promesas políticas y los falsos de vendedores de derechos, está asumiendo una fuerte devaluación interna y aumentando a marchas forzadas su competitividad. Está aprendiendo, mejorando y preparándose para un enésimo viaje en busca de la prosperidad perdida.
Para aprovechar la fuerza del impulso que viene desde abajo y convertirlo en un verdadero movimiento hacia arriba de nuestra economía, la Ley de emprendedores debería ser la reforma más crítica y radical de todas. Y aunque sólo sea por una vez en sus 31 años en la política, don Mariano, debe usted renunciar a esa ética de la responsabilidad tan interesada y destructiva y apostar por la convicción más descarnada y vehemente. Es su última bala –nuestra última bala–. Aprenda de ellos y repita mil veces si es preciso, hasta que se lo crea a pies juntillas, aquella frase de Stewart Brandque rememoró el desaparecido Steve JobsStay hungry, stay foolish (sigue hambriento, sigue alocado). En definitiva, échele valor y sea digno por un instante del cargo que ostenta. Apueste por esos pequeños héroes anónimos capaces de hacer las más grandes cosas. No permita que los de siempre frustren la salida de esta crisis por la única vía posible: la de una economía abierta.  

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