Los papeles WikiLeaks por Pablo Mediavilla Costa

Mediavilla sobre wikileaks y las filtraciones de documentos de la guerra de Afganistán.

Destaco:

La minuciosidad de los informes es escalofriante. Civiles asesinados en puestos de control, aviones Drone no tripulados que fallan más de lo que la propaganda vende y deben ser rescatados en mitad de la nada, bases abandonadas y bombardeadas para que la munición no caiga en manos enemigas, alteración de pruebas en casos de matanzas de civiles, corrupción y tráfico de armas en la administración Karzai, los servicios secretos afganos como tapadera de la CIA -que se mueve a su antojo-, operaciones encubiertas de Irán en el país vecino…

La fuerza de WikiLeaks se basa en dos pilares antiguos del periodismo, abandonados hace tiempo por los medios tradicionales que han preferido vender vajillas, teletipos o candidatos presidenciales: proteger a las fuentes y fiscalizar al poder.

¿Por qué se fueron a Islandia? La isla, literalmente esquilmada por los especuladores financieros, acaba de aprobar la ley de prensa más garantista del mundo. Uno de los asesores de esa ley fue el propio Julian Paul Assange, que en su día ayudó a destapar los escándalos de los bancos islandeses a través de WikiLeaks.



Esto no es una novela negra escrita en sueco, es la realidad que su gobierno o el banco donde tiene sus ahorros le han ocultado toda la vida. Es muy sucia, como bien intuía, pero ahora tiene algunas pruebas de ella aquí. El arma del pueblo se llama WikiLeaks, una organización dedicada a publicar documentos secretos de interés público -una expresión resucitada-, y sus creadores, con la determinación de un piloto japonés sobre Pearl Harbor, han abierto un boquete de consecuencias impredecibles en el entramado de poder, casi siempre criminal y hermético, que maneja nuestras vidas y acaba con otras muchas. WikiLeaks es la guerrilla perfecta: busca la verdad sin pegar un solo tiro.

El artilugio fue fundado en 2007 por “disidentes chinos, periodistas, matemáticos y expertos informáticos de Estados Unidos, Taiwan, Europa, Australia y Sudáfrica”, como reza en su página web. Subsiste gracias a donaciones privadas y voluntarios que ofrecen su tiempo, sus servidores o su casa para que el núcleo duro -del que poco se sabe- pueda desarrollar los proyectos fuera del alcance de la censura. No tienen sede, ni apartado de correos. Muchas de las donaciones provienen de medios tradicionales como Los Angeles Times, The Associated Press o The Guardian y otras asociaciones de prensa. Su presupuesto anual es de aproximadamente 300.000 dólares y el doble si se incluyen los salarios de los que se dedican a tiempo completo. A principios de este año, cerraron la página durante un tiempo para protestar por la falta de financiación y dejaron este mensaje: “Usted puede cambiar esto y si lo hace, también el mundo. Sólo 10 dólares nos permitirán poner estos documentos en otras 10.000 manos; y con 1.000 dólares, en un millón de manos”.

Se autodefinen como “un servicio público multijurisdiccional diseñado para proteger a chivatos, periodistas y activistas que tienen material sensible que comunicar al público”. En su manifiesto utilizan el ejemplo de la malaria para explicar por qué en Estados Unidos no sufren la epidemia y en África mueren 100 personas a la hora: el buen gobierno es la diferencia. “Un gobierno transparente tiende a ser un gobierno justo”. “Abrimos gobiernos”, reza el eslógan en su cuenta de Twitter con más de 90.000 seguidores.

La cara visible de WikiLeaks es Julian Paul Assange, un australiano de pelo blanco y hacker precoz, lector de Kafka, Koestler y Solzhenitsyn, que habla muy bien y tranquilo ante las cámaras y que, a estas alturas, figura en demasiadas agendas de demasiadas personas con muy buenas y muy malas intenciones. “Me gusta ayudar a la gente que es vulnerable. Me gusta aplastar a los bastardos”, dijo esta semana en una entrevista a la revista alemana Der Spiegel. Uno ya no sabe si la transparencia radical que Assange propone le convierte en un loco o en uno de los pocos cuerdos que quedan en el negocio.

Su último golpe es el Diario de la guerra afgana, la filtración de documentos militares secretos más grande de la Historia. 92.201 informes desde el terreno de la ocupación norteamericana de Afganistán que, no sólo contradicen la versión oficial dada por la Casa Blanca sobre la situación del conflicto, sino que prueban crímenes de guerra y presentan a una resistencia talibán armada hasta los dientes, mucho más fuerte que en 2001 y apoyada por los servicios secretos de Pakistán, el “gran aliado” de Estados Unidos en la región, al que concede 1.000 millones de dólares anuales en ayuda militar. La guerra sin literatura. El sufrido contribuyente norteamericano y sus 300.000 millones ya gastados en un nuevo e inmenso desastre.

"Aunque estoy preocupado por la aparición de información delicada del frente de combate que potencialmente podría poner en riesgo operaciones y personas, el hecho es que ninguno de estos documentos revela nada de lo que no se haya informado y que no haya sido debatido en público". El Nobel de la Paz, Barack Obama, miente. Nada se sabía de la Task Force 373, un comando de operaciones especiales con una lista de 70 dirigentes talibán a eliminar -al parecer son muy efectivos- o de que el número de muertes civiles sea muy superior a las declaradas hasta el momento -muchas de ellas constitutivas de crímenes de guerra-. También se había ocultado que los talibán utilizan los misiles tierra-aire con sensores de calor Stinger que, en su día, Estados Unidos les suministró para luchar contra la ocupación soviética (1979-1989). La lista de novedades e infamias es larga, pero es curioso que la administración Obama haya desplazado el debate hacia la filtración y no hacia los gravísimos hechos que ésta describe. El pasado martes, el Congreso de los Estados Unidos aprobó un nuevo presupuesto de 59.000 millones de dólares al esfuerzo de guerra. ¿Quería WikiLeaks influir en esa votación destapando la liebre el pasado domingo? En esta historia no suena la música del azar.

La minuciosidad de los informes es escalofriante. Civiles asesinados en puestos de control, aviones Drone no tripulados que fallan más de lo que la propaganda vende y deben ser rescatados en mitad de la nada, bases abandonadas y bombardeadas para que la munición no caiga en manos enemigas, alteración de pruebas en casos de matanzas de civiles, corrupción y tráfico de armas en la administración Karzai, los servicios secretos afganos como tapadera de la CIA -que se mueve a su antojo-, operaciones encubiertas de Irán en el país vecino…

La fuerza de WikiLeaks se basa en dos pilares antiguos del periodismo, abandonados hace tiempo por los medios tradicionales que han preferido vender vajillas, teletipos o candidatos presidenciales: proteger a las fuentes y fiscalizar al poder. Y hacer, las dos cosas, sin cuartel. Con esa bandera, una página web y un entramado tecnológico tan atomizado como indestructible; han reunido 1,2 millones de documentos que incriminan a Estados y empresas en conductas delictivas de todo tipo o en algo tan simple como mentir al personal. ¿Quién les hace llegar esa información? Chivatos. Funcionarios de Gobiernos y organizaciones de todo el mundo que odian a sus jefes o su propia vida, trabajadores de compañías privadas con un gran sentimiento de culpa, algunos héroes y mucha gente honrada. La lista de escándalos publicados es apabullante y la hemorragia del poder en la sombra, imparable: violencia postelectoral en Kenia, contratos en Irak, protocolos de Microsoft o Lockheed Martin, uso de psicólogos en la prisión de Guantánamo, informes internos de Naciones Unidas en Darfur o Somalia… El mundo que hay detrás de las vallas publicitarias, de los discursos, de los manifiestos, de las Alianzas de Civilizaciones a un solo click. Una mina de documentos en crudo.

El plan de actuación del primer terremoto WikiLeaks fue narrado en un magnífico reportaje del New Yorker del 7 de junio de este año. Un grupo de periodistas alquilan una casa en Reykjavik, la capital de Islandia, para cubrir la erupción del volcán Eyjafjallajökull. Es mentira. En realidad, se trata de un grupo de trabajo ultrasecreto de WikiLeaks -Assange como jefe- y en sus ordenadores llevan un vídeo encriptado de 38 minutos recién enviado por un chivato desde Irak. En el vídeo se puede ver una matanza de 18 civiles en Bagdad, entre ellos dos periodistas de Reuters, desde la cámara del helicóptero de los Estados Unidos que los va a acribillar. Se escuchan las conversaciones de los implicados. Es un videojuego real. Una semana enclaustrados en la casa de Reykjavik y el Proyecto B -nombre en clave- se ha convertido en el vídeo Homicidio colateral, hackeado, editado y colgado en la red ante el asombro y la atención de la prensa mundial.

¿Por qué se fueron a Islandia? La isla, literalmente esquilmada por los especuladores financieros, acaba de aprobar la ley de prensa más garantista del mundo. Uno de los asesores de esa ley fue el propio Julian Paul Assange, que en su día ayudó a destapar los escándalos de los bancos islandeses a través de WikiLeaks. Pero no todo ha ido sobre ruedas. El responsable de filtrar el vídeo, el soldado norteamericano de 22 años Bradley Manning, fue traicionado por un hacker californiano, Adrian Lamo, al que había confesado tener acceso a miles de documentos secretos. Lamo se puso en contacto con el FBI y Manning está detenido en una cárcel militar de Kuwait a la espera de juicio. Ahora también es el principal sospechoso de la filtración de los documentos sobre Afganistán, aunque Manning siempre estuvo destacado en Irak.

El antecedente histórico inmediato de lo que ha conseguido WikiLeaks hasta ahora con Homicidio colateral, pero especialmente con su Diario de la guerra afgana son los llamados Papeles del Pentágono, un informe elaborado entre 1967 y 1968 por el think tank gubernamental RAND Corporation para el Pentágono, en el que quedaban al descubierto las mentiras que cuatro presidentes -Eisenhower, Kennedy, Johnson y Nixon- dijeron públicamente sobre la escalada militar norteamericana en Indochina y la posterior guerra de Vietnam, así como multitud de atrocidades cometidas contra civiles, casos de corrupción, etc. Un experto de RAND Corporation llamado Daniel Ellsberg se pasó meses sacando, carpeta a carpeta, todas las hojas del informe, fotocopiándolas de noche y devolviéndolas al día siguiente a los archivos.

Entonces, Henry Kissinger, otro Nobel de la Paz más en esta historia, calificó a Ellsberg como “el hombre más peligroso en América” y le dijo al presidente Richard Nixon que la filtración de Ellsberg suponía “un ataque a la integridad del gobierno. Si todos estos archivos pueden ser robados y luego facilitados a la prensa, no podrá mantener las riendas del Gobierno nunca más”. La charla aparece en el documental El hombre más peligroso de América y Ellsberg ha vuelto a la palestra para aconsejar a Assange que no pise Estados Unidos y denunciar que la vida del australiano de pelo blanco puede estar en riesgo.

Ellsberg está presente en la declaración de intenciones de WikiLeaks. Assange anunció la próxima publicación de un nuevo diario de la guerra todavía más duro que éste. El periodismo no acabará siendo una pestaña de búsqueda en Google. Queremos más.

Nueva York. 28 de julio, 2010

* Pablo Mediavilla Costa es periodista.

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