Indigentes en La Habana


LA HABANA, Cuba, diciembre, www.cubanet.org -En las tórridas y húmedas noches habaneras es ya normal ver como un nutrido grupo de indigentes buscan acomodo y protección en el pequeño parque que flanquea la estación de policía de la populosa calle Zanja, en las inmediaciones del barrio chino del municipio Centro Habana.
Varios de los “homeless” que ya pululan por la ciudad han escogido este lugar para pasar sus noches, después de deambular todo el día en busca de algo que les garantice el sustento, en una ciudad que se torna cada vez más compleja, dura y agresiva, incluso para los habaneros que vivimos una vida normal.
Para muchos cubanos el cada vez más recurrente espectáculo de los indigentes en las calles, significa algo tan nuevo como impactante. Durante largo tiempo esa imagen estaba solo reservada a viejas revistas del “bochornoso pasado capitalista” o a reportajes de otros países. En décadas pasadas la imagen más cercana a un indigente en La Habana fue la del “Caballero de Paris”, ese pintoresco y desaliñado andariego que sin perder su dignidad recorría calles principales y alimentaba su leyenda como un símbolo de La Habana tradicional.
Sin embargo en los últimos tiempos, a medida que desaparecen las llamadas “gratuidades”, los barrios más populosos de la capital se van llenando de limosneros, indigentes y desamparados que se convierten en una imagen recurrente y conmovedora que retrata y refleja la depauperación y la desesperanza en que se va sumiendo la sociedad cubana, tan polarizada que en la misma ciudad podemos encontrar personas que pagan cientos de dólares por un perro y come bien todos los días y otras que carecen de un techo para cobijarse; algo muy diferente a lo que nos prometió el “paraíso socialista” hasta hace poco.
Algunos menesterosos de los que pernoctan en el parquecito de la estación de la calle  Zanja al preguntarles por qué habían escogido ese lugar para pasar sus noches, aseguraron que se habían situado cerca de la policía para sentirse protegidos ante los frecuentes ataques de grupos de adolescentes, vándalos o parranderos, que se divierten molestándolos, agrediéndolos o haciéndole maldades.
Las autoridades cubanas en ocasiones hacen recogidas de estos menesterosos y los recluyen temporalmente en un recinto conocido como “La Colonia”, en el municipio Boyeros, donde los mantienen en contra de su voluntad y pierden temporalmente su libertad de movimiento. Este lugar genera rechazo generalizado en los desamparados habaneros.
A todas luces, el gobierno cubano no tiene respuesta para este mal social que crece a paso rápido, a medida que se profundiza la crisis social, y hiere la sensibilidad de muchas personas. A pesar de que los máximos líderes persisten en decir que en Cuba ningún ciudadano queda desamparado, la realidad cotidiana demuestra lo contrario; la crisis estructural e irreversible del modelo socialista que pretendieron imponernos por la fuerza, acrecienta la polarización social y ha convertido a la indigencia en un espectáculo abundante y deprimente en las calles de nuestra ciudad.
Son muchos los espacios públicos citadinos que cada noche se convierten en cobijo de indigentes y desamparados. Acercándose al recinto policial los indigentes del parquecito de Zanja pueden conseguir una coyuntural tranquilidad nocturna, pero no podrán escapar de los rigores de una sociedad en crisis que, después de prometernos durante cinco décadas un paraíso de igualdad y abundancia, cada día lanza a más cubanos al abismo de la miseria, el desamparo y la desesperanza.

Thomas Hart Benton (1889 – 1975)






Fuentes: American Gallery y google.

Entrevista a Pedro Schwartz Girón. Víctor Gago


Víctor Gago,entrevista Pedro Schwartz Girón en Contemporáneos. Ensayista, conferenciante, discípulo de Karl Popper, profesor de Economía de la Universidad San Pablo-CEU y de la Saint Louis University, Schwartz es uno de los teóricos liberales más importantes del pensamiento español.

Bryan Larsen (1975)



New Year's Eve

Just The Beginning

Deliberation

Liberty

Muse And Medium

Between Chapters

Winter Evening

Pensive

Born With Wings

There's Opportunity Here

Breaking Through

Young Galileo

Contrast

Night Light

The Poet

Our Best Days Are Ahead

Girl In Brown Skirt

title unknown

Butterfly

Stargazer

Navigator

How Far We've Come

Fuente: American Gallery.

Más aquí.

A sangre y fuego. Manuel Chaves Nogales. 2010


Sobresaliente libro de Manuel Chaves Nogales. Lo incluyo entre mis libros favoritos.

En Las letras y las Armas, Andrés Trapiello destaca al autor y su obra, incluido este libro. También Arcadi Espada lo recomendó. Por lo tanto tenía que leerlo, y después de haberlo hecho aún aprecio más el de Clara Campoamor, La Revolución española vista por una republicana.

Los nueve relatos se leen con gran facilidad. El autor es un maestro de la escritura y logra meterte en la distintas historias. La claridad expositiva de la obra es de lo mejor. No hay concesiones a la galería.

Empieza la obra con el mítico prólogo donde Chaves se posiciona y explica como se desarrollaron los acontecimientos en esos años anteriores y de inicio de la Guerra Civil Española. También sobre el porqué de la escritura del libro. Destaco:
En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anéc­dota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y hu­milde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo. (P. 26)
Vi entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo.
Hombro a hombro con los revolucionarios, yo, que no lo era, luché contra el fascismo con el arma de mi oficio. No me acusa la conciencia de ninguna apostasía. Cuando no estuve conforme con ellos, me dejaron ir en paz.
 
Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas. 
Los "espíritus fuertes" dirán seguramente que esta repugnancia por la humana carnicería es un sentimentalismo anacrónico. Es posible. Pero, sin grandes aspavientos, sin dar a la vida humana más valor del que puede y debe tener en nuestro tiempo, ni a la acción de matar más trascendencia de la que la moral al uso pueda darle, yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo. (P.28)
Sea el que fuere, para imponerse, para subsistir, tendrá, como primera providencia, que renegar del ideal que hoy lo tiene clavado en un parapeto, con el fusil echado a la cara, dispuesto a morir y a matar. Sea quien fuere, será un traidor a la causa que hoy defiende. Viniendo de un campo o de otro, de uno u otro lado de la trinchera, llegará más tarde o más temprano a la única fórmula concebible de subsistencia, la de organizar un Estado en el que sea posible la humana convivencia entre los ciudadanos de diversas ideas y la normal relación con los demás Estados, que es precisamente a lo que se niegan hoy unánimemente con estupidez y crueldad ilimitadas los que están combatiendo. (P. 30)
Ya en los relatos me encuentro algunos párrafos que me llaman la atención y que paso a destacar:
La batalla tomó en aquel punto ese ritmo de vértigo que hace imposible al combatiente advertir nada de lo que ocurre a su alrededor. Las batallas no se ven. Se describen luego gracias a la imaginación y deduciéndolas de su resultado. Se lucha ciegamente, obedeciendo a un impulso biológico que lleva a los hombres a matar ya un delirio de la mente que les arrastra a morir. En plena batalla, no hay cobardes ni va­lientes. Vencen, una vez esquivado el azar, los que saben sacar mejor provecho de su energía vital, los que están me­jor armados para la lucha, los que han hecho de la guerra un ejercicio cotidiano y un medio de vida. (P. 82) 
Los verdaderos militares, los que lo eran de corazón y sa­bían a conciencia su oficio, estaban todos al lado de Franco. El improvisado ejército del pueblo no tenía ni jefes ni oficia­les. Los pocos que por azar se quedaron al lado del gobierno de la República fueron desertando o sucumbieron en el em­peño insensato de convertir en soldados a unos hombres que precisamente se alzaban en armas contra todo lo que fuese espíritu militar. Muchos de aquellos infortunados se hicieron matar por sus propias huestes aterrorizadas, a las que pistola en mano intentaban meter en fuego. La reacción de los mili­cianos cuando se sentían derrotados era fatal para ellos, «¡Hemos sido vendidos! -gritaban invariablemente-o ¡Fu­silemos a los jefes!». Después, tiraban los fusiles y se volvían a Madrid a poblar los cafés y las cervecerías. (P. 151) 
'El primer día que estuvo en el frente asistió impotente a la desbandada habitual de los milicianos. Nada les conte­nía. Cuando avanzaban los tanques o cuando volaban sobre ellos los aviones ametrallándoles a mansalva no había nada eficaz para dominar su pavor y contenerles, ni las arengas vibrantes, ni las patéticas imploraciones, ni las amenazas; nada. El aparato bélico del ejército rebelde les impresio­naba terroríficamente, y a las dos horas de fuego los hom­bres más entusiastas, los obreros más conscientes y los más recios campesinos tiraban las armas y huían. Era inútil. Aquellas masas eran incapaces de hacer la guerra en campo, abierto. No sabían. (P. 160) 
Libro que recomiendo a todos los que se quieran hacerse una idea de lo atroz de una guerra civil, en este caso la española, y del comportamiento que pueden adoptar las personas ante situaciones límite.

Autor: Manuel Chaves Nogales
Título: A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España
272 páginas

Frank Weston Benson (1862 – 1951)

Hilltop
Sunlight
Summer
My Daughter Elizabeth


Fuente: American Gallery.

When less means more


Which American city has more inhabitants: San Antonio or San Diego? More Germans than Americans get the answer right (San Diego). What about Hanover or Bielefeld? More Americans than Germans get the answer right (Hanover). In each case, the foreigners pick the right answer by choosing the city they have heard more about, assuming that it's bigger. The natives know too much and let the excess information get in the way.
This is an example of a "heuristic," a highfalutin name for a "rule of thumb" or "gut feeling." Most business people and physicians privately admit that many of their decisions are based on intuition rather than on detailed cost-benefit analysis. In public, of course, it's different. To stand up in court and say you made a decision based on what your thumb or gut told you is to invite damages. So both business people and doctors go to some lengths to suppress or disguise the role that intuition plays in their work.
Prof. Gerd Gigerenzer, the director of the Max Planck Institute for Human Development in Berlin, thinks that instead they should boast about using heuristics. In articles and books over the past five years, Dr. Gigerenzer has developed the startling claim that intuition makes our decisions not just quicker but better. He rejects the notion that hunches are second best, trading off accuracy for effort to achieve decisions that are "good enough" but not perfect.
As Dr. Gigerenzer sees it, complex problems do not necessarily need complex solutions, and more detailed analysis does not necessarily improve a decision, but often makes it worse. He believes, in effect, that less is more: Extra information distracts you from focusing on the few simple aspects of a problem that matter most.
A baseball player running to catch a fly ball is not behaving, even unconsciously, as if he were solving differential equations to work out where the ball will land. He is following a simple rule: Keep the angle of the falling ball constant in your vision and adjust your running speed accordingly. It's the same trick used by dragonflies catching flies.
When Jeffrey Skiles, the co-pilot of the plane that made an emergency landing in the Hudson River in January 2009, explained how he and his captain decided that an airport landing was impossible, he described the same "gaze heuristic": The angle of the plane's descending glide made the airport appear to rise in their windscreen view—clearly signaling that a landing there was doomed.
The economist Harry Markowitz won the Nobel prize for designing a complex mathematical formula for picking fund managers. Yet when he retired, he himself, like most people, used a simpler heuristic that generally works better: He divided his retirement funds equally among a number of fund managers.
A few years ago, a Michigan hospital saw that doctors, concerned with liability, were sending too many patients with chest pains straight to the coronary-care unit, where they both cost the hospital more and ran higher risks of infection if they were not suffering a heart attack. The hospital introduced a complex logistical model to sift patients more efficiently, but the doctors hated it and went back to defensive decision-making.
As an alternative, Dr. Gigerenzer and his colleagues came up with a "fast-and-frugal" tree that asked the doctors just three sequential yes-no questions about each patient's electrocardiographs and other data. Compared with both the complex logistical model and the defensive status quo, this heuristic helped the doctors to send more patients to the coronary-care unit who belonged there and fewer who did not.
It is no surprise that in the wake of the great financial crisis, financial regulators are beating a path to Dr. Gigerenzer's door. The complex algorithms that gave AAA ratings to debts that should not have passed the smell test demonstrated all too well the futility of knowing too much. 
For a video showing Gigerenzer presenting his ideas in a lecture, see here.

El orden espontáneo

Por Mario Vargas Llosa.

Mario Vargas Llosa, Los empresarios y comerciantes del barrio limeño de Gamarra son unos liberales que desconfían del Estado y del Gobierno. Esa zona es un paraíso de la informalidad y el capitalismo popular.


El Negro Cucaracha fue uno de los capos indiscutidos de una de las cárceles de Lima durante muchos años y, me dicen, tiene el cuerpo hecho un crucigrama de cicatrices de tanta cuchillada que recibió en esos tiempos turbulentos. Es un moreno alto, fornido y de edad indefinible a cuyo paso la gente de Gamarra se abre como ante un río incontenible. Me lo han puesto de guardaespaldas y no sé por qué pues en este rincón de La Victoria me siento más seguro que en el barrio donde vivo, Barranco, donde no son infrecuentes los atracos con pistola.

El Negro Cucaracha es ahora un hombre religioso y pacífico. Se ha vuelto evangélico, anda con una biblia en la mano y en el largo paseo me recita versículos sagrados y me habla de redención, arrepentimiento y salvación con esa seguridad del creyente radical que a mí siempre me pone algo nervioso.

Gamarra comienza donde termina Mendocita, ahora un sector de La Victoria de clase media modesta, donde, en mi primer año universitario, 1953, yo participé en una encuesta para averiguar la composición social de la que era entonces la barriada más pobre y violenta de Lima, recién formada por migrantes que bajaban de la sierra en busca de trabajo. Mendocita ha progresado mucho desde entonces, pero lo que constituye un prodigio de desarrollo es la contigua Gamarra, paraíso de la informalidad y el capitalismo popular, y soberbio ejemplo de lo que Friedrich A. Hayek llamó el orden espontáneo. En este puñado de manzanas cuya densidad demográfica a estas horas de la mañana es la de un hormiguero, se produce más riqueza y hay más transacciones comerciales que sin duda en ningún otro lugar del Perú. Y por aquí no pasó el Estado ni Gobierno alguno, ni las instituciones financieras formales, ni los créditos bancarios ni las normativas del Perú oficial. Todo esto que fermenta a mi alrededor con un dinamismo enloquecido es una creación de provincianos pobres y misérrimos que, huyendo del hambre, el desamparo y la violencia, dejaron sus aldeas andinas y, como no encontraron en la capital el trabajo que buscaban, tuvieron que inventárselo.

He venido porque hace unos días un empresario amigo que conoce bien Gamarra me contó algunas anécdotas sobre los personajes del lugar que me dejaron estupefacto. Me habló de un puneño al que llamaremos Tiburcio, a quien vio llegar a Lima muy joven, con poncho y ojotas, que sobrevivió vendiendo chupetes por las calles, y que ahora alquila tiendas y talleres de manufactura en estas calles por dos millones de dólares al mes. No exageraba ni una pizca. Tiburcio es uno de los iconos del barrio. Tiene 11 edificios, incontables tiendas y talleres y, desde hace poco, una fábrica de etiquetas en México.

Me recibe en el más moderno de sus locales y me muestra orgulloso una foto panorámica del minúsculo pueblecito, a orillas del lago Titicaca, donde nació. Habla un buen español, con música aymara, y despide energía y optimismo por todos los poros de su cuerpo. ¿Cómo lo hizo? Trabajando día y noche, ahorrando lo que podía y durmiendo en las calles, al principio. Lo ayudaron otros puneños que habían ya progresado y, por eso, él ayuda a los provincianos que vienen a Lima sin otro capital que su voluntad de salir adelante. Me asegura que el dinero que presta se lo devuelven en el 99% de los casos. "Me sobran dedos en las manos para contar las veces que me han estafado. Y eso que nunca pedí recibo por los préstamos". Ha crecido tanto que, ahora, intenta formalizar por lo menos una parte importante de sus negocios y, para ello, ha contratado como gerente al primer banquero que le abrió una cuenta corriente.

Son pocas las transacciones que se hacen en Gamarra que figuran en contratos. Prima la palabra, que es sagrada, y el que la viola la paga: se le cierran todas las puertas y se vuelve un apestado. Le conviene huir y no volver por estos lares. Por doquier me dicen que la delincuencia es menor que en otros barrios y que no son muchos los dueños de negocios y locales que tienen seguridad privada. El precio de la propiedad alcanza cifras vertiginosas. Mi amigo me jura que, aunque parezca imposible, no hace mucho se vendió un local en el epicentro de Gamarra ¡a 28.000 dólares el metro cuadrado! Es decir, más caro que los barrios más caros de Nueva York, Fráncfort, Zúrich o Tokio.

Se comercia de todo pero principalmente paños y telas, y ropa que es confeccionada en talleres del mismo barrio. Son centenares, equipados con maquinaria muy moderna, y miríadas de trabajadores de ambos sexos que hilan, cortan, cosen y empaquetan a un ritmo frenético, a menudo oyendo huaynos y música chicha por altoparlantes a todo volumen. Algunos talleres están en las alturas, con una vista circular sobre el centro de la ciudad y los cerros aledaños, y otros en sótanos atestados que se hunden cuatro o cinco pisos en el subsuelo limeño. Mañana y tarde un verdadero río de camiones, camionetas, autos y hasta carretillas y motos se llevan esa mercadería por todos los rincones del Perú y también al extranjero.

Una de las tiendas mejor provistas es la de don Moisés (tampoco éste es su nombre). Es uno de los más antiguos y respetados comerciantes del barrio. Todos hablan de él con reverencia y gratitud. No es un provinciano sino un criollo, uno de los pocos que representa a Lima en este Perú en pequeño formato que es Gamarra. Según él, este emporio nació en los años sesenta, cuando algunos migrantes advirtieron que los camiones que traían animales y artículos de pan llevar al Mercado Mayorista regresaban vacíos al interior del país. Se les ocurrió entonces utilizar ese transporte para enviar mercancías a sus pueblos y así comenzó a rodar la bolita de nieve que convertiría este pedazo de la vieja Lima en el vórtice de trabajo y riqueza que es ahora.

Los empresarios y comerciantes de Gamarra son unos liberales que se ignoran. Desconfían del Estado y del Gobierno y repiten como un mantra: "¡Si sólo nos dejaran trabajar!". Ahora se quejan de la disposición que prohibió temporalmente y aún mantiene ciertas restricciones para importar hilados de la India, una medida que, dicen, ha conseguido el lobby de los productores de hilados nacionales, más caros y menos variados que los que traían de Bombay o Kerala. Eso encarece sus costes y favorece a los fabricantes colombianos, sus grandes competidores en el mercado manufacturero nacional y americano. ¿Qué quisieran, pues? Que se abrieran las fronteras y la globalización de la que tanto se habla fuera una realidad también en el Perú.

Las horas que paso en Gamarra me ilustran mejor que muchos estudios sobre el Perú de nuestros días. En las elecciones del año pasado, cuando advirtieron que los pobres del Perú votarían por Ollanta Humala, las clases dirigentes (que nunca han dirigido nada y vivido casi siempre del mercantilismo) entraron en pánico y, creyendo que se venía un segundo Hugo Chávez, volcaron todo su poderío a favor de Keiko Fujimori, la hija del dictador que cumple 25 años de cárcel por asesino y por ladrón. Pese a ello, esta última perdió la elección. Humala ha respetado escrupulosamente la Hoja de Ruta que prometió seguir en la segunda vuelta electoral, es decir, mantener la democracia y las políticas de mercado que en los últimos 11 años han traído al Perú un desarrollo sin precedentes en su historia.

¿Por qué el presidente Humala tomó distancia de Hugo Chávez y adoptó las políticas de Brasil, Uruguay o Colombia? Más que por una conversión ideológica, por una percepción clara de la realidad: porque, para que sea posible la inclusión social que es su objetivo primordial, es indispensable que haya riqueza y empleo y para ello no hay otro camino que el que siguen los hombres y las mujeres de Gamarra. Estos descubrieron a través de su experiencia algo que todavía muchos dirigentes de la izquierda, cegados por la ideología, se niegan a aceptar: que el verdadero progreso social no pasa por el estatismo ni el colectivismo -inseparables a la corta o a la larga de la dictadura- sino por la democracia política, la propiedad privada, la iniciativa individual, el comercio libre y los mercados abiertos.

El Perú va por el buen camino y ni la derecha fujimorista ni la izquierda obtusa y anacrónica están por el momento en condiciones de apartarlo de él.

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