El respeto a las ideas

Por Fernando Savater.

Allyssa Monks 2010


















Fuente: Alyssa Monks.

Justicia Popular, dicen

Por Arcadi Espada.


En Valencia han tardado diez horas en elegir a las nueve personas que juzgarán a Camps. Al parecer han sido sometidas por parte de acusaciones y defensas a un extenso interrogatorio sobre sus aficiones. Cuentan, por ejemplo, que les han preguntado si están a favor del aborto. Llegados a este punto a mí me gustaría saber qué tipo de convicciones son necesarias para juzgar al expresidente Camps. Porque supongo que invalidará tanto el aborto como el no aborto. E incluso salidos de este punto también sería interesante saber por qué se rechaza a una militante socialista, mientras se transige con un juez que fue secretario general de Presidencia de un gobierno socialista y que fue promovido a magistrado, ¡sin mayor oposición!, por el Grupo Socialista en las Cortes Valencianas. Lo que un juez, un fiscal o un abogado deben comprobar en un miembro del jurado es si sabe leer y escribir. Y comprobar también que entiende, práctica que tampoco estaría de más realizar con algunos participantes de la carrera judicial. La institución del jurado sólo tiene sentido cuando uno está convencido de que los hechos pueden valorarse con independencia de las convicciones. Cuando uno se ve capaz de plantarle cara al sesgo de confirmación. Pero como este no es en absoluto el caso de España ni de los españoles lo mejor es acabar de una vez por todas con esta indignante pantomima de justicia popular, el despreciable oxímoron. 

Si me ves lagrimear

Por Arcadi Espada.

He escrito sobre algunos llorones: AznarRicardo CostaMoratinos y Chacón.Las circunstancias no fueron iguales, pero todos ellos lloraron en público, y porque se iban de algún lugar. Ahora debe añadirse el caso de la ministra italiana de Trabajo, Elsa Fornero, que acaba de llegar. Lágrimas socialtecnócratas. A la legitimidad por las lágrimas. ¿Quién reprochará ahora al Gobierno Monti que no haya pasado por las urnas? En la sociedad del líquido Bauman no hay mejor baño de masas que el baño de lágrimas. Ni blindaje más impenetrable que el sentimental. En un diario italiano hay el que ha escrito, lo juro duro, que «también los técnicos tienen alma.» Los españoles, y en especial los progres españoles, deberían tener cuidado con la supuesta honradez que las lágrimas llevan incorporadas. Al fin y al cabo los españoles gozamos de la inquietante experiencia de haber visto llorar (y lo peor: hacer pucheros) al Carnicerito de Málaga. Por lo demás, resbalan empalagosas por el tarro mediático las equiparaciones entre la sinceridad, la verdad y el lagrimeo por parte de comentaristas que a diferencia de mí nunca se las han visto con un cocodrilo de cerca. Pero esas bobadas ficcionales, propias del que aprendió en la sauna que la primera obligación de un escritor es meterse en la piel de sus personajes y sudar, no es lo más grave del nuevo dramón.
Yo desconozco la causa de las lágrimas de la ministra Fornero, de 63 años de edad. Aunque puedo manejar hipótesis. Una de ellas es que esté sometida a un nivel de estrés desconocido: hasta hace dos semanas esta economista dirigía un tranquilo centro de estudios. Es posible que ahora duerma poco y vaya cansada. Y el cansancio afloja los esfínteres sentimentales. Una mala condición física sería la causa más disculpable de su incorrecto proceder público. Pero la hipótesis no agrada a la prensa rosa, oxímoron. Y así sentencia que la causa de las lágrimas de la ministra es que iba a anunciar la congelación de las pensiones. Se comprende. Es una decisión algo más catastrófica que la que provocó en Cataluña las lágrimas de la directora de TV3, que se derramó en sede parlamentaria cuando iba a anunciar que ya no televisaría más partidos de fútbol, es decir, más partidos del llamado Barça.
Pero, en fin, esas lágrimas así interpretadas son una excelente noticia. El que un dirigente rompa a llorar por tener que congelar transitoriamente las pensiones o el fútbol solo significa que en nuestro mundo, pueril y malcriado, se ha decretado la felicidad.

Testimonios de Damas de Blanco al ser liberadas el domingo



La Habana, 13 de diciembre.-Damas de Blanco que fueron golpeadas y repudiadas en la calle 3ra del reparto Miramar en La Habana dieron sus testimonios Hablemos Press el domingo 11 de diciembre al ser liberadas.

The market as the antidote to capitalism

By Matt Ridley.

The anti-capitalists, now more than 50 days outside St Paul’s, have a point: capitalism is proving unfair. But I would like to try to persuade them that the reason is because it is not free-market enough. (Good luck, I hear you cry.) The market, when allowed to flourish, tears apart monopoly and generates freedom and fairness better than any other human institution. Today’s private sector, by contrast, is increasingly dominated by companies that are privileged by government through cosy contract, soft subsidy, convenient regulation and crony conversation. That is why it is producing such unfair outcomes.
Item: the finance industry, protected from upstart competition by high regulatory barriers to entry, handles the supply and demand of a good — money — that is priced by government fiat. For doing so, it trousers big bonuses even when arranging the issuance of bonds to pay for the bailing out of itself. That’s capitalism, but it’s not a free market.
Item: the private finance initiative suits government by postponing cost, suits business by giving it handsome returns — and roughly doubles the cost of infrastructure to taxpayers, the Treasury Select Committee says.
Item: The planning reforms were drafted in close consultation not with real people who want to build conservatories, but big developers.
Item: the defence, transport, energy and healthcare industries live almost entirely at the whim of government procurement, subsidy or regulation.
We must distinguish two meanings of the word “market”: one is “commerce”, a forum where people exchange goods and services, for consumption, in freely competitive ways. The consequence is innovation, efficiency and general improvements in quality and price for which regulation is barely necessary, except to deter monopoly and enforce contract. The reason that your toothpaste is cheap, available when you need it and not substandard is that people are competing to supply your needs, rather than because armies of trading standards officers make it so.
The other meaning of the word “market” is a casino where you buy goods for resale (like stocks and shares) and speculate on them. Such markets are necessary to allocate capital but they are prone to booms and busts and need regulation. They also produce unequal outcomes and tend towards monopoly. The housing market should provide a service (accommodation) but it keeps being turned into a casino. Instead of deregulating finance and over-regulating commerce, we should have done the opposite.
That commentators confuse these different kinds of market is bad enough. (Until recently, I used to.) The real problem is that those who spend other people’s money — public servants — do so too. And by repeatedly supporting crony capitalism rather than commerce, they repeatedly screw up markets. No wonder our political servants (I nearly wrote masters) forget whose side they are supposed to be on.
The political divide between the champions of the public sector and the private sector misses the point; the key divide is between those who support the monopolistic tendencies of both capitalism and government, and those who support the competitive effects of markets. Big oil companies, airlines, national health services and education authorities divert their energies into political defence of their partial monopolies, while smaller start-ups invent things that customers want, such as cheap gas, cheap flights or personalised genetic medicine.
It was ever thus. In 1349, London glovemakers petitioned the mayor to cap wages and restrain freedom of movement of employees. High demand for gloves because of the approaching plague had put their workers in a strong bargaining position. The mayor naturally granted the request. Remember this when you see the BBC lobbying for its licence fee.
As Adam Smith, who championed the market but not capitalism, put it: “People of the same trade seldom meet together, even for merriment and diversion, but the conversation ends in a conspiracy against the public, or in some contrivance to raise prices.” The market is where these conspiracies get exposed. To win in it, you don’t lobby, you innovate.
Lobbied by big companies, politicians do bonkers things like rewarding innovations that increase the cost of fulfilling a need — such as putting up the price of electricity to subsidise wind farms and claiming it “creates jobs”. Any hairdresser, unable to make a new hire because of his electricity bill, could tell them that it does the opposite.
Wherever free markets have been even tentatively tried, from Ancient Greece to modern Hong Kong, they have produced not just rising living standards, but net moves towards peace, tolerance, freedom and equality.
Today, global inequality has probably never been lower than since the Stone Age: according to the economist Xavier Sala-i-Martin, the Gini coefficient of world incomes, which measures inequality, has been dropping like a stone for 20 years. Free trade did that. Yet inequality has gone up within Britain and America, where markets in goods and services have been getting less free and barriers to social advancement have been built by government monopolies on education.
Capitalism represents the interests of the rich, whereas the market represents the interests of the poor. Let’s hear it for the market as the antidote to capitalism.