Esa catástrofe llamada Mariano Rajoy

Juan Ramón Rallo.



Mariano Rajoy tira la toalla. Si alguna vez pretendió aprobar alguna reforma sensata y devolver a España a la senda de la prosperidad, desde luego lo ha exteriorizado bien poco: subidas salvajes de impuestos a familias y empresas (y en breve a consumidores), suspensión de las privatizaciones anunciadas por ZP (no hablemos ya de otras nuevas), timidísimos recortes en el gasto público (el gasto no financiero total de los presupuestos de 2012 es apenas 4.000 millones inferior que el de los presupuestos de 2011, elaborados por Zapatero), liberalizaciones de medio pelo (parcial en el mercado laboral, inexistente en el energético, educativo, inmobiliario, de transportes, farmacéutico y sanitario…) y rescate infame a la banca a costa de todos los contribuyentes.
Ante tanto despropósito, la prima de riesgo, y el interés de la deuda pública, se han ido por las nubes, como corresponde a un país que se encuentra a un pasito de la suspensión de pagos. Sí: estamos al borde de la suspensión de pagos, pero no porque el dinero se haya esfumado de la economía mundial, no porque España tenga un problema transitorio para refinanciarse en los mercados, no porque haya una conspiración internacional de especuladores dispuestos a hundir a nuestro país. No: estamos al borde de la suspensión de pagos porque tenemos un enorme problema de solvencia –no se crean al ministro De Guindos cuando dice que “España es solvente”– que el irresponsable socialdemócrata de Mariano Rajoy no ha hecho nada por solucionar.
Necesitábamos un sector público más ahorrador que acreditara que sabe hacer otra cosa que endeudarse sin fin; necesitábamos un sector privado no financiero con flexibilidad (de precios y de factores) suficiente como para readaptar sus planes de negocio, volver a generar riqueza y amortizar su deuda; necesitábamos un sector privado financiero que trasladara parte de sus pérdidas a los hombros de los acreedores y no de los contribuyentes. Rajoy no nos ha dado absolutamente nada de ello. ¿Acaso alguien puede creerse que un país con 6 millones de parados, una tributación cainita, un agujero financiero de 150.000 millones de euros y un déficit público estructural del 7% puede honrar sus promesas? Entiendan que, al menos, existan comprensibles dudas sobre ello.
Y así, el timorato, pusilánime y capitidisminuido Mariano Rajoy llega a la Cumbre del G-20 con su lista de exigencias sobre la mesa: “Ya no podemos hacer nada más”, exclama deslomado, “o el Banco Central Europeo monetiza toda nuestra deuda pública o el euro se va al garete”. Zapatero sólo osó insinuar en un par de ocasiones que el BCE procediera a hacer lo que ningún inversor privado, ni siquiera los hedge funds más especulativos y arriesgados, se atreven a hacer en estos momentos: incrementar de manera muy sustancial sus posiciones en deuda pública española. Pero el irresponsable de Rajoy no vacila y arremete contra Merkel, Draghi y cuantas mentes templadas todavía no quieren diluir los monstruosos riesgos de la deuda española entre todos los tenedores, europeos y foráneos, de la moneda única.
Acaso entiendan que todos nuestros problemas no se solucionan, ni muchísimo menos, por el simple hecho de que el BCE abra, todavía más, la imprenta, pues repito: nuestro problema no es de liquidez, sino de solvencia. Y no es un problema de solvencia derivado de los altos tipos de interés que pagamos: su naturaleza es mucho más honda. A la postre, si quedan unos 70.000 millones de euros por colocar este año, lo mismo da que los vendamos al 7% que al 3%, lo primero supondrá un coste de 4.900 millones anuales y lo segundo de 2.100: entiéndanme, mejor para las finanzas públicas españolas ahorrarse 2.800 millones de euros anuales, pero la diferencia apenas representa el 0,2% del PIB. Ese no es el problema: el problema es que cada año nos endeudamos, antes de intereses, en 70.000-80.000 millones de euros; el problema es que nuestras familias y empresas adeudan dos billones de euros (dos billones, mil veces más de lo que nos ahorraríamos si Draghi monetizara la deuda que resta por emitir este año) en unos mercados ultradesestructurados, ultrarregulados y ultramachados por impuestos; el problema es que las entidades financieras necesitan un capital adicional de, como mínimo, 150.000 millones de euros para evitar la quiebra.
Reducir todas nuestras urgencias a la monetización de deuda del BCE no pasa de sainete. Una burla a la inteligencia de quienes tienen que comprar nuestra deuda. Porque sí, si mañana sale Draghi anunciando que adquirirá ilegalmente deuda nacional, nuestros tipos de interés bajarán, pero no porque mágicamente vuelva a confiarse en nosotros, sino porque se desatará una de las mayores especulaciones y pelotazos financieros de todos los tiempos. La cuestión es que nuestros problemas reales seguirán ahí, a la espera de que vuelvan a estallar en nuestra cara en cuanto Draghi deje de comprar deuda pública española. Porque es de suponer que en algún momento dejará de hacerlo. ¿Y entonces qué? ¿Piensa hacer el Marca reader Rajoy algo al respecto? Si no piensa hacerlo, monetizar deuda sólo provocará un agujero financiero mayor para Alemania en el futuro; y si piensa hacerlo, ¿por qué no lo hace ya? ¿A qué espera? ¿Cuál es el propósito de posponer lo inevitable? ¿O es que espera que sí sea evitable y que la crisis mágicamente escampe? Seamos serios: el agujero está ahí y no se va a ir por mucho que el BCE nos facilite el endeudamiento en perjuicio de todos sus tenedores de deuda.
No es liquidez, es solvencia. Y Rajoy sólo alcanza a pedir liquidez, acaso porque quiera ganar tiempo. Eso sí, tiempo no sabemos muy bien para qué. Como Zapatero: huida hacia adelante sin rumbo fijo. Ya pasará la tormenta sin despegarnos de Teledeporte. Japón lleva estancado 20 años, pero Spain is different. Pues no. Las recuperaciones no llegan: o se promueven y se construyen con austeridad y libertad o sobrevienen con quitas y devaluaciones tras previo hundimiento. Rajoy, claro, a lo suyo: conservar los privilegios de la casta mientras conduce a la economía española al precipicio. Siempre nos quedará un enemigo externo al que culpar de nuestros males, ya sea Draghi o Merkel (como antes era Bush y los neocon). O, si no, un interno fantasma del pasado, ya sea Zapatero o Salgado (como antes eran Aznar y Rato). Visto el panorama, ¿cómo no mantener nuestro dinero bien alejado de este país?

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